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| 1/29/2011 12:00:00 AM

Arde el mundo árabe

Con los graves disturbios en Egipto, el contagio de la revolución tunecina se amplía en la región. Los protagonistas son los jóvenes, las herramientas son las redes sociales y los objetivos son las viejas dinastías dictatoriales.

Los dictadores están nerviosos. Dos semanas después de que los tunecinos derrocaron al presidente Zine El Abidine Ben Ali, -la primera victoria de una revuelta popular laica y democrática en un país árabe-, la chispa de esa revolución está lejos de extinguirse o de limitarse a la pequeña nación del norte de África. De hecho, parece haberse prendido en varios países, incluido Egipto, el más poblado del mundo árabe. Allí, el 'día de la ira', convocado el martes, desató una semana de violentas protestas que todavía sacuden al país y al cierre de esta edición habían dejado al menos siete muertos. Liderados por los jóvenes que se organizan a través de las redes sociales como Facebook y Twitter, e inspirados por los eventos en Túnez, los egipcios se echaron a las calles de El Cairo, Alejandría, Suez y otras ciudades en cantidades inéditas para demandar el final del régimen que dirige con puño de hierro desde hace tres décadas el presidente Hosni Mubarak.

Aunque todavía ni siquiera es claro si la democracia echará raíces en Túnez, donde la transición se anticipa turbulenta, el contagio es una realidad. Para reforzar las sospechas de un 'efecto dominó', el jueves miles de yemeníes se manifestaron en las calles de Saná, la capital, para exigir la caída de Ali Abdalá Saleh, quien está en el poder desde hace aún más tiempo que Mubarak. También ha habido manifestaciones en Argelia y Jordania. Los dramáticos eventos de Túnez demostraron que era posible derrocar a un déspota árabe, y muchos están dispuestos a seguir el ejemplo.

Por supuesto, la situación es distinta en cada país, pero en términos generales se trata de regímenes corruptos y autoritarios apoyados por Estados Unidos, que los considera "moderados" para distinguirlos de sus enemigos mortales, los fundamentalistas islámicos.

A excepción del singular caso de Muammar Gadafi y sus asambleas populares en Libia, las naciones del norte de África tienen sistemas políticos similares. Tienen una débil fachada democrática que esconde un sistema que reprime las libertades básicas, incluidas las de asociación y expresión, lo que ha facilitado largas dictaduras. Antes de la caída de Ben Ali, los líderes de los cinco países de la orilla sur del Mediterráneo sumaban 115 años en el poder.

Además del autoritarismo y la corrupción, también comparten profundas desigualdades sociales y poblaciones mayoritariamente jóvenes e infelices. Más de la mitad de los árabes (unos 190 de los 352 millones) son menores de 24 años y casi tres cuartas partes de ellos están desempleados. Y esos ejércitos de jóvenes conectados a Internet están hastiados. Todo un caldo de cultivo para la revolución.

En ese contexto, muchos auguran negros nubarrones para los autócratas árabes. En las manifestaciones de El Cairo abundaban mensajes como "Mubarak, Arabia Saudita te espera", en referencia al lugar de refugio de Ben Ali. Y la situación de Egipto es mucho más relevante, pues con 80 millones de habitantes (frente a los 10 millones de Túnez) es el líder natural del mundo árabe y un aliado estratégico de Washington, que ha apoyado incondicionalmente al régimen y le ha dado más de 1.300 millones de dólares anuales en ayuda militar desde los años setenta. Sin embargo, en el discurso del Estado de la Unión, Barack Obama insinuó un giro con respecto a las dictaduras de la región que han sobrevivido con el apoyo de la Casa Blanca cuando declaró: "Permítanme decirlo con claridad: Estados Unidos apoya al pueblo de Túnez y las legítimas aspiraciones democráticas de todos los pueblos". Quizás, después de mucho tiempo, Washington llegó a la conclusión de que los déspotas no garantizan la estabilidad.

