Sábado, 20 de diciembre de 2014

| 2012/12/15 00:00

Barack Obama, en privado

Mientras muchos piensan que Barack Obama, reelegido en 2012, es alegre y relajado, de puertas para adentro es ultracompetitivo, insaciable y está obsesionado por pasar a la historia. Su triunfo en noviembre lo acercó a ese sueño.

Barack Obama abraza a su esposa Michelle en Iowa. Esta foto, publicada por el presidente en Twitter minutos después de su reelección con la frase “cuatro años más” pasó a la historia por ser compartida millones de veces en las redes sociales.

Barack Obama detesta perder. Pueden ser unas elecciones, un partido de básquet, un juego de cartas o un pulso con el Congreso. El presidente de Estados Unidos quiere ser el mejor en todo. Si muchos tienen la impresión de que es una persona bromista, relajada, descomplicada y algo reservada, en privado, cuando está rodeado por su familia o sus asesores más cercanos, es alguien ultracompetitivo, riguroso, de mentalidad cuadrada, obsesivo y voraz.

Una vez por semana Obama camina un par de cuadras para jugar básquet en una de las canchas del FBI en Washington. El presidente no se contenta con un partido entre amigos, para correr y divertirse un poco. Sus compañeros no son cincuentones como él. No, Obama hace las cosas en serio o no las hace. La cita es con gigantones que tienen 15 años menos, son puro músculo y pueden driblar por horas sin sudar demasiado. Todos, como mínimo, compitieron en la liga de baloncesto universitario, la antesala de la NBA.

Obama sabe que nunca va a ser mejor que ellos, pero prefiere luchar en un partido a muerte con semiprofesionales que ser la estrella en un juego con gente de su nivel. Lo importante es el desafío, la competencia y claro, ganar. Como lo contó Michael Lewis en un perfil que escribió para la revista Vanity Fair, si antes se enfocaba en ser el mejor de la cancha, ahora, por la edad, lo entrega todo por la victoria de su equipo. “En su declive natural, mantiene su propósito”. Ser siempre el número uno.

Y eso no se limita al básquet, una de sus obsesiones desde las épocas del colegio, donde lo apodaban “O’bomber” (O’bombardero). Se considera “increíblemente bueno” para el billar, asegura que prepara un chili con carne “realmente poderoso” y que es un jugador de póquer “bastante hábil”. Cuando invitó el lunes de Pascua a miles de niños a la Casa Blanca para leerles el clásico de la literatura infantil Green Eggs and Ham dijo que iba a ser la “mejor lectura jamás hecha”. Y una vez les aconsejó a varios jóvenes colaboradores que “cuando tengan hijos, es importante dejarlos ganar. Hasta que se vuelvan grandes, y ahí ya empezar a ganarles”.

Sus enemigos dirían que entre eso y la arrogancia no hay una gran diferencia, y eso no siempre gusta. A algunos políticos demócratas, con más experiencia que él, les dio consejos de escritura y les recomendó mirar a los votantes a los ojos cuando los saludan. Le pone notas a su desempeño y al de sus colaboradores y a veces cree que sin él, el mundo no podría girar. Según la revista The New Yorker, en 2008 dijo que “escribo mejor mis discursos que mis escritores, sé más de política que mis directores políticos y pienso mejor que mi jefe de campaña”.

Tal vez eso explique las dificultades que tuvo para ganarle en noviembre pasado al republicano Mitt Romney, que no parecía ser un candidato tan fuerte. Desde el principio de la competencia el presidente se burló de Romney por usar palabras elitistas como “maravilloso”, por confundir conceptos económicos o por presentarse como un “mago de las finanzas”. Su ego por poco lo condena cuando enfrentó el primer debate presidencial. Obama parecía sin ganas, aburrido, aletargado. Al final logró rectificar, pero quedó claro que su principal debilidad era su arrogancia.

Es verdad que ser presidente de la primera potencia del mundo no es lo mejor para mantener los pies en la tierra. Como le explicó a Vanity Fair, “la primera noche en la Casa Blanca, uno piensa: bueno, estoy en la Casa Blanca, estoy durmiendo acá, en el cuarto de Abraham Lincoln ¿Por qué, para qué? Pero eso no dura mucho. Una semana y ya el trabajo te absorbe”.

Tiene una vida extremadamente rigurosa. Todas las mañanas se levanta a las siete. Media hora después está en el gimnasio de la Casa Blanca y hace una hora de ejercicio, pues de lo contrario “en algún momento vas a explotar”. Se ducha y se viste, siempre con un traje gris o azul. Explica que el simple hecho de tomar decisiones reduce la capacidad de resolver otras. “No quiero pensar en qué voy a comer o cómo me voy a vestir, me desgastaría. Hay que decidir para qué voy a usar mi energía. Por eso la rutina es necesaria. No puedo perder el día en trivialidades”.

Por la noche, su horario es igual de cuadriculado. Barack y su esposa Michelle casi nunca asisten a los cócteles y las recepciones que abundan en Washington. La prioridad es cenar con Malia y Sasha, sus dos hijas de 14 y 11 años y después el presidente las ayuda con las tareas. Cualquiera pensaría que las dos niñas tienen una vida de princesas. Pero Obama es casi tan exigente con ellas como lo es con él.

Les prohibió ver el popular reality de las hermanas Kardashian, pues considera que es “un pésimo ejemplo”. La pareja presidencial no da regalos de cumpleaños a sus hijas, para que no sean consentidas. Cuando la familia viaja, las niñas tienen que escribir informes sobre lo que visitaron. Malia, la mayor, solo puede tener su celular los sábados y domingos. Y entre semana, las dos solo pueden usar el computador o la televisión para hacer tareas. Y Michelle contó una vez que obligó las niñas a hacer dos deportes, uno que escogen y otro que les imponen, para que “entiendan lo que se siente hacer algo que no te gusta”.

Después de acostar a las niñas y de pasar un rato con Michelle, que se duerme a las 10 de la noche, Obama se aísla. Es el único momento en el que puede estar solo, reflexionar y sentirse como una persona casi normal. Lee, mira el canal deportivo ESPN o navega con su Ipad hasta la una de la mañana. Como le dijo a Vanity Fair, “perder el anonimato, lo improvisto no es un estado natural, uno se puede adaptar, pero no acostumbrarse. En la televisión, en los medios, hay una persona que la gente ve y se llama Barack Obama. Pero, bueno o malo, ese no eres tú”.

Y el presidente tiene muy claro quién quiere que sea Barack Obama. Desde que llegó a la Casa Blanca en 2008 se reúne con cierta regularidad con expertos en historia presidencial. Los bombardea de preguntas sobre cómo y porqué sus predecesores tomaron decisiones trascendentales. Pues a pesar de que fue el primer presidente afroamericano, uno de los más jóvenes en llegar a la Casa Blanca y haberse ganado el Premio Nobel de la Paz, Obama quiere que lo recuerden como uno de los mandatarios más importantes de Estados Unidos. Como le dijo al diario The New York Times Robert Caro, uno de los biógrafos presidenciales más respetados: “A Obama solo le queda una cosa por ganar: un puesto en la historia”.

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