Martes, 17 de enero de 2017

| 2009/12/19 00:00

Aniversarios encontrados

Cuba y China celebraron 50 y 60 años de sus revoluciones socialistas, y Alemania los 20 de la caída del comunismo. ¿Quién tenía la razón?

El gobierno chino impresionó en octubre con un enorme desfile militar

PARA EL ESCRIBIDOR DE Vargas Llosa, la cincuentena es la flor de la edad. Pero no para Cuba, que comenzó 2009 celebrando el medio siglo de la revolución con un tono muy bajo. Apenas una sobria reunión con unos 3.000 invitados, unas palabras cortas del presidente Raúl Castro y un mensaje lacónico de Fidel.

Es que a la mayor de las Antillas la ha golpeado muy duro la crisis económica. No sólo por su consecuencia sobre el turismo, sino por la caída del precio de su principal exportación, el níquel. También está el efecto de los huracanes Gustav e Ike, que causaron pérdidas por 10.000 millones de dólares, y la incapacidad de la economía cubana para reaccionar, que se combinaron para conformar la peor época desde la caída de la Unión Soviética, a comienzos de los 90. Por eso las medidas han sido duras, con el mensaje de Raúl de que quiere acabar con el paternalismo, en busca de una mayor eficiencia, algo casi imposible mientras no llene las expectativas de permitir algo de economía de mercado.

Crispado por las dificultades, el gobierno de La Habana reacciona con exceso contra la disidencia, lo que tampoco ayuda a que se concreten las esperanzas de que Estados Unidos levante el bloqueo. En esa disidencia ha adquirido renombre la bloguera Yoani Sánchez, quien ha intercambiado mensajes con el propio presidente Barack Obama mientras es calificada de mercenaria por el régimen. Los blogueros se han convertido en un producto de Internet capaz de una penetración impensada, y podrían tener un efecto más profundo de lo imaginable. Duro panorama en 2009, y 2010 no se ve mucho mejor.

A diferencia de Cuba, la República Popular China celebró sus 60 años con un bombo que confirmó la expresión "lujo oriental". Pero la celebración, un enorme desfile militar, hizo crecer el temor de quienes ven en el surgimiento del gigante asiático un factor de tensión bélica a largo plazo.

El primero de octubre de 1949, Mao Zedong proclamaba desde la Puerta de la Paz Celestial su victoria sobre el Kuomintang y anunciaba el nacimiento de una nueva era. Sesenta años más tarde, una gigantesca fotografía suya dominaba la plaza Tiananmen, como recordatorio de que el gobierno considera al Gran Timonel el artífice de su prosperidad. Pero la figura de Mao que hoy se presenta a sus paisanos sólo se puede asociar a episodios como el Gran Salto Adelante de 1957 y la Revolución Cultural de 1966, que entre los dos causaron la muerte a millones. El progreso de China se debe en realidad a Deng Xiao Ping, quien en 1979 ideó la combinación de régimen fuerte con economía de mercado.

Mao sigue en la iconografía china porque simboliza esa solidez monolítica de un Estado que no duda en reprimir cualquier clase de disidencia, llámense estudiantes en Tiananmen, miembros de sectas o nacionalistas uigures o tibetanos. Lo cual hace pensar que si ese será el país líder en la segunda mitad del siglo XXI, el panorama es oscuro.

Por último, en noviembre Alemania celebró los 20 años de la caída del muro de Berlín, que desencadenó la del bloque comunista, la implosión de la Unión Soviética y la reunificación de la propia Alemania. Una fiesta multitudinaria sirvió para recordar un hecho que durante años pareció imposible.

El muro se había convertido en el símbolo no sólo de la Guerra Fría, sino de las ilusiones de millones de europeos orientales que soñaban con los deleites de la sociedad de consumo. En esos primeros días, el espectáculo de los ossies (los orientales) que llegaban a Occidente con los ojos abiertos de par en par en sus pequeños Trabants, era entre conmovedor y ridículo. Querían ser parte de eso, y parecían a punto de lograrlo.

Pero han pasado 20 años y las dificultades de la unificación alemana no han sido superadas del todo. El antiguo sector comunista sigue a la zaga económicamente, y excepto los más jóvenes, sus ciudadanos viven con nostalgia por un sistema que, en su momento, odiaban. Hoy, en la máxima paradoja, hacen parte de esa mayoría que, según una encuesta global realizada recientemente, califican el capitalismo, por el que tanto soñaron, como un sistema incapaz de solucionar los problemas de la humanidad. n

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