El régimen egipcio asegura que gobierna un país libre, pero el estado de excepción está vigente desde 1981, los disidentes son encarcelados y la Hermandad Musulmana, la única organización opositora con verdadero apoyo, es perseguida. Y las manifestaciones ocurren precisamente a meses de las presidenciales de septiembre, en las que está en juego la continuidad del octogenario Mubarak. Aunque ha declarado que servirá a su país hasta el último aliento, le atribuyen serios quebrantos de salud y todo apunta a que planeaba cederle el poder a su hijo Gamal. Eso ya no parece probable, pues las rabiosas protestas estaban dirigidas a ambos. "Es difícil imaginar que Hosni o Gamal Mubarak se puedan presentar a las elecciones, y ese ya es un gran cambio político", dijo a SEMANA Eugene Rogan, experto de la Universidad de Oxford y autor de Los árabes. Del imperio otomano a la actualidad.

De hecho, esa parece una de las primeras consecuencias de las revueltas. Desde que en 2000 el moribundo sirio Hafez al-Assad entregó el poder, después de 30 años, a su hijo Bashar al-Assad, varios regímenes querían hacer lo mismo. Además de Egipto, en Argelia el septuagenario Abdelaziz Bouteflika se preparaba para entregarlo a su hermano Said; en Yemen, Ali Abdalá Saleh planeaba instalar a su hijo Ahmad, aunque lo negó después de las protestas del jueves, y en Libia, de donde sale poca información confiable, se rumora que Gadafi tiene compitiendo a sus dos hijos. Las manifestaciones dañan esos planes de sucesión dinástica. "Hay señales de que la situación en Argelia podría reflejar la de Egipto, aunque Libia puede ser un obstáculo mayor", dijo a SEMANA Elizabeth Iskander, experta en Oriente Medio de la London School of Economics.

Es difícil anticipar el vuelo de las protestas que recorren el mundo árabe. Muchos las han comparado con las demostraciones de 1980 en Gdansk, Polonia, que terminaron con el colapso de la Unión Soviética una década después, mientras otros recuerdan que las acciones de calle -y hasta la apertura democrática- pueden llevar el extremismo al poder, como ocurrió con la Revolución islámica iraní en 1979. No hay un guión claro. Algunas 'revoluciones' generan grandes expectativas que luego se desinflan, como la naranja, en Ucrania, mientras otras terminan ahogadas en una violencia represiva, como la revuelta china de Tiananmen en 1989.

En cualquier caso, es llamativo que no haya un partido, un líder o una organización obvia detrás de las protestas en Túnez o en Egipto. Aunque el gobierno de El Cairo intentó culpar a la Hermandad Musulmana, y pese a que Mohamed el-Baradei, ex director de la Organización Internacional para la Energía Atómica y premio Nobel de Paz, llegó el jueves al país para apoyar las protestas y ofrecerse a liderar una transición democrática, sigue tratándose de una revuelta popular en la que Internet cobra el mayor protagonismo. Ante la prohibición de reunirse, se convierte en una poderosa herramienta, como ocurrió con las protestas de la aplacada ola verde iraní en 2009. Las redes sociales permiten a las personas organizarse y diseminar la información.

"Quizás su líder estaba bastante lejos: Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook", ironizó en un análisis de The New York Times Roger Cohen, quien concluye que "la sabiduría convencional dice que en el mundo árabe todos son o dictadores o fundamentalistas islámicos, porque se trata de las únicas fuerzas organizadas. Pues no, las comunidades en línea pueden organizar y morder".

Pero más allá del protagonismo de las nuevas tecnologías, el combustible es el mismo de los viejos levantamientos populares. Como explica el profesor Rogan, "la gran presión es la desigualdad y una pequeña élite que exhibe su riqueza. Esa es la verdadera dinámica". Sea como fuere, en el norte de África y la península arábiga, la historia parece estar en marcha.
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