Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2015/11/28 21:00

¿América Latina ahora irá hacia la derecha?

El nuevo gobierno argentino produce un reacomodo de fuerzas políticas en América Latina. El sistema multilateral de izquierda creado por Hugo Chávez no será el mismo sin el apoyo de Buenos Aires.

El triunfo del derechista Mauricio Macri no sorprendió, pero sí fue más ajustado de lo previsto. Tendrá que gobernar con un Congreso mayoritariamente opositor. Foto: A.F.P.

Con Mauricio Macri, un empresario y expresidente de Boca Juniors, y su alianza electoral Cambiemos, Argentina marca un cambio en América Latina tras década y media de gobiernos de izquierda. Con las elecciones venezolanas de la próxima semana, y los problemas cada vez mayores del gobierno de Dilma Rousseff en Brasil, esta región parece entrar en un nuevo escenario político.

El anuncio de Macri, en el que pedirá al Mercosur aplicar la cláusula democrática para suspender a Venezuela, marca una diferencia de 180 grados con el gobierno de Cristina Kirchner, y una ruptura con la alianza que dominó la política del sur continental en los últimos años. Sin embargo, habrá que ver hasta dónde llegan esos cambios, pues Macri no arrasó como un vendaval, como pronosticaban y otra vez se equivocaban las encuestas, sino que apenas logró imponerse a su rival, Daniel Scioli, del Frente para la Victoria, por un ajustado margen –51,4 contra 48,6 por ciento–, en medio de un país y un continente con crecientes dificultades económicas.

Un país dividido

El 10 de diciembre, cuando Macri asuma el gobierno, habrán terminado 12 años del gobierno ‘nacional y popular’, que se inició en 2003, cuando Néstor Kirchner llegó al poder, para ser sucedido por su esposa Cristina, reelecta en 2011.

Pero recibe un país dividido, con un triunfo que no fue tan holgado como esperaba. Macri tuvo un sorprendente salto electoral en menos de un año, del 24,3 por ciento que obtuvo en las elecciones primarias del 23 de agosto, al 34 por ciento en la primera vuelta del 25 de octubre, y al 51,4 por ciento en el balotaje del 22 de noviembre.

Como dijo a SEMANA el analista Patricio Giusto, del Centro para la Nueva Mayoría, “Cambiemos es la primera coalición política no liderada por el Partido Justicialista (PJ) o la Unión Cívica Radical (UCR) que asume la Presidencia en Argentina desde 1930”. Pero por eso mismo, Macri tuvo que apelar a las alianzas con la UCR y a parte de los votos de Sergio Massa, el tercero en la primera vuelta electoral del 25 de octubre. El ejemplo es la provincia de Córdoba, segundo distrito electoral del país, donde Cambiemos consiguió los 700.000 votos de Massa que le dieron la victoria sobre Scioli.

A favor del ingeniero Macri está que gobernará la nación, la provincia de Buenos Aires (38 por ciento del padrón electoral) y la capital federal, lo cual le da una fuerza ejecutiva muy importante. Pero tendrá un Senado controlado por el Frente para la Victoria y una Cámara de Diputados donde es minoría, con la mitad del país a favor y la mitad en contra, por lo cual deberá recurrir a permanentes compromisos para gobernar.

Habrá que ver también la magnitud de los problemas económicos. Macri prometió levantar de inmediato el cepo cambiario que impide comprar dólares, y hacer coincidir los tipos de cambio, hoy divididos entre un dólar oficial a 9,60 pesos y un dólar paralelo a cerca de 15 pesos. Pero con unas reservas en el Banco Central exhaustas, déficit fiscal y una inflación del 25 por ciento habrá que ver con qué ritmo puede avanzar en sus propuestas. Por lo pronto, ya presentó un gabinete de corte gerencial, prometió restablecer las estadísticas nacionales y dar conferencias de prensa, en un cambio de estilo contundente frente al estilo de Cristina Kirchner.

Giro latinoamericano

Para el analista brasileño Murillo de Aragao, el triunfo de Macri “es un giro drástico para Argentina pero todavía no para el continente, aunque tiene un impacto importante en la región y en el modelo populista que muchos países han adoptado. Probablemente es el inicio de una nueva etapa, pero hay que tener otros hechos de la misma naturaleza en Brasil y Venezuela, por lo menos”.

