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| 2/6/2016 12:00:00 AM

El eterno Evo Morales

El 21 de febrero, los bolivianos votarán por una reforma constitucional que le permitiría al presidente permanecer en el poder hasta 2025. ¿Se justifica cambiar prosperidad por democracia?

¿Qué tanto puede un presidente cambiar la Constitución para quedarse en el poder sin menoscabar el futuro de la democracia en su país? Esa pregunta ronda en América Latina desde hace algunos años, cuando por cuenta de Hugo Chávez renació esa tendencia que a mediados del siglo XX parecía sepultada en el pasado. La cuestión toma aún más fuerza, puesto que el 21 de febrero se realizará un referéndum en Bolivia para preguntar a la población si acepta reformar el artículo 168 de la Carta Política con el fin de permitir la reelección presidencial por dos periodos consecutivos, lo cual dejaría libre el camino para que Evo Morales se postule otra vez a la Presidencia en 2020 y gobierne, al menos, hasta 2025, en el Bicentenario de la Independencia de ese país.

Morales ganó la presidencia en 2006 con casi un 54 por ciento de los votos, al mando del Movimiento al Socialismo (MAS), un partido de organizaciones indígenas, campesinas y de trabajadores. Tras promulgar una nueva Constitución en 2009, fue reelegido con el 64,22 por ciento, y en 2014 repitió con el 61 por ciento. Las autoridades judiciales, afines al gobierno tras tantos años en el poder, oficializaron la interpretación según la cual esta fue la primera reelección (a partir de la nueva Constitución) y la segunda sería en 2020.

Más allá del desbarajuste institucional que ha implicado, la era de Evo Morales se ha caracterizado por la mayor prosperidad económica y progreso social en la historia reciente de Bolivia. Si a eso se suma que es el primer presidente indígena en un país indígena que siempre fue gobernado por descendientes de españoles, se entiende por qué el presidente agradece a la Madre Tierra en Tiahuanaco cada 21 de enero, aniversario de su posesión en 2006.

“Con Evo vamos bien” es la consigna de la campaña por el SÍ, y es que en estos diez años, Bolivia se transformó: el producto interno bruto (PIB) casi se cuadruplicó, pasando de 9.000 millones de dólares en 2005 a 33.000 millones en 2014, con un crecimiento promedio de 5,1 por ciento entre 2006 y 2014, por encima de los demás países suramericanos, lo que mereció los elogios del FMI y el Banco Mundial.

Morales nacionalizó recursos naturales y servicios básicos, renegoció los contratos petroleros para recuperar la mayoría accionaria del Estado, adoptó la Constitución del Estado Plurinacional que reconoce 36 pueblos indígenas, que conforman el 62,2 por ciento de la población. Personas que, como recordó Morales en su discurso de posesión en 2006, “hace 40 o 50 años no tenían el derecho a entrar a la plaza San Francisco y a la plaza Murillo” en el centro de La Paz.

En estos años, la pobreza extrema cayó del 39 al 17 por ciento. En 2015, la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), entregó a Bolivia un galardón por haber reducido a la mitad el porcentaje de personas subalimentadas, que pasó de 34 por ciento en 1990 a 15 por ciento.

Problemas ancestrales, que derribaron gobiernos, empezaron a ser resueltos, como la extensión de la cobertura de electricidad, que alcanzó al 87,4 por ciento (de 75 por ciento en 2010) y al 97,2 por ciento de la gente que vive en las ciudades, en tanto que la cobertura de agua subió de 74,1 por ciento en 2006 a 84,9 por ciento el año pasado, según informó Morales en su informe al Congreso en enero. Cerca de 3,4 millones de personas se beneficiaron en 2015 con subsidios, todo lo cual empezó a cerrar la desigualdad: en 2005, los más ricos tenían 128 veces más ingresos que el 10 por ciento más pobre, pero en 2014 la cifra se redujo a 39 veces, y en el área urbana la diferencia bajó de 35 a 18.

