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| 9/26/2009 12:00:00 AM

Atrincherado

Con el sorpresivo regreso de Manuel Zelaya, el futuro de la crisis del país centroamericano se convierte en un enigma. Lo único que parece descartado es que regrese al poder.

Se pueden decir muchas cosas de Manuel Zelaya, el depuesto mandatario de Honduras, pero nadie niega que su regreso fue audaz. El lunes pasado Zelaya cumplió, al tercer intento, su promesa de volver a territorio hondureño cuando apareció inesperadamente en la embajada brasileña en Tegucigalpa, donde se mantenía refugiado hasta el cierre de esta edición. Aunque cercado por las Fuerzas Militares, el Presidente derrocado se encontraba apenas a unas cuantas cuadras del despacho del presidente de facto, Roberto Micheletti.

El retorno de Zelaya tomó por sorpresa a los golpistas que lo sacaron del país, todavía en piyama, hace tres meses. Tanto es así, que cuando ya se encontraba en la embajada brasileña, Micheletti todavía sostenía que estaba en una suite en Nicaragua. Lo que siguió fue una semana de roces diplomáticos, toque de queda casi permanente y enfrentamientos entre el Ejército y los zelayistas que dejaron por lo menos dos muertos, según han admitido las autoridades. Según Zelaya, por lo menos 10.

Más allá de sus continuas alusiones a la hombría, el arrojo de 'Mel', como lo apodan sus seguidores, es entendible en términos políticos. Aunque había recibido el apoyo unánime de la comunidad internacional, sabía que el tiempo jugaba en su contra. Micheletti es apoyado por amplios sectores en Honduras, incluidos los partidos políticos, las Cortes y el Ejército. La gran apuesta del gobierno de facto era soportar el aislamiento internacional hasta celebrar las elecciones presidenciales previstas para noviembre, entregar el poder al ganador y recuperar así cierta normalidad democrática. Ahora, con Zelaya en Tegucigalpa, la presión sobre Micheletti es mucho mayor.

Los dos primeros intentos del Presidente depuesto habían acabado mal. El último, en el que según él anduvo 15 horas por montañas y veredas, finalmente tuvo éxito. Pero de ahí a que consiga su restitución, como ha exigido la comunidad internacional, hay mucho trecho. En la práctica, Zelaya es un asilado político en la embajada brasileña, sólo que en lugar de buscar que lo saquen del país, busca que lo ayuden a volver.

Micheletti siempre ha afirmado que la suya fue una sucesión constitucional y desde el principio advirtió que si Zelaya ponía un pie en Honduras le esperaba la cárcel por los delitos que se le imputan, entre otros, traición a la patria por intentar reformar la intocable Carta política para quedarse en el poder. Así, al poco tiempo de conocerse la presencia de 'Mel' en Tegucigalpa, Micheletti le pedía al gobierno de Brasilia que le concediera formalmente asilo o lo entregara a las autoridades. El gobierno de facto acusa a las autoridades brasileñas de permitir que su embajada se convierta en "un centro de subversión mediática" desde el que se hacen llamados a la insurrección. Casi al mismo tiempo, las autoridades dispersaban con violencia a los seguidores de Zelaya, que se habían reunido frente a la sede diplomática e imponían el toque de queda.

Zelaya, por su parte, dijo que llegaba por medios pacíficos para iniciar un gran dialogo con todos los sectores del país, pero al tiempo lanzaba la arenga de "patria, restitución o muerte" y llamó a los suyos a salir a la calle. Con el paso de los días, dio una serie de entrevistas telefónicas, algunas con declaraciones bastante extrañas. Denunció cuatro planes del gobierno de facto para enloquecerlo o asesinarlo. Uno de ellos, según Zelaya, pretendía asaltar la embajada, matarlo y simular que se había suicidado. Otro, incluía aparatos para transmitir "radiaciones de alta frecuencia que afectan el cerebro humano".

En todo caso la presencia de Zelaya cambia la dinámica de su pulso de poder con Micheletti. "La consecuencia más obvia es que mueve el conflicto a las calles. Ambos tienen un incentivo para sacar su gente, a menos que el gobierno de Micheletti decida enfrentar el problema por la fuerza, lo que sería una locura. Su posición internacional es muy precaria y eso equivaldría a sepultar cualquier posibilidad de que le respeten las elecciones de noviembre", dijo a SEMANA el ex vicepresidente de Costa Rica Kevin Casas-Zamora, investigador de The Brookings Institution. "Pero también pone a Zelaya bajo una considerable presión para demostrar que tiene un apoyo popular tan masivo como dice. No ha sido claro que lo tenga y ciertamente no lo tenía cuando se fue", agrega.

Algunos detalles no alimentan muchas esperanzas de una salida negociada. Para empezar, el primero en anunciar que Zelaya estaba en Honduras fue Hugo Chávez, lo que a ojos del gobierno de facto, obsesionado con la intervención en su suelo del mandatario venezolano, demostraría que hay una conspiración para el regreso. Algo de lo que el mismo Chávez se ha vanagloriado. Tampoco ayuda que el propio Zelaya de entrada anunció como mediador a José Miguel Insulza, el secretario general de la OEA, a quien en Tegucigalpa perciben con gran desconfianza.

Sin embargo, al cierre de esta edición el diálogo parecía abrirse paso. El jueves, los candidatos de los cuatro principales partidos se reunieron primero con Micheletti y luego con Zelaya y después todas las partes aceptaron que el presidente de Costa Rica, Óscar Arias, retome la mediación de la crisis.

Reinstalar a Zelaya todavía es una misión casi imposible. "Dudo que faltando dos meses para las elecciones alguien vaya a forzar a Micheletti a abandonar la Presidencia y entregársela a Zelaya. El tiempo para reinstalarlo ya pasó. Seguir insistiendo en su regreso es condenar al fracaso cualquier negociación", dice Casas-Zamora. Entonces, ¿cuál es el precio que la comunidad internacional va a hacer pagar a Micheletti y su gente? "Si quieren que el mundo reconozca las elecciones, el próximo presidente se tiene que comprometer a un gobierno de unidad, donde haya participación para gente del zelayismo y a un diálogo nacional donde el propio Zelaya tenga un papel importante".

Nada indica que los hondureños sean capaces de alcanzar una solución negociada por sí mismos, así que mucho depende de la intervención de actores extranjeros. Está por verse si Brasil, metido de cabeza por el uso de su embajada, va a tratar de usar su influencia. De momento, el gesto de Zelaya logró algo impensable: que la crisis hondureña fuera uno de los temas más mencionados en la Asamblea General de la ONU y motivo de una reunión de urgencia del Consejo de Seguridad por pedido, precisamente, de Brasil.
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