Lunes, 1 de septiembre de 2014

Llegó al papado en 2005 remando de espaldas, por decirlo así, con la barca del pescador Pedro: desde dentro de la Curia romana. Y para proseguir desde allí la política inquisitorial que había venido adelantando desde el cargo subalterno de gran inquisidor: la persecución de la nueva herejía, el relativismo. Ese fue el centro político de su pontificado. AFP

| 2013/02/16 19:00

Benedicto XVI, un político

por Antonio Caballero

Renuncia el papa y anuncia que vivirá “retirado del mundo”. Por Antonio Caballero.

Renuncia el papa Benedicto XVI y anuncia que vivirá “retirado del mundo”. No demasiado lejos, sin embargo: en un convento de monjas de clausura en los jardines del Vaticano. Su sucesor – en cuya elección tendrá sin duda influencia: 90 o 100 de los 117 cardenales que tienen voto en el cónclave han sido nombrados por él en sus siete años de pontificado – tendrá que matarlo. Tal vez a martillazos, como hizo a fines de siglo XIII Bonifacio VIII con el suyo, Celestino V, único precedente comparable. Pues aunque varios de los 265 papas de la historia han dejado su cargo por la fuerza, solo Celestino y Benedicto lo han hecho por su propia voluntad. “En libertad”, dice este. De desertor acusó Dante al otro en su Divina Comedia —“il gran rifiuto”, el gran rechazo—, y lo mandó a la antesala del Infierno, donde van los indecisos y los cobardes.

Porque un predecesor vivo y coleando es un estorbo, una amenaza, o, al menos, un incordio. Este papa renuncia a los 87 años porque no se siente con las fuerzas físicas necesarias para “gobernar la barca de San Pedro y anunciar el evangelio”, según explicó en latín. Su fatiga viene de lo segundo: de la tarea evangélica que, en los papas contemporáneos, implica viajes y ceremonias apostólicas, consistorios, aviones, papamóviles. Sin contar sus viajes en el interior de Italia, Benedicto ha visitado en siete años más de cincuenta países, y ya no tiene edad para eso. Pero para lo primero, el gobierno de la Iglesia, está perfectamente lúcido. Y hay que imaginar lo que podría ser eso para su infortunado sucesor: un expapa (¿expapa? Ni el apelativo es fácil) sin nada que hacer, salvo orar y usar su recién estrenada cuenta en Twitter. Una pesadilla. No sería raro que uno de estos días, después de que se haya protocolizado la renuncia al final de febrero y haya sido elegido un nuevo papa, el expapa amaneciera muerto tras haber recibido un caldito vespertino de una de sus monjitas de clausura. Así le sucedió hace unos años, cumplido apenas un mes de pontificado, a Juan Pablo I, cuya autopsia prohibió la Curia romana.


Porque un papa es ante todo un político. Todos lo son, por razones de oficio: el de gobernar la barca. Joseph Ratzinger lo es además por vocación. No es cierto que se escandalizara y se asqueara de lo que descubrió en la Iglesia al verla, por decirlo así, desde arriba, y que ahora empieza a denunciar en palabras bastante enigmáticas: “La hipocresía religiosa, el comportamiento de los que quieren aparentar, las actitudes que buscan los aplausos y la aprobación”; palabras herméticas para iniciados. Eso pudo sucederle al pobre Celestino del siglo XIII, que hasta el momento en que fue elegido papa y lo llevaron casi a rastras a coronarse en Roma había sido un santo ermitaño que vivía en una cueva de los montes Abruzzos, orando y ayunando. Pero no a Ratzinger, que es un viejo zorro de la política vaticana. Antes de sus siete años de papado, que no son pocos (el pobre Celestino renunció a los seis meses), llevaba ya un cuarto de siglo en el corazón del nido de víboras de la Curia como cabeza de la Congregación para la Doctrina de la Fe, antes llamada Santo Oficio, y aún antes Inquisición: desde allí defenestró a un centenar de teólogos que, como él mismo, fueron jóvenes renovadores en tiempos del Concilio Vaticano II, cuando la Iglesia intentó una renovación que, dice él ahora, no se produjo.


Y, a propósito, vale la pena señalar que este año se cumple exactamente medio siglo de ese Concilio renovador que no lo fue tanto. Es más significativa la elección de esta efemérides para la renuncia papal que el hecho de que haya sido anunciada la víspera del Miércoles de Ceniza y el comienzo de la Cuaresma, tiempo de reflexión y penitencia. Indica que Benedicto da por cerrado un ciclo.