Se vienen las vacas flacas

Esto fue posible gracias al boom de los precios del petróleo y de gas, que Bolivia vende a sus vecinos: Brasil (cubre 30 por ciento de las necesidades de ese país) y Argentina. Entre 2006 y 2015 Bolivia exportó 78.000 millones de dólares, contra 17.000 millones en el periodo 1996 -2005, casi cinco veces más. Pero la caída en los precios del petróleo y del gas hizo desacelerar la economía boliviana, que pasó de un crecimiento del 6,8 por ciento en 2013, a una previsión de 5 por ciento para lo que resta de la década. En 2015, las ventas de gas a Brasil y Argentina cayeron un 37,3 por ciento, y el precio del gas –alrededor de 5 dólares por millón de unidades térmicas británicas (BTU)– es la mitad de lo que percibía antes. En un país donde los hidrocarburos hacen el 42,3 por ciento de sus ventas externas, la caída provocó un déficit comercial de 773,8 millones de dólares, el primero después de 12 años.

Pese a todo, Bolivia será de los países que más crecerán en la región este año, y tiene a favor la riqueza de recursos naturales como el litio, el mineral del futuro, con el 80 por ciento de las reservas mundiales. “Es la Arabia Saudí del litio en el siglo XXI”, según el vicepresidente Álvaro García Linera. También hay proyectos como el Corredor Ferroviario Bioceánico Central para unir el Atlántico y el Pacífico, entre los puertos de Ilo en Perú, y el de Santos en Brasil, con 1.600 kilómetros de recorrido por Bolivia. Pero al depender de un producto como el gas, el país mediterráneo es muy vulnerable a los cambios económicos en Brasil y la Argentina.

Reelección

Bolivia se debate entre continuar este círculo virtuoso de estabilidad y crecimiento al mando de Evo Morales, o retomar la senda de la alternación, base de la democracia.

Fernando Mayorga, profesor de la Universidad Mayor de San Simón de Cochabamba, explicó a SEMANA que el problema es el “derrumbe de los partidos tradicionales”, como sucedió en Venezuela, Ecuador o Bolivia, razón por la cual, “en los tres casos se plantean asambleas constituyentes y el tema de la reelección”. “Donde hay partidos organizados, como Brasil, Argentina o Chile, hay modalidades convencionales de transición mediante búsqueda de figuras alternativas del mismo partido, como en el caso de Luiz Inácio Lula da Silva y Dilma Rousseff”, agrega.

Para Mayorga, la crisis económica internacional lleva al partido de gobierno a “plantear la estabilidad política como el principal factor de reducción de los daños de la recesión económica”, a lo que se suma la falta de un heredero político dentro de su partido, el MAS.

Daniel Moreno, director de Ciudadanía, Comunidad de Estudios Sociales y Acción Pública, dijo a SEMANA que “el hecho de hacer cambios para posibilitar que el presidente Morales y el vicepresidente García Linera vuelvan a postularse en 2019 no es algo que le guste a la gente”, pero al mismo tiempo, los bolivianos “no ven alternativas reales a la Presidencia de Morales”, por lo que “mucha gente se siente forzada a elegir entre sus convicciones democráticas y la idea de la estabilidad política y económica que ha venido de la mano del gobierno de Morales durante los últimos diez años”. Para Moreno, este es un falso dilema: “Es posible pensar en un país estable sin el liderazgo de Morales, pues Bolivia ha cambiado mucho en los últimos 15 años y la estabilidad política y económica no depende necesariamente de Evo como presidente”.

El referéndum tendrá también consecuencias regionales. “Tras la derrota del chavismo en las elecciones legislativas del 6 de diciembre, en las cuales la oposición obtuvo dos tercios de la Asamblea Nacional, para el populismo latinoamericano es fundamental el triunfo de Evo, porque demostraría que no se ha iniciado el ocaso de esta tendencia a nivel regional”, dijo a SEMANA Rosendo Fraga, del Centro para la Nueva Mayoría en Buenos Aires, por lo cual, “el referendo para permitir un cuarto mandato consecutivo de Evo es percibido como crucial por el populismo regional”.

Todavía no está claro cuál va a ser el resultado, ni si Evo decidirá postularse en 2019. Pero el peligro es volver a las andadas de decenas de viejos caudillos latinoamericanos que se eternizaron en el poder, desde el argentino Juan Manuel de Rosas en el siglo XIX, pasando por Juan Domingo Perón en el XX hasta Hugo Chávez en el XXI. Porque esas experiencias suelen terminar menos bien de lo esperado.

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