Sábado, 3 de diciembre de 2016

| 2016/04/02 00:00

Caos belga, campo abonado del yihadismo

El país sede de la Unión Europea titubea hace décadas por sus crisis políticas. Su lucha por ser un Estado viable la obligó a ignorar el problema del radicalismo, y la hizo vulnerable a los recientes ataques terroristas.

Tras los atentados, la Gran Plaza de Bruselas estuvo fuertemente custodiada ante el temor de que se produjeran nuevos ataques. Foto: A.F.P.

Matar impíos y judíos, cubrirse con la burka y no salir del hogar, creer en el islam más que en la democracia, creer en la yihad como único camino de redención, y creer todo esto en Bruselas, la capital de Europa, 11 años antes de los atentados que golpearon Bélgica la semana pasada. Esas fueron las líneas ideológicas que descubrió la periodista Hind Fraihi en las entrañas del barrio Molenbeek, símbolo del radicalismo islamista en Europa, donde se infiltró durante dos meses de 2005 haciéndose pasar por una estudiante de sociología.

En ese momento nadie escuchó las denuncias de Fraihi. Muchos la acusaron de atizar los odios contra la población musulmana, otros pensaron que se trataba simplemente de un fenómeno aislado. “Colectivamente ignoramos lo que pasaba a unos minutos del centro de la ciudad de la capital europea”, cuenta a la revista francesa Marianne. A pesar de haber descrito minuciosamente la presencia de los “barbudos fundamentalistas” que imponían su ley y reclutaban jóvenes en ese barrio desfavorecido de Bruselas, la periodista fue ignorada por el gobierno. “Otros municipios como Schaerbeek o Forest han sido penetrados por los mismos problemas”, revela hoy.

¿Cómo pudo el problema del radicalismo islámico haber pasado desapercibo en Bélgica sin que las autoridades actuaran? Las crisis políticas en un sistema democrático laberíntico, único en el mundo, son sin duda alguna uno de los factores de la inoperancia belga para luchar contra el fenómeno. Bélgica cuenta con un régimen político compuesto por un Estado federal con tres regiones (Flandes, Bruselas-Capital y Valonia) y tres comunidades fundadas según una división lingüística (flamenca, francesa y germanófona). Cada entidad tiene órganos legislativos y judiciales que comparten el poder y las competencias entre sí. En total, 47 ministros, seis secretarios de Estado, seis gobiernos y seis parlamentos administran un país de 30.000 kilómetros cuadrados, un poco más pequeño que el departamento de Nariño, en Colombia.

 Seis reformas estatales desde los años setenta permitieron ese sistema federal complejo que no ha logrado zurcir las diferentes comunidades de manera permanente. Los 541 días que los belgas sobrevivieron sin gobierno representaron el paroxismo de esa fragilidad institucional. El 22 de abril de  2010 el gobierno de Yves Leterme se desmoronó luego del fracaso de un acuerdo sobre la separación del distrito Bruxelles-Hal-Vilvorde. Los francófonos de esta zona limítrofe de Bruselas (geográficamente en Flandes) querían conservar a toda costa su administración y su estatus bilingüe, pero Flandes exigía que el territorio se volviera completamente neerlandés. Esta situación los obligó a llevar a cabo nuevas elecciones legislativas federales. El Partido Socialista obtuvo la victoria en Valonia y el partido nacionalista NV-A en Flandes. Durante 18 meses, la rivalidad histórica y profunda entre los dos partidos y sus corrientes hizo imposible la creación de un gobierno. Todo se terminó el 6 de diciembre de 2011, con la formación de la administración de Elio Di Rupo, socialista que permaneció en el poder hasta finales de 2014.

La última demostración de esa inestabilidad institucional fue la crisis política que tuvo lugar la semana pasada luego de los atentados. El ministro del Interior, Jan Jambon, y el ministro de la Justicia, Koen Geens, presentaron su renuncia al presidente del gobierno Charles Michel, luego de que se dieran a conocer los múltiples errores que cometieron las autoridades belgas. En efecto, se produjeron fallas imperdonables difíciles de entender: Ibrahim El-Bakraoui, uno de los kamikazes del aeropuerto de Zaventem, fue detenido en junio de 2015 en el sur de Turquía y expulsado a Bélgica. Sorpresivamente, la Policía belga, al tanto, lo habría dejado libre. El primer ministro, que sabía que era imposible minar su gobierno en ese contexto dramático, no aceptó la renuncia de los funcionarios responsables.

 No todo es negativo: ese sistema complejo, a pesar de sus fallas operacionales, es la prueba de una capacidad extraordinaria para construir un país en medio de los rencores, de definir un sistema político para un territorio incomprensible en su diversidad. El problema radica en que ese ingenio belga ha acarreado un esfuerzo desmedido del Estado para resolver sus querellas históricas sin tener en cuenta la aparición desde hace años de un nuevo actor y de un nuevo fenómeno: la comunidad musulmana y la radicalización de algunos de sus fieles.

 El escritor flamenco David Van Reybrouck, en un texto publicado en el periódico francés Le Monde, hace un recuento de las soluciones de su pueblo para sanar sus heridas tradicionales. Las diferencias entre obreros y capitalistas fueron pacificadas con el derecho al voto universal y con políticas sociales, las querellas entre católicos y librepensadores fueron calmadas con la creación de un sistema educativo personalizado para cada comunidad y las divergencias entre flamencos y valones con las diversas reformas que dieron lugar al Estado federal actual. “Si Bélgica se ocupó de las grandes fallas históricas, ¿por qué maneja tan mal las tensiones recientes? Las razones son de una simplicidad que desarma: precisamente, porque Bélgica solo se concentró en el apaciguamiento de esos viejos rencores”, escribe Van Reybrouck.

 Así, poco a poco, durante años, la integración de las nuevas poblaciones pasó a ser un problema secundario. Los inmigrantes y sus hijos fueron las primeras víctimas de ese caos estatal. Las estadísticas oficiales sobre la integración demuestran que Bélgica está lejos de ser un paraíso para esas poblaciones. Según la Comisión Europea, 30,7 por ciento de los extranjeros extracontinentales estaban desempleados en 2014, lo que hace de Bélgica el tercer peor país en la materia, seguido de España y Grecia. Además, 28 por ciento de los jóvenes de origen extranjero dejan la escuela sin haber obtenido un diploma de estudios superiores y, a los 17 años, 68 por ciento de ellos han perdido al menos una vez el año escolar. En resumen, el Estado no ha logrado estar presente, a través de la educación, la salud y el trabajo, en los barrios con dificultades sociales.

 Los yihadistas aprovechan las condiciones económicas de los barrios donde se aglutinan esas poblaciones, para ofrecer su ideología nihilista a jóvenes que no encuentran su lugar en la sociedad en la que crecieron. Y con éxito. Según la Comisaria Europea de Justicia, entre 5.000 y 6.000 europeos han viajado a Siria e Irak para unirse a Estado Islámico, de los cuales 500 serían belgas. Proporcionalmente al total de su población, se trata del país del continente con más combatientes.

Salvar Bélgica es salvar a Europa entera. El país deberá hacer prueba de coraje una vez más y, con el mismo brío con el que desde hace siglos lucha por la unidad política, tendrá que concentrar sus fuerzas en acabar con el fundamentalismo islámico que gangrena su juventud.

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