Lo seguro es que la llegada de Cambiemos al poder fortalece las tendencias más aperturistas de las economías latinoamericanas y refuerza el camino hacia la moderación que ya iniciaron sus vecinos, como se evidenció en Brasil con el segundo mandato de Dilma Rousseff, en Uruguay con el gobierno de Tabaré Vázquez que sucedió a José Mujica, y hasta en las buenas relaciones de gobiernos como el de Daniel Ortega en Nicaragua con Estados Unidos.

En Brasil, definido como prioridad por Macri, su victoria fortalecerá el ala más pragmática del gobierno de Rousseff. Joaquim Levy, ministro de Hacienda, muy criticado por sectores del Partido de los Trabajadores (PT), señaló que el triunfo de Macri “cambia la dinámica si ellos van para un camino de más liberalismo económico. Crea una dinámica favorable a Brasil”. En Uruguay, Tabaré Vázquez, que tuvo un fuerte enfrentamiento con el gobierno de Néstor Kirchner (2003-2007), aplaudió a Macri en la reunión de gabinete de ministros posterior al balotaje.

Las corrientes de izquierda latinoamericanas vivieron como propia la derrota del candidato del Frente para la Victoria. Lo describió el sociólogo brasileño Emir Sader, para quien en Argentina triunfó el experimento que “casi resultó en Brasil”, cuando en las elecciones presidenciales de 2014 el opositor Aecio Neves perdió por 3 puntos la segunda vuelta frente a Rousseff, el mismo porcentaje que le dio el triunfo a Macri: “Brasil fue un campo de ensayo para el esquema político que terminó resultando en Argentina, en la búsqueda de la derecha de derrotar a gobiernos populares por la vía institucional”, señaló. El diputado Roberto Chiazzaro, del Frente Amplio uruguayo, dijo a SEMANA que “es un cambio radical, gana la derecha, renovada, no es la derecha de siempre, no recurre al aparato militar para derrocar gobiernos pero busca una apertura comercial y favorecer al capital”, lo cual “puede dañar el proceso de integración de América Latina”.

Los gobiernos progresistas reemplazaron en el poder a los gobiernos neoliberales de los años noventa, que culminaron con graves crisis: los venezolanos Hugo Chávez y Nicolás Maduro desde 1999, Luiz Inácio Lula da Silva y Dilma Rousseff en Brasil desde 2003, los Kirchner en Argentina desde 2003, Pepe Mujica y Tabaré Vázquez en Uruguay desde 2005, Evo Morales en Bolivia desde 2006, Rafael Correa en Ecuador desde 2007, el efímero gobierno de Fernando Lugo en Paraguay (2008-2012), y la más moderada, Michelle Bachelet, desde 2006, que volvió tras un intervalo de cuatro años en 2014.

A favor suyo tuvieron el boom de las materias primas, con el petróleo a más de 100 dólares el barril, la soya a más de 500 dólares la tonelada y el cobre a más de 4,60 dólares la libra. Gracias a esta bonanza, la región conoció una década dorada: la pobreza cayó 20 puntos de 2000 a 2014, se redujo a la mitad el número de personas con hambre, aumentó la tasa de empleo a su nivel más alto en 20 años, y se redujo dos tercios la mortalidad infantil, según datos de la Cepal, en buena medida por la asistencia social de los gobiernos, como el Plan Bolsa Familia de Brasil, que permitió incorporar 30 millones de personas a la clase media, o la Asignación Universal por Hijo en Argentina.

Los juicios a los militares culpables de violaciones a los derechos humanos durante las dictaduras de los años setenta lograron, en Argentina, más de 500 condenas, y en muchos países se adoptaron leyes como el matrimonio igualitario, la despenalización del aborto o la regulación de la producción de marihuana.

Pero a pesar de estos avances, los gobiernos progresistas no lograron superar la matriz de exportadores de productos primarios y, por eso, cuando China frenó su crecimiento y cayeron más de la mitad los precios del petróleo, la soya y el cobre, los malos tiempos económicos volvieron a soplar. Esto, más los escándalos de corrupción y los rasgos autoritarios, fue minando la popularidad de estos gobiernos.

Frente a este panorama, el continente está tan dividido como Argentina, entre un sector descontento y las nuevas clases medias que no están dispuestas a perder lo conquistado. Por eso, afuera de sus fronteras, Macri encontrará las mismas dificultades que en su país para imponer su agenda.

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