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| 11/14/2015 10:00:00 PM

Aung San Suu Kyi: el símbolo de la resistencia civil

Dos décadas de cárcel no bastaron para doblegar a la legendaria Nobel de Paz, quien arrasó en las elecciones generales de Myanmar. A pesar de esto, no podrá gobernar.

Hace cinco años, tener una foto de Aung San Suu Kyi era un delito que las autoridades de Myanmar (antigua Birmania) castigaban con arresto. Su nombre era tabú y los esbirros de la junta militar que controla el país perseguían, encarcelaban y torturaban a todo aquel que se atreviera a respaldarla. Muchos de sus seguidores nunca regresaron de las prisiones, y se teme que decenas de miles murieron en ellas. Hoy, por el contrario, abundan en todo el país las imágenes de esa mujer de mirada serena y 70 años de edad.

La razón de ese cambio es sencilla. Aunque los resultados definitivos de las elecciones generales del 8 de noviembre pueden tardar algunas semanas, ya es un hecho que la Liga Nacional para la Democracia (LND) –el partido que ella fundó a finales de los años ochenta– logró un triunfo histórico en las elecciones del domingo pasado. Según afirmó el martes la propia dirigente, su partido podría obtener hasta el 75 por ciento de los votos.

Pero sea cual sea el tamaño de su victoria, el miércoles las elecciones concretaron el proceso de democratización emprendido desde 2010, en gran medida gracias a la resistencia civil de Suu Kyi. Ese día, el propio presidente, el general retirado Thein Sein, reconoció la derrota oficialista mediante un sencillo mensaje en Facebook felicitándola por “reunir el apoyo del pueblo”. Uno que en cualquier democracia habría hecho parte del protocolo electoral, pero que en un país que lleva casi 60 años bajo gobiernos militares tiene un significado imposible de exagerar. Pues no es la primera vez que ella y la LND consiguen un triunfo arrollador, pero sí la primera que los militares lo reconocen.

De hecho, Suu Kyi –hija del general Aung San, recordado como el padre de la actual Myanmar– comenzó su actividad política a finales de los años ochenta, poco después de regresar del Reino Unido, donde hizo gran parte de su vida académica, profesional y familiar. Ese año, se extendieron por todo el país las manifestaciones estudiantiles y de monjes budistas que protestaban por la miseria que habían traído los casi 30 años de la dictadura del general Ne Win, a quien no le quedó otra alternativa que renunciar. Fue entonces cuando Suu Kyi se convirtió en un símbolo de la lucha de sus compatriotas al reunir a medio millón de personas en Rangún y fundar la LND.

Pero cuando los vientos de cambio soplaban con más fuerza, el Ejército reprimió a sangre y fuego el levantamiento, mató a varios miles de personas y –en una decisión que muchos nacionales rechazaron por subrayar las divisiones étnicas– le cambió el nombre al país de Birmania a Myanmar. A su vez, en las elecciones de 1990, la junta militar heredera de Ne Win desconoció la abultada victoria de la LND, reprimió a los militantes del partido y condenó a Suu Kyi a casa por cárcel, donde pasaría la mayor parte de las dos décadas siguientes. Esa decisión fue, sin embargo, contraproducente, pues como Nelson Mandela en Sudáfrica, la Dama de Rangún se convirtió en un referente mundial de la lucha no violenta a favor de la democracia y los derechos humanos, por lo que se le concedió el Premio Nobel de la Paz en 1991.

Pese a la importancia histórica del triunfo de este domingo, Suu Kyi ha evitado las apariciones públicas y les ha incluso pedido a sus seguidores evitar los triunfalismos. Y razones no le faltan. Como le dijo a SEMANA Naoko Kumada, especialista en Myanmar de la Escuela de Estudios Internacionales S. Rajaratnam de la Universidad Tecnológica de Nanyang (Singapur), “aunque el triunfo sea arrollador, la LND tendrá que compartir el poder con el Ejército, que por ley define el 25 por ciento de los escaños en ambas cámaras, controla la Policía y decide quiénes serán los ministros de Asuntos Exteriores, Defensa y Asuntos Exteriores”. A su vez, la Dama recibe un país dividido por graves conflictos étnicos, medio millón de desplazados, una infraestructura en pedazos, altos niveles de corrupción y una administración ineficiente. Como ella misma reconoce, ahora viene lo más difícil.
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