Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1988/10/24 00:00

ARMENIA PARA LOS ARMENIOS

Se recrudece la tensión nacionalista por negativa oficial a integrar la antigua Armenia.

ARMENIA PARA LOS ARMENIOS

Mikhail Gorbachov debe estar durmiendo mal. No sólo la economía de su país sigue sin despegar, sino que la semana pasada trajo consigo un resurgimiento de las protestas nacionalistas en Armenia, al sur del país, que obligaron al Kremlin a la entera militarización de la zona. El miércoles en la noche, miles de soldados se tomaron los puntos estratégicos del área, al tiempo que el toque de queda era declarado en varias ciudades.
Tal como hace seis meses, el problema sigue siendo el mismo. Los manifestantes exigen la anexión a su república del territorio de Nagorno-Karabaj, una región montañosa enclavada en la mitad de la vecina república de Azerbaiján, donde la mayoría de la población es de origen armenio. Aparte de ser vecinos y pertenecer a la URSS, armenios y azeris no tienen mucho en común. Los unos son cristianos de ascendencia eslava, los otros musulmanes de ascendencia árabe. Los roces son continuos y la antipatía mutua es manifiesta. En febrero pasado, centenares de azeris atacaron a decenas de armenios en la ciudad fronteriza de Soumgait, dejando un saldo de 26 muertos cuyos nombres son honrados hoy en día en Erevan, la capital de Armenia.
Peor todavía es el hecho de que el problema no tiene solución. Por más simpatía que despierten los armenios, Moscú sabe que si cede una vez, las demás repúblicas que componen la URSS van a empezar a sacar conflictos fronterizos de vieja data. La petición oficial de Nagorno-Karabaj de volverse parte de Armenia fue rechazada en el mes de julio, con la advertencia de que el caso se consideraba cerrado.
Esa opinión, por lo visto, no fue compartida por los 800 mil manifestantes que el jueves pasado se reunieron en la plaza de la ópera de Erevan. Por más prohibiciones oficiales, los armenios se congregaron para escuchar durante horas a diferentes oradores que hablaron en favor de la causa. Bajo la mirada atenta de los soldados, la concentración se acabó sin un solo incidente.
En opinión de los conocedores, la presencia del Ejército Rojo contribuyó a bajar el tono de las protestas. Aunque oficialmente este fue enviado para prevenir toda manifestación en cercanías de las sedes del Comité Central, del gobierno y del Soviet Supremo de la República, lo cierto es que los más exaltados recibieron el mensaje. Días antes de la llegada de los militares los disturbios dejaron un muerto, una cincuentena de heridos y unas treinta edificaciones incendiadas. La nación, no obstante, sigue paralizada por las huelgas y un portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores en Moscu reconoció que "la situación no ha mejorado".
Todos esos líos, obviamente, deben estar produciendo preocupación en Moscú. Para los enemigos de Gorbachov el resurgimiento del nacionalismo es una de las malas consecuencias de las políticas de Glasnost (Transparencia) defendidas por el número uno del Kremlin. Manifestaciones como las de Armenia pueden dar un mal ejemplo en un país donde existen más de 100 nacionalidades diferentes.
El problema se suma a las dificultades de la economía. En un viaje que hizo por Siberia a mediados del mes, Gorbachov fue recibido por decenas de personas que se quejaban a gritos sobre las condiciones de vida. Tiendas sin artículos para comprar, malos servicios públicos y casas sin agua caliente (un lujo muy importante en Siberia) fue lo que se encontró el líder soviético en ciudades como Krasnoyarsk y Norilsk.
Pero eso no es todo. Los primeros ensayos de la Perestroika (Reestructuración) no han funcionado. El caso más patético es el de la ley sobre las empresas estatales, según la cual los administradores de cada fábrica van a tener un mayor poder de decisión sobre lo que producen, en contraste con el viejo sistema en el cual Moscú imponía cuotas unilateralmente.
Hasta ahora, la idea ha sido torpedeada por los partidarios de la vieja guardia, quienes se han encargado de hacer pedidos "estatales" prioritarios, con lo cual no queda espacio para hacer cosas adicionales. En los casos en los cuales los gerentes de las empresas se atreven a rechazar la imposición desde arriba, el resultado tampoco es el mejor. Una encuesta reciente reveló que una de cada cinco fábricas planea reducir su producción en 1989, sin salir directamente al mercado, tal como es la intención original de las reformas.
La combinación de ambos factores le hace pensar a los especialistas que el año que viene va a ser inusualmente complicado. Aparte de que la escasez de varios productos básicos puede incrementarse, se cree que la inflación (un mal capitalista que en teoría no existe en la URSS) puede alcanzar fácilmente un 10% anual.
Aunque teóricamente esos desajustes se podrían solucionar con el tiempo, la verdad es que la paciencia que le queda al soviético común y corriente no es mucha. La palabra perestroika produce miradas de escepticismo y no falta quien pronostique que los días de Gorbachov están contados. Este, por su parte, hace lo que puede. La semana pasada las tiendas estatales volvieron a vender vino, brandy y cerveza, licores que habían sido limitados en la campaña contra el alcoholismo. A pesar que el vodka sigue en la lista negra, el Kremlin aspira a que la medida sea lo suficientemente popular para darle al espíritu de cambio un poquito más de espacio, porque con los problemas económicos y revueltas como las de Armenia, parece que lo único que queda por hacer en la URSS es emborracharse y esperar que cuando pase el guayabo, las cosas empiecen por fin a andar por el camino correcto.

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