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| 1/15/2011 12:00:00 AM

A balazo limpio

La matanza de Tucson, Arizona, podría ser un momento crucial en el futuro de la política electoral en el país del norte y el comienzo de la reforma al derecho a portar armas.

Los dirigentes políticos extremistas, como la ex candidata a la Vicepresidencia Sarah Palin, podrían perder puntos ante la opinión y el debate podría moderarse, tal como lo pidió el presidente Barack Obama. Pero sea como sea, mientras los norteamericanos sigan portando armas casi libremente, se repetirán hechos como la matanza del sábado 8 de diciembre en Tucson, Arizona, en la que hubo seis víctimas mortales y 14 heridos, entre ellos, la representante a la Cámara Gabrielle Giffords, cuyas consecuencias políticas apenas comienzan a vislumbrarse.

El estupor generado por la tragedia fue apenas lógico. Era sábado, era de mañana, y decenas de personas se habían reunido en las afueras de un supermercado Safeway para escuchar a Giffords, congresista demócrata desde 2007, prima segunda de la actriz Gwyneth Paltrow, graduada de universidades como Cornell y Harvard, contraria a las leyes antiinmigración de Arizona y, paradójicamente, favorable a la legislación que permite usar armas de fuego en Estados Unidos. De pronto, un hombre de 22 años, Jared Loughner, empezó a dispararle con una pistola Glock y mató a seis personas, una de las cuales era una niña de 9 años nacida coincidencialmente el 11 de septiembre de 2001. Giffords quedó inconsciente luego de que una bala le atravesó el cerebro. Pero viva.

Loughner, para quien la Fiscalía ha pedido la pena de muerte, ha sido una especie de desadaptado social. Con mirada de lunático, procedente de una familia de clase media-baja del noroeste de Tucson y admirador de Adolfo Hitler, era tenido por un ser extraño y hasta "asqueroso" por sus compañeros del Pima Community College y sus profesores lo calificaban de tener "reacciones raras". Ese día, tres horas antes del ataque, había sido interceptado por la Policía de tráfico, que no atinó a detenerlo. Tras el atentado, el FBI descubrió en su habitación una carta de Giffords, de esas que los políticos envían a quienes les escriben, con anotaciones de Loughner que decían "¡Muerte, perra!".

Nadie puede llamarse a equívocos: Loughner es el culpable de la muerte de las seis personas. Pero este hombre actuó no solo porque tenía un arma, sino quizá animado por la retórica política extremista que se había desatado contra Gabrielle Giffords. Esa retórica se había originado en las toldas de Sarah Palin, que el año pasado pidió en su página de Facebook "no retirarse, sino recargar" contra algunos congresistas que habían votado en diciembre de 2009 a favor de la reforma a la sanidad impulsada por Obama, entre las que estaba la congresista. Pero hay más. La Palin también adjuntó un mapa con varias miras telescópicas para marcar los distritos electorales donde había que luchar. Uno de ellos era el de Gabrielle Giffords.

Eso, por supuesto, no significa que Sarah Palin sea responsable directa de lo sucedido, pero deja muy mal parado el discurso radical del que ha echado mano para irse lanza en ristre contra Obama y sus amigos. Y es que la Palin, partidaria declarada de la cacería de osos en Alaska y de la mano dura de Washington en el exterior, tampoco se ayuda. El miércoles pasado, para defenderse de quienes la atacaban por lo ocurrido, difundió un video en el que metió aún más la pata. En él la emprendió contra la prensa y los analistas que según ella la acusan por exacerbar la polarización y la tienen entre ceja y ceja. "Los periodistas y los expertos deberían dejar de elaborar un libelo de sangre que solo sirve para estimular el odio y la violencia que pretenden condenar", señaló. Pero empleó una expresión desafortunada, "libelo de sangre", que fue utilizada en la Edad Media para sindicar a algunos judíos de hacer uso de la sangre de niños cristianos en la preparación del pan. El acabose.

Si la Palin escogió el camino equivocado tras la matanza del sábado, Obama tomó el rumbo correcto. Fiel a su temperamento moderado, razonable y conciliador, el Presidente encabezó el miércoles siguiente en el McKale Center de la Universidad de Arizona, en Tucson, un homenaje a las víctimas. Obama pronunció uno de "los mejores discursos desde que llegó a la Casa Blanca", según The New York Times. "Debemos emplear una retórica para curar, no para herir. Y en vez de señalarnos con dedo acusador y asignarnos culpas, debemos escuchar atentamente al otro, afilar nuestro instinto hacia la empatía y entender que juntos tenemos esperanzas y sueños", dijo antes de pedir una nueva etapa centrada en una discusión más sensata y civilizada.

La gran pregunta, sin embargo, es si esta posición le sirve a Obama para reencaucharse, pues sus índices de popularidad están por debajo del 50 por ciento. La respuesta, según Roberto Izurieta, profesor de The George Washington University, es que sí. "Los tiempos de crisis económicas son tierra fértil para las posturas extremas, y ahora hay un alto índice de desempleo en Estados Unidos. Pero como los expertos vaticinan una recuperación, el discurso moderado va a prevalecer, de modo que el presidente Obama va en la línea indicada", le dijo a SEMANA. Algo semejante le pasó a Bill Clinton en 1995. Su partido acababa de perder los comicios legislativos de 1994 a manos de los republicanos de Newt Gingrich, que pintaba para Presidente, cuando, en 1995, se produjo el atentado con carro bomba en Oklahoma, donde hubo 168 muertos. Clinton unió al país y fue reelegido en 1996.

Pero, de nuevo, hechos como el de Tucson el sábado, donde cualquier loco dispara a diestra y siniestra y mata por doquier en una esquina, seguirán ocurriendo en Estados Unidos mientras subsista el problema de fondo: la posibilidad de portar armas, un derecho protegido desde 1791 por la Segunda Enmienda de la Constitución, según la cual se autoriza "una milicia armada bien reglamentada" para "garantizar un Estado libre" y evitar un régimen tiránico. Ninguna otra democracia sólida del mundo permite algo así. La cosa es de tal magnitud que hoy en día hay 300 millones de armas en el país, es decir, una por habitante, y 30.000 muertos al año por esa causa. Es más: según cita The Economist, el Brady Center afirma que entre 1979 y 1997 hubo más muertos en Estados Unidos que todos los producidos en las guerras libradas por esa nación desde la Independencia. Escalofriante.

¿Existe alguna iniciativa para frenar semejante desastre? Claro. La próxima semana, Carolyn McCarthy, representante por el Partido Demócrata a la Cámara, va a presentar un durísimo proyecto de ley contra el uso de las armas. El propósito es imponerle una pena de diez años de cárcel a quien utilice un cargador automático de varias balas como el que usó Loughner el sábado en Tucson. McCarthy piensa radicar su propuesta como un asunto de honor: en 1993, su esposo murió y su hijo quedó gravemente herido cuando un hombre abrió fuego indiscriminadamente en un tren de cercanías en Long Island. Pero ella sabe que el Congreso no le aprobará el plan. Eso, en Estados Unidos, es una batalla perdida.
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