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| 4/22/2006 12:00:00 AM

Ángel o demonio

Esta semana se cumplen 20 años del desastre de Chernobyl, en momentos en que la energía atómica recobra su importancia en el panorama actual.

No fue necesaria una guerra para que el mundo viviera un desastre nuclear a gran escala. Hace 20 años, la explosión del reactor número cuatro de la planta Lenin en Chernobyl, Ucrania, diseminó una radiactividad equivalente a 500 bombas de Hiroshima, causó la muerte de miles de personas, afectó a varios países europeos y aún hoy se siguen viviendo los efectos.

La liberación de enormes cantidades de energía atómica está más allá de lo que los diseñadores de plantas nucleares consideran como el peor escenario. Por eso Chernobyl estaba por fuera de todos los cálculos. El 26 de abril de 1986, los técnicos hacían una prueba de seguridad en el reactor número cuatro, para probar si funcionaba el sistema de autorrefrigeración. Pero falló y se convirtió en una enorme olla a presión que alcanzó temperaturas de más de 2.000 grados centígrados, las barras de combustible se derritieron y hubo una explosión que causó un incendio que se vio a varios kilómetros de distancia.

La esposa de uno de los primeros bomberos que asistieron a la explosión relató que "se fueron sin los trajes de lona; se fueron para allá tal como iban, en camisa. Nadie les avisó. Los llamaron a un incendio normal". Sólo cuando estos bomberos presentaron síntomas por contaminación radioactiva, se empezó a entender la catástrofe.

Unos 200.000 soldados y voluntarios que participaron en la limpieza de la zona y el sellamiento del reactor fueron los primeros afectados. El círculo se extendió a los médicos que atendieron a los bomberos y técnicos de la planta y luego a los habitantes de Chernobyl y Pripiat (el pueblo en el que vivían los trabajadores de la planta con sus familias) que debieron ser evacuados.

La nube de material radiactivo recorrió Europa durante las siguientes semanas y afectó no sólo a los países cercanos como Bielorrusia y Rumania, sino a más lejanos como el Reino Unido. El pánico se apoderó de las personas y a medida que se fue conociendo la dimensión de la catástrofe, se tomaron medidas para minimizar los daños. Se le pidió a la ciudadanía evitar a toda costa consumir frutos o carne de animales que hubieran estado a la intemperie. Actualmente, el 40 por ciento de la superficie europea está contaminado de sustancias expulsadas en la explosión de Chernobyl.

La magnitud del desastre aún no es clara 20 años después. En septiembre del año pasado, la Agencia Internacional de Energía Atómica (Aiea) anunció que los efectos estaban desapareciendo y la Organización Mundial de la Salud dijo que en los próximos años unas 9.000 personas morirían por enfermedades relacionadas con Chernobyl. A pesar de su dimensión, esa cifra mostraría un fuerte descenso, pues sólo en Rusia han muerto unas 600.000 personas por la radiación. Sin embargo, el grupo ambientalista Greenpeace habla de que aún podrían fallecer 100.000 personas por enfermedades como leucemia, cáncer de tiroides o complicaciones inmunológicas.

Chernobyl y Pripiat hoy hacen parte de una zona desierta imposible de habitar por los próximos 300 años. Pero mientras las consecuencias de la falla están frescas en la memoria, el mundo comienza a mirar de nuevo a la energía nuclear como una solución ante una amenaza aun mayor: el calentamiento global causado por las altas emisiones de gases tóxicos a la atmósfera, producto de la combustión de petróleo y carbón

Se trata de encontrar el mal menor. Si bien es cierto que la energía nuclear está lejos de ser la panacea, pues los desechos tardan siglos en descomponerse y la emisión radiactiva causa enfermedades y mutaciones, emite menos cantidad de dióxido de carbono, algo bastante útil para los países industrializados que deben cumplir el Protocolo de Kyoto que busca frenar el tan temido cambio climático. Por eso, hasta los mismos ambientalistas que durante años veían a la energía atómica como un monstruo, están empezando a considerarla una fuente de energía más limpia.

Pero tras el argumento ecológico, los países industrializados señalan también la necesidad de librarse de la dependencia de los combustibles fósiles como el petróleo de Medio Oriente e incluso el gas proveniente de Europa del Este, cuyo suministro es causa de inestabilidad y tensiones políticas.

El año pasado comenzó la construcción en Finlandia de la mayor planta nuclear del mundo, que además es el primer reactor europeo construido en 15 años. El 80 por ciento de la energía que se consume en Francia procede de reactores nucleares y está impulsando en la Unión Europea la reactivación del programa nuclear. Además, países como Alemania o Italia consideran cada vez más seriamente comenzar la construcción de nuevas plantas nucleares.

Incluso Patrick Moore, uno de los fundadores de Greenpeace, salió en defensa de la energía nuclear la semana pasada en el periódico The Washington Post. Moore escribió que "a principios de los 70, cuando ayudé a fundar Greenpeace, creía que energía nuclear era sinónimo de holocausto. Treinta años después mi visión ha cambiado, pues la energía nuclear podría ser la fuente de energía que salve nuestro planeta de otro desastre posible: el cambio climático". Las declaraciones no demoraron en ser descalificadas por los ambientalistas que consideran a este canadiense como un traidor de la causa ecológica, pues después de salir de Greenpeace en 1984, ha trabajado en la industria pesquera y maderera que causa graves daños a los ecosistemas.

Sin embargo, su voz no es la del primer ambientalista a favor de la energía atómica. James Lovelock, uno de los ambientalistas más respetados del mundo también creó controversia en 2004 cuando afirmó que "la energía nuclear es la única solución ecológica" al calentamiento global. En la desolación que produjo la tragedia nuclear, se resume la encrucijada que enfrenta el mundo al volver a la energía nuclear. En una de las carreteras que conduce a Chernobyl se puede leer "conserve el ambiente para sus descendientes".
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