Miércoles, 18 de enero de 2017

| 2000/07/03 00:00

Aplazamiento angustioso

Qué hay detrás de la sorpresiva suspensión de las megaelecciones venezolanas.

Aplazamiento angustioso

En contraste con el caso peruano, en el que muchos esperaban que las presiones internacionales consiguieran la suspensión de la segunda vuelta presidencial, en Venezuela las megaelecciones previstas para el mismo domingo fueron pospuestas casi de un momento a otro. La cosa fue tan sorpresiva, en el mismo día del cierre de campaña, que en el ambiente quedó un cierto olor a gato encerrado. Y de hecho, más allá de las fallas técnicas y la ausencia de garantías de transparencia y credibilidad, que reconoció el mismo gobierno de Hugo Chávez para decidir aplazarlas, surgieron sospechas de orden político.

Las pistas salieron de los observadores internacionales de la OEA, del Centro Carter y del mismo Chávez. Los primeros declararon que en esas condiciones poco confiables se producirían “consecuencias impredecibles y un caos y crisis política”. Por su lado el mandatario dijo que “era un gran riesgo que produciría un caos”. Y Elías Santana, de la ONG ‘Queremos Elegir’, uno de los solicitantes del aplazamiento aprobado, aseguró que iba a ocurrir “una guerra civil” en la noche de los escrutinios.

“Menos mal que suspendieron el megadesastre porque las Fuerzas Armadas tenían instrucciones de intervenir para restablecer el orden público. Había información de que se produciría un ‘caracazo’ en medio de la confusión electoral y la pelea callejera por el reconteo de los votos”, dijo a SEMANA el almirante retirado Iván Carratú, quien cuando era jefe de la Casa Militar derrotó la intentona de Chávez en 1992. Considera que sin la suspensión “hubiéramos tenido un baño de sangre. Las Fuerzas Armadas no hubieran permitido más saqueos e invasiones. Chávez ha perdido prestigio en las Fuerzas Armadas y no lo va a recuperar. Tuvo el chance pero ya perdió el apoyo militar. La sociedad civil ha despertado”.

Lo bueno del aplazamiento de las megaelecciones es que evitó la violencia y permitió el despertar de la sociedad civil pero no ha despejado la incertidumbre y la desconfianza sobre el futuro de los comicios. Los electores se han puesto las pilas. “Chávez ya tiene un aviso de que no puede hacer lo que le dé la gana con monigotes como Luis Miquilena y el canciller José Vicente Rangel, que le obedecen chocando los talones”, apuntó el historiador Manuel Caballero.

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