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| 2/18/2012 12:00:00 AM

Atrapados en el infierno

Por lo menos 380 presos murieron calcinados en una cárcel en Honduras. Lo peor es que la tragedia ni es una sorpresa, ni promete ser la última en las inhumanas prisiones latinoamericanas.

"Hágase justicia aunque? el mundo perezca", reza un inscripción encima de la entrada a la Penitenciaria Nacional de Comayagua, una pequeña ciudad a 75 kilómetros de Tegucigalpa donde el martes pasado las llamas consumieron a por lo menos 380 presos. Un aviso que ahora luce terriblemente irónico para los 475 reclusos que sobrevivieron y para los miles de familiares de las víctimas, que aún no saben cómo recuperar los cuerpos irreconocibles de sus seres queridos.

El horror llegó a Comayagua a las 10:56 de la noche. A esa hora, ya la mayoría de reclusos estaba durmiendo, unos sobre otros, en las atiborradas celdas que les habían asignado. Unos pocos se habían quedado viendo telenovelas, cuando de repente, y de boca en boca, un solo grito de pánico despertó a todo el penal: "¡Fuego, fuego, nos quemamos!".

Las llamas empezaron en el módulo seis, un espacio exiguo donde permanecían 105 personas. Sin encontrar obstáculo alguno, devoraban colchones, cocinetas, tendidos de ropa, ventiladores y conexiones eléctricas irregulares. "Una bola de fuego salió del módulo y todo agarró fuego", le contó Teodoro Bonilla al diario hondureño La Prensa.

Los presos trataron de huir como podían. Algunos se tiraron al suelo, con toallas mojadas sobre el rostro, buscando refugiarse en los baños o entre tanques de agua. Otros rompieron el techo con lo que tenían a mano y se tiraron desde los tejados. Muchos se fracturaron piernas y brazos al caer, pero nada importaba con tal de escapar. Varios, en medio del humo que empezaba a asfixiarlos, lograron reventar los candados de sus calabozos y huir.

Pero 358 se quedaron por siempre en la cárcel, una granja penal. Los sobrevivientes cuentan que sus compañeros gritaban desesperados, pegados a los barrotes, implorándoles que les abrieran. "Salí prendido en llamas de la camisa, como loco. Escuchaba los alaridos de la gente. Afuera estaba caliente, parecía un horno. Se sentía el olor a carne quemada y escuchaba que decían '¡Auxilio! ¡Ábrannos las puertas!'", le dijo a La Prensa un reo. El horror fue tal que los forenses anunciaron que iba a ser imposible identificar todos los cadáveres, pues hay cuerpos pegados y calcinados.

Honduras amaneció devastado, preguntándose cómo había podido pasar este desastre. La primera versión señaló que un motín provocó el incendio. Después se dijo que tal vez se trataba de un corto circuito, pero la empresa nacional de electricidad informó que no había ninguna falla. Y según Paola Castro, directora del centro y quien fue suspendida junto a todos sus hombres mientras se adelanta la investigación, un recluso le prendió fuego a su colchoneta y la conflagración devoró toda la cárcel.

Sin embargo, varios familiares de las víctimas recordaron que días antes del incendio circulaba el rumor de que algo iba a pasar. Cuando estalló la catástrofe, los bomberos se demoraron diez minutos en llegar, pero la guardia solo los dejó entrar media hora después. También hay un video casero donde se escuchan decenas de disparos mientras la cárcel arde. "Cuando empezó el fuego les gritamos a los que tenían las llaves que abrieran, pero no quisieron. Más bien nos hicieron disparos, le dijo Rubén García a La Prensa. El director de los centros penales nacionales dijo que creyeron que era una fuga masiva de reos, por eso no abrieron las puertas y no dejaron entrar a nadie "para evitar muertes innecesarias". En medio de la confusión, no han faltado las teorías según las cuales detrás de todo estaría la mano oscura de alguien interesado en hacer una limpieza social, ante la desmesurada ola de criminalidad que afecta al país centroamericano.

Muchos hondureños piden que el gobierno asuma sus responsabilidades, pues en 2003 y en 2004 cientos de reclusos ya habían muerto en incendios similares. Lo peor de todo es que el presidente Porfirio Lobo afirmó que la de Comayagua era "una cárcel modelo", a pesar de que había sido diseñada para 250 personas y albergaba 852, de que no existía ningún plan de evacuación y de que 57 por ciento de los reos aún no habían sido condenados. Aunque no solo en Honduras, sino en todo el continente, estas condiciones inhumanas son la norma. Hay que esperar que no se cumpla el vaticinio de José Miguel Vivanco, director de Human Rights Watch para América, quien afirmó que "lamentablemente es cuestión de tiempo para que estemos viviendo otra tragedia similar en otro país de América Latina".
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