Se trata, pues, de la decisión política de un político profesional. Como lo han sido, con excepción del infortunado Celestino del cuento, todos los papas.


Por eso no importa mucho cuál haya sido el motivo inmediato que precipitó la renuncia. Si una caída en el baño durante su reciente visita a México, como especula la prensa italiana, o si la publicación de los wikileaks del Vaticano como consecuencia de la traición de su mayordomo. No importa si tomó la decisión, como dicen unos, por humildad, sintiéndose incapaz de estar a la altura de su misión pastoral; o, como dicen otros, por soberbia, para pasar a la historia como el único papa (con el pobre Celestino) que han dejado la tiara, y de pasada pisarle el prestigio de la abdicación de la reina Beatriz de Holanda (o al rey de España, si se le había pasado la idea por la cabeza). O si fue por cobardía (como el pobre Celestino según Dante), o, al contrario, por valentía: por atreverse a poner su conciencia por encima del protocolo. También a su predecesor se le atribuyeron motivos contradictorios para su larga agonía pública: la humildad, que lo hacía llevar su cruz hasta el final y beber hasta las heces el cáliz del sufrimiento, y la soberbia, para exhibirse hasta el último instante. Juan Pablo II era un actor, con algo de payaso tal vez en su amor por los disfraces. Y también un político, por supuesto: en eso se equivocó de medio a medio la Policía secreta de la Polonia comunista, que cuando fue nombrado arzobispo de Cracovia minimizó su importancia porque era “un religioso y no un político”. Benedicto, que ahora se va, pero se queda viviendo en el jardín, es un político más fino. Y a la cumbre llegó tras una larga carrera burocrática, sorteando obstáculos y tragando sapos (los de la hipocresía eclesiástica que ahora denuncia), hasta conseguir que el Espíritu Santo posara en él sus ojos en el último cónclave. Alguna vez afirmó que le había pedido que no lo hiciera. No es cierto: lo tenía fríamente calculado, incluido su sermón de cardenal camarlengo justo antes del encierro en el cónclave, hablando de los peligros del relativismo para la Iglesia. Llegó al papado remando de espaldas, por decirlo así, con la barca del pescador Pedro: desde dentro de la Curia romana. Y para proseguir desde allí la política inquisitorial que había venido adelantando desde el cargo subalterno de gran inquisidor: la persecución de la herejía.


La nueva herejía: el relativismo. Ese fue el centro político de su pontificado. Lo incomodaron en el camino los mezquinos problemas internos de la tripulación de la barca: la hipocresía, las envidias, los escándalos de los curas pedófilos o de las finanzas vaticanas, siempre turbias. El incidente de los vatileaks, que en fin de cuentas no reveló ningún secreto, salvo el secreto a voces de que dentro de la Curia vaticana había traidores (en ese caso, su propio mayordomo: el que le planchaba las casullas y le ponía la tiara de tres coronas). Y las tareas burocráticas: los cien viajes, las cuarenta y cuatro canonizaciones, las mil beatificaciones. Los servicios de intendencia, digamos, abrumadores en esa humilde barca convertida en un descomunal buque de guerra. Mil millones de católicos bautizados, cien mil curas y monjas militantes, incluyendo a los contemplativos. Benedicto XVI supo utilizar ese inmenso poder que es la Iglesia para... para mantener y acrecentar ese mismo poder, tanto espiritual como terrenal, amenazado por los progresos del relativismo.


Relativismo, para empezar, dentro de la propia Iglesia. La solidez de la ortodoxia ha venido siendo minada incesantemente desde Vaticano II, tanto por la llamada ‘teología de la liberación’ como por los cantos de sirena de la multitud de confesiones protestantes. Pues el veneno –para el papa Benedicto XVI– del relativismo tiene sus raíces en el “libre examen” de Martín Lutero que desencadenó la Reforma protestante. En estos días se ha hablado en la prensa de la transformación de Ratzinger de teólogo progresista por los días del Concilio Vaticano II en inquisidor reaccionario más tarde, atribuyéndole a su preocupación por el relativismo moral diseminado por “el espíritu de mayo del 68”: el de esa minirevolución francesa del “prohibido prohibir” y del “pedir lo imposible” que abrió las compuertas del hedonismo y del llamado neopaganismo en el que han desaparecido las nociones de pecado y de culpa. Pero el relativismo que de verdad le importa al papa es el de la verdadera Revolución francesa, la grande, la de 1789: la que surgió del relativismo filosófico de la Ilustración. El verdadero enemigo malo que Benedicto XVI se esforzó por destruir no era Dany el Rojo: seguía siendo Voltaire. Y con él, la Enciclopedia, y todo el siglo XVIII de Occidente.


