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| 6/23/2012 12:00:00 AM

¿Arde El Cairo?

La incertidumbre por el resultado de las elecciones presidenciales, la reticencia de los militares a entregar el poder y la salud de Mubarak amenazan con acabar definitivamente el sueño revolucionario.

El pueblo egipcio está fu-rioso y razones no le faltan. Recibió la primera bofetada cuando la Cámara Baja del Parlamento, elegida por elección popular, fue disuelta. Otra, cuando el Consejo Supremo de Fuerzas Armadas (CSFA), que apoyó al derrocado régimen del exdictador Hosni Mubarak, se adjudicó el control sobre el Poder Legislativo. Y la tercera, cuando los contradictorios reportes sobre la salud de Mubarak crearon una cortina de humo alrededor de los resultados de las primeras elecciones presidenciales democráticas que, al cierre de esta edición, no se habían definido.

Se esperaba que, tras la primavera árabe y la salida de Mubarak en enero de 2011, Egipto se volcara hacia la democracia. La transición había tenido más de un contratiempo, pero parecía ir por buen camino cuando el país celebró elecciones parlamentarias en noviembre pasado y presidenciales en mayo. Los candidatos, el islamista Mohamed Mursi y el último primer ministro de la era Mubarak, Ahmed Shafik, podían ser muy cuestionados, pero esa era la voluntad del pueblo y apuntaba a las vías democráticas.

Pero la dicha duró poco. El 15 de junio la Corte Suprema declaró inconstitucional la elección de un tercio de los escaños de la Cámara Baja y la disolvió. Ni corto ni perezoso, el CSFA asumió el control del Poder Legislativo y decretó que las Fuerzas Militares controlarán el presupuesto y la redacción de la nueva Carta, y que el presidente no tendrá ninguna autoridad sobre ellas. Entre tanto, el pueblo, que no ha pedido cosa distinta a que los militares se bajen del poder, llevó su ánimo encendido a las urnas para elegir al primer mandatario.

Las acciones del CSFA fueron criticadas incluso fuera del país y Estados Unidos amenazó con suspender millones de dólares en ayuda militar y humanitaria si la junta insiste en irrespetar los procesos democráticos. Pero eso no convenció a los generales. Y lo peor es que cinco días después de las elecciones, los resultados oficiales no se conocen y su anuncio está aplazado indefinidamente.

Para colmo, la ingobernabilidad se agravó con los reportes sobre la supuesta muerte de Mubarak, que cumple cadena perpetua. En cuestión de horas, el antiguo líder pasó de estar muerto a clínicamente muerto, a estado de coma, a crítico pero estable. Y de repente el enfoque se dirigió exclusivamente a la salud del exdictador y ya no a los resultados electorales.

Con eso, la junta militar hizo su agosto. Mientras los candidatos debaten sobre cuál de los dos es el ganador, y la atención se centra en Mubarak, el CSFA aprovecha para hacerse a cada vez más poder y generar la sensación de que solo los militares pueden ponerle fin a la anarquía. Además, aunque los egipcios se resisten a ver morir su revolución, 16 meses de lucha los han desgastado y cada día tienen menos alternativas para remover a los militares. Ian Black describe perfectamente la situación de los egipcios en el diario The Guardian: "Por ahora, es como si hubiesen entrado a un laberinto en el que todas las salidas son controladas por los generales".
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