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| 9/6/2014 10:00:00 PM

Brasil, entre Dilma y Marina

Las últimas semanas han visto el crecimiento de la candidata Marina Silva, y a menos de un mes de las elecciones por primera vez es posible que derrote a Dilma Roussef.

Lo que parecía una aburrida campaña por la reelección, se ha convertido en un duelo apasionante entre dos mujeres, la presidenta Dilma Rousseff del Partido de los Trabajadores –PT– y la opositora Marina Silva, del Partido Socialista Brasileño –PSB–, quien reemplazó al candidato Eduardo Campos, muerto en un accidente de avión en agosto. Según las encuestas, Marina y Dilma están empatadas con 34 por ciento de los votos, y en una segunda vuelta, Marina ganaría con un 50 por ciento de los votos, contra 40 por ciento de la presidenta.

El resultado de las elecciones brasileñas será seguido con enorme interés en todo el continente, porque no se trata solo de la continuidad del largo reinado de 12 años del Partido de los Trabajadores (PT), sino de la suerte de los partidos populistas que gobernaron el continente en el siglo XXI. Un triunfo de Marina Silva enviaría señales a Venezuela, Ecuador y Argentina, donde los gobiernos de Maduro, Correa y Kirchner se han extendido largos años en el poder.

Aunque ambas comparten un origen común de rebeldía, hoy están enfrentadas con dos proyectos políticos muy distintos: para Dilma, conservar el legado de Luiz Inacio Lula da Silva, el primer presidente obrero en la historia de Brasil, y para Marina encarnar el cambio, que seduce a los sectores medios y que ha aglutinado al conjunto del empresariado y del mundo financiero. 

Dilma es la típica representante de la juventud universitaria urbana radicalizada en los años sesenta y setenta, durante la época de las dictaduras militares, tuvo un paso por la lucha armada y  luego se hizo economista e ingresó al PT. Hizo su carrera como funcionaria,  ejerció el Ministerio de Minas y Energía y la jefatura de gabinete bajo la presidencia de Lula, quien la eligió para sucederlo. 

Marina representa al campesino pobre de Acre, en la punta de la Amazonia en la frontera con Perú y Bolivia: hija de serengueiros (cosecheros de caucho), con 11 hermanos, trabajó desde niña en el campo con sus padres y aprendió a leer a los 16 años. Evangélica y ambientalista, se incorporó a las luchas campesinas de los años ochenta, ingresó al  PT y desde 2003 hasta 2008 participó en el gabinete de Lula como ministra del Medio Ambiente. En 2009 abandonó el PT para ingresar al Partido Verde y presentarse en las elecciones presidenciales de 2010, en las que obtuvo el 19,3 por ciento de los votos.

Paradójicamente, la suerte de las dos mujeres parece invertida: Marina es la voz de los descontentos de las ciudades, mientras que Dilma continúa recibiendo el apoyo del campo y de los sectores más pobres y rezagados, que se beneficiaron de los planes sociales impulsados por el PT en la última década.

Desde que reemplazó a Campos como candidata a presidente,  el huracán Marina no deja de crecer, al saltar a un 34 por ciento en menos de un mes, cuando antes de morir Campos apenas llegaba al 9 por ciento de las intenciones de voto. Su irrupción sepultó las expectativas de Aecio Neves del PSDB (Partido Socialdemocrático Brasileño), quien hasta ahora era el candidato de los medios empresarios y financieros y que tenía el respaldo del expresidente Fernando Henrique Cardoso. La pobre hija de serengueiros se ha convertido de la noche a la mañana en la candidata preferida de la Bolsa, los bancos y los poderosos empresarios que la ven como el arma perfecta para terminar con el reinado del PT. 

La analista política Lucia Hipolito dijo a SEMANA desde Río de Janeiro, que “es natural el deseo de cambio del elector brasileño expresado por Marina. A esto se llega por el cansancio con el PT  y porque existe una insatisfacción muy grande, sobre todo en los medios urbanos, por el modelo de gobierno y la corrupción”. 

Las diferencias

Dilma defiende las bases de un programa de crecimiento basado en estimular el consumo y la producción. Marina toma distancia del modelo populista latinoamericano y propugna una “tercera vía”, entre las políticas sociales de Lula y las políticas ortodoxas y desregulatorias de su antecesor, Fernando Henrique Cardoso: promete recuperar el trípode de la política macroeconómica (inflación reducida, cambio fluctuante y superávit), toma de Cardoso propuestas como la autonomía del Banco Central y la flexibilización del Mercosur –el bloque comercial con Argentina, Uruguay y Paraguay- para realizar acuerdos bilaterales con otros países como la Alianza del Pacífico integrada por Chile, Colombia, Perú y México, y una agenda positiva con Estados Unidos. 

Dilma defiende la política energética que supuso renacionalizar a Petrobras y explorar las gigantescas reservas petroleras descubiertas en aguas profundas conocidas como ‘pre sal’, destinando esos fondos para gastos de salud y educación. Como buena ecologista, Marina se opone, dice que el pre sal “es una prioridad entre otras”, y propone buscar fuentes de energía limpia, como la solar y la eólica. 
Marina, quien dijo en un reportaje a Folha de Sao Paulo que acostumbra a consultar la Biblia antes de tomar decisiones, explota su religiosidad por ser practicante de la Iglesia Evangélica, la de mayor crecimiento en el país en las últimas décadas. 

En el terreno político, la candidata opositora aspira a recoger el descontento que se hizo presente con las manifestaciones de los últimos dos años, proponiendo la renovación política que Dilma prometió pero no realizó. Ante la falta de un fuerte partido nacional con representación parlamentaria, la candidata propuso gobernar sin los partidos, sino con los