De Occidente. Porque pese a su nombre de católica, es decir, de universal, la Iglesia Católica es una institución firmemente enclavada en Occidente. Por eso el combate del papa contra el relativismo –moral y filosófico, y finalmente religioso– no se da solo en el seno de la Iglesia, sino también hacia fuera, frente a las otras religiones y frente al escepticismo agnóstico. Más allá de sus declaraciones ecuménicas, de sus acercamientos a las Iglesias cristianas separadas –protestantes, ortodoxas orientales–, y de su publicitado diálogo con budistas y judíos y musulmanes, y más en serio que sus visitas turísticas a sinagogas y mezquitas en el curso de sus viajes, Benedicto XVI está convencido sinceramente de que la única religión verdadera es la suya; o, mejor, de que la única barca de salvación es la suya, la Iglesia Católica Romana. La anécdota más significativa de todo su pontificado es una que ocurrió al principio, en septiembre de 2006, y que provocó gran indignación en todo el mundo musulmán, hasta el punto de que el papa tuvo que resignarse a pedir disculpas y dar explicaciones, asegurando que había sido malinterpretado. Fue en la Universidad de Ratisbona, en el curso de una conferencia magistral –no un sermón de cura ni una encíclica de papa, sino una conferencia universitaria de teólogo– , cuando citó una oscura y remota discusión sostenida en el siglo XIV entre un emperador de Bizancio y un erudito persa. Dijo entonces Benedicto XVI que, hablando de la ‘yihad’ o guerra santa islámica, el emperador Manuel II Paleólogo había planteado “la pregunta central sobre la relación entre religión y violencia”, diciéndole al persa: “Muéstrame también aquello que Mahoma ha traído de nuevo y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas, como su directiva de difundir por medio de la espada la fe que él predicaba”. 


Y prosiguió el papa: “El emperador explica así minuciosamente las razones por las cuales la difusión de la fe mediante la violencia es algo irracional. La violencia está en contraste con la naturaleza de Dios y la naturaleza del alma”. 


Como si no hubieran sido los cristianos los que primero instauraron la conversión por la fuerza o la amenaza, la conversión por la espada, a partir del momento en que el emperador Constantino convirtió el cristianismo en religión oficial del Imperio romano, a principios del siglo IV. Ahí empezó, con el creciente poder económico y político de la Iglesia, la “difusión de la fe mediante la violencia”, cuya práctica, pasado el tiempo, había de culminar con la creación de la Inquisición. 


Retirado –a medias– Benedicto XVI, lo que viene es la elección de un sucesor por el colegio cardenalicio. Ahí se disparan las especulaciones, pues el Espíritu Santo que según la tradición ilumina a los cardenales encerrados en la Capilla Sixtina tiene el humor caprichoso. Rara vez sale elegido papa el cardenal que entra al cónclave con mayores opciones electorales: el caso de Ratzinger fue una excepción a la regla de que “quien entra papa, sale cardenal”. La prensa habla mucho de las posibilidades crecientes de los africanos y de los latinoamericanos, que aunque son minoritarios entre los cardenales, hoy constituyen la mayoría de los católicos del mundo. Un papa negro. ¿Por qué no, si hasta el presidente de los Estados Unidos lo es? O un papa latino: aunque, claro, los más latinos de todos son los italianos, que inventaron el latín en el colegio. En Colombia, como siempre, se sueña con un papa colombiano: el prometido John Jairo I, que podría ser monseñor Rubén Salazar o, aunque por razones de edad no figure entre los 117 con derecho a voto, monseñor Darío Castrillón. O, como novedad de género extraordinaria, una mujer. Ya existe el precedente, aunque legendario, de la papisa Juana, que fue elegida disfrazada de varón y cuyo sexo verdadero solo fue descubierto accidentalmente cuando dio a luz a un niño en plena procesión mientras la llevaban a hombros en la papal silla gestatoria. Pero sea quien sea el escogido, también el sucesor de Benedicto será, como él, un político. 


Pocas horas después de la renuncia papal, del “gran rifiuto” dantesco, cayó un rayo sobre la cúpula de San Pedro. No se sabe todavía si fue una manifestación de Dios, o del diablo, o del azar, si no son los tres la misma cosa. Pero la pregunta es otra: ¿quién tomó la foto? Parece inventada con Photoshop.

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