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| 11/1/2015 4:17:00 PM

Un siniestro de consecuencias imprevisibles

La tragedia del avión ruso que cayó en Egipto repleto de turistas podría complicar aún más la situación en Siria, y encender un conflicto que trascendería a la región.

Aún no es claro qué sucedió con el avión de la aerolìnea rusa Metrojet que cayó el sábado en plena península del Sinaí, en un siniestro que causó la muerte todos sus 224 ocupantes que iban de regreso a casa.  Pero con los restos aún humeantes en medio del desierto, el grupo afiliado en Egipto  a Estado Islámico (EI o ISIS) añadió un ingrediente de dramatismo a la situación, al reivindicarlo como un ataque contra los “cruzados” rusos.

La primera reacción del gobierno egipcio ha sido esperar la investigación oficial, aunque muchos indicios hacen pensar lo peor. Para empezar, los testigos  indican que el avión se habría partido en dos en pleno vuelo, y que los pasajeros cayeron a tierra aún sujetos a sus asientos, por lo que una explosión se convirtió en una hipótesis inevitable.

A ello se añade que la aeronave, un Airbus A-321 construido hace 18 años, estaba en buen estado de mantenimiento y que su piloto no hizo ninguna llamada de alarma antes de que su señal desapareció de los radares.  Como por otra parte se trataba de un vuelo a plena luz del día en medio de condiciones metereológicas normales, resulta altamente improbable que la aeronave se desplomara sin mediar una intervención mal intencionada.

Además, para cualquier observador del Oriente Medio una situación como esta parece consecuencia lógica de la presencia de fuerzas de Vladimir Putin en la guerra de Siria en defensa del dictador de ese país, Bashar al Assad y contra, al menos nominalmente, de EI. Ningún informe de inteligencia muestra que los combatientes de esa agrupación tengan los misiles capaces de alcanzar a una aeronave a la altura de crucero (30 mil pies),  pero no es descartable que se haya tratado de una bomba plantada en el aparato o accionada por un terrorista suicida.

De ser así, se configuraría una enorme irresponsabilidad del Estado ruso por no haber tomado medidas preventivas, como por ejemplo restringir ese destino turístico para sus ciudadanos.  Para nadie es un secreto que los seguidores del grupo terrorista más temido del mundo están dispuestos a todo para llevar adelante su proyecto del Califato Islámico. Además, desde hace años la localidad turística de Sharm el Sheik es un veraneadero muy popular para los rusos, que ante la caída de la industria turística egipcia, gozan allí de precios favorables a una distancia no demasiado lejana de su país.

El dictamen de los expertos rusos, que llegaron muy pronto al lugar de los hechos, se espera para los próximos días. Sin embargo si confirman que se trató de un ataque, como parece inevitable, el hecho podría tener graves repercusiones en la región.

Hace pocos días Putin decidió intervenir en Siria en forma mucho más contundente que los países occidentales ya involucrados allí. Para ello tendría dos razones evidentes, y otras menos obvias. La primera es evitar a toda costa la caída de Assad, o al menos asegurarse de que quien lo reemplace sea aceptable para él.  El régimen sirio, en efecto, es el último reducto en el poder del partido Baaz, el socialismo panárabe que en  los años cincuentas y sesentas intentó, de la mano del egipcio Gamal Abdel Nasser, crear la República Árabe Unida, y que también tuvo en sus filas al iraquí Saddam Hussein.   Desde esa época el padre de Assad,  Hafez, concedió a los entonces soviéticos una base naval en Tartus que sigue teniendo para ellos una enorme importancia estratégica en el Mediterráneo.

La segunda causa de la intervención rusa en Siria tiene que ver con sus propias preocupaciones acerca de la influencia de ISIS en sus regiones musulmanas. No hay que olvidar que Moscú ya libró dos sangrientas guerras para evitar la independencia de Chechenia, una región de población islámica. Aunque allí  reina desde hace años un sátrapa promoscú, no sería realista considerar que ese foco de violencia esté completamente apagado.

Hay, sin embargo, una tercera causa implícita que tiene que ver con la idiosincrasia del propio Putin, para quien la caída de la Unión Soviética fue la peor tragedia de la segunda mitad del siglo XX. Putin está decidido a que Rusia vuelva a jugar en las grandes ligas de la geopolítica mundial, y la verdad es que al menos desde el año pasado está demostrando su capacidad para aprovechar todas las oportunidades de hacerlo.

De hecho, el presidente ruso ya le midió el aceite a los países occidentales  en Ucrania. Allá lanzó de hecho una guerra civil, aún no resuelta, para reaccionar contra lo que vio como excesiva presencia de Washington y la Otan cerca de sus fronteras. Aunque Estados Unidos y la Unión Europea la aplicaron duras sanciones económicas, hoy tiene media Ucrania bajo su influencia directa, y  de paso se quedó con la península de Crimea, sin que a la fecha haya ningún indicio de que esa toma pueda revertirse.  Por eso no resulta sorprendente que se haya metido en Siria, donde volvió a observar un vacío de poder ante la actitud dubitativa y a veces francamente contradictoria de su contraparte norteamericano, el presidente Barack Obama.

Este resultó, como suele sucederle en los últimos tiempos, atrapado en una situación enormemente complicada, pues los bombarderos rusos se han ensañado más con las posiciones de los rebeldes sirios “moderados” que reciben el apoyo de su gobierno, que con las de Isis.

Como consecuencia de la movida de Putin, a finales de la semana pasada el gobierno de Obama anunció el envío de 50 efectivos de fuerzas especiales a Siria con la idea de que se involucren en operaciones puntuales a favor de los grupos afines a Washington.  Se trata de un gesto casi simbólico, por el tamaño de contingente enviado, pero de importancia política, pues con él Obama estaría tratando de despejar, tanto a nivel doméstico como internacional, la idea de que Estados Unidos ha caído en la inoperancia bajo un presidente que se encuentra en la recta final de su permanencia en el poder.

Sin embargo, esa nueva presencia norteamericana con tropas de tierra (que podría crecer con el transcurrir de los hechos) es muy peligrosa por la enorme neblina que oscurece el drama de Siria. La confusión es enorme: Estados Unidos y sus aliados, por una parte, los rusos, los iraníes y los sirios de Assad, por la otra, las facciones afines a los saudíes y los cataríes en otra, y como telón de fondo la presencia de Isis, conforman una verdadera red de intereses cruzados. De modo que es grande la posibilidad de que los objetivos a veces antagónicos  resulten en daños colaterales graves, como que por ese camino se desestabilicen fuertemente las relaciones entre las grandes potencias.

Y la reunión celebrada el viernes pasado en Viena para tratar de buscarle una salida no logró llegar a buen término, aunque cada vez se abre paso con más fuerza la idea, impensable hasta que Putin llegó a la escena, de que la transición siria hacia la paz cuente con alguna fórmula de impunidad para el sanguinario Assad.

Por otra parte, a juzgar por sus violentas reacciones anteriores frente al terrorismo islámico, como los casos del colegio de Beslán en 2002 o del teatro Dubrovka en Moscú en 2004,  es de esperarse que Putin endurezca su campaña contra EI, con consecuencias imprevisibles.

Para terminar de empeorar las cosas en el panorama geopolítico, en el extremo oriente la semana pasada un destructor norteamericano estuvo mostrándose los dientes con los chinos en aguas reclamadas de manera ilegítima por Beijing.  Es que allá también hay alguien tratando de aprovechar el vacío dejado por el final del gobierno de Obama para pescar en río revuelto: el presidente Xi Jinping. Pero esa es otra historia.

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