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| 6/11/1990 12:00:00 AM

Armas al detal

Se revela que la familia Ceausescu también vendía armas soviéticas a los norteamericanos.

Aunque parezca increíble, la caída del comunismo de Europa oriental significó un duro revés para algunas dependencias del Pentágono. La razón es que durante los 10 años anteriores se desarrolló una operación clandestina para adquirir las más modernas armas soviéticas con destino a los servicios de inteligencia norteamericanos, por las que funcionarios inescrupulosos de esos países cobraron más de 250 millones de dólares. La información, que fue revelada en los Estados Unidos la semana pasada, no sólo ilustra la amplitud de los contactos de ese país en el viejo bloque soviético, sino el grado de corrupción al que llegaron los regímenes comunistas de países como Polonia, Checoeslovaquia, Hungría, Alemania Oriental, Bulgaria y, sobre todo, Rumania.
La mayor fuente de escándalo proviene precisamente de este último país, regido con mano de hierro durante más de 20 años por el fanático Nicolae Ceausescu. Por lo que parece, la actitud del régimen, que en múltiples ocasiones llevó la contraria al Kremlin en asuntos tan significativos como la invasión a Checoeslovaquia en 1968, condujo a pensar a los norteamericanos que allí podría estar la grieta para obtener los últimos adelantos tecnológicos rusos en materia de armas. Pero pronto advertirian que detrás de la disposición por entregar los equipos no había ninguna razón ideológica sino, como lo advirtió un comentarista de Washington, "avaricia pura y simple".
La operación rumana se llevó a cabo sobre todo con la participación de los hermanos del dictador Marin Ceausescu, de 71 años, y el general Ilie Ceausescu, de 63. El primero, encontrado muerto en la embajada de Rumania en Viena el 28 de diciembre pasado, manejaba sus contactos con los occidentales con la cubierta que le proporcionaban las operaciones comerciales de esa representacion diplomática. El segundo, como viceministro de Defensa y jefe del directorio político de la milicia rumana, tenía los contactos necesarios para obtener el material de guerra sin despertar demasiadas sospechas.
En medio de los dos, un ayudante especial del dictador, llamado Stalian Octovian Andronic, viajaba constantemente a Suiza para manejar la disposición de los dineros. El resto, esto es los "oficiales", iban a parar a una agencia militar del gobierno denominada Romtechnica, en Bucarest. Aunque no se ha comprobado la participación directa del dictador, los servicios de inteligencia norteamericanos creen que toda la operación no se hubiera podido llevar a cabo sin el consentimiento tácito del mismo.
En cualquier caso, la operación rumana comprendió pagos por más de 40 millones de dólares, que los agentes de la CIA entregaron a intermediarios de terceros países, si bien se considera que por lo menos el 30% de esa cifra llegó a cuentas bancarias controladas por la familia Ceausescu en Suiza. Por ese medio los militares de Estados Unidos tuvieron acceso a elementos tan sofisticados como el Shilka, uno de los sistemas antiaéreos más efectivos de los soviéticos, así como a plataformas móviles de lanzamiento de misiles y a los sistemas de radar usados por el Ejército Rojo para dirigir las operaciones antiaéreas.
Según observadores militares norteamericanos, "la importancia de esas adquisiciones es incalculable porque la única manera de desentranar los secretos de las armas más modernas es tenerlas físicamente en las manos". La demostración de ello está, por ejemplo, en la utilidad que tuvo conocer los sistemas soviéticos de radar para el desarrollo de la tecnología "Stealth", que permitió a los Estados Unidos diseñar dos modelos de aviones de guerra virtualmente invisibles para el radar. En otros casos, tener a su disposición las armas soviéticas permitió a los gringos decidir no llevar a término ciertos proyectos, al ponerse en evidencia la superioridad de las armas existentes.
Todo indica que los contactos se iniciaron al final de los años 70, cuando los servicios de inteligencia norteamericanos necesitaban con urgencia un tanque soviético T-72, un mamut de 45 toneladas que se había convertido en la mayor amenaza de las fuerzas convencionales del Pacto de Varsovia. El negocio no llegó a concretarse, pero los contactos estaban hechos. El resto, según creen los observadores norteamericanos, ira conociéndose poco a poco, pero en todo caso se presume que la corrupción de los regímenes comunistas reserva todavía sorpresas mayores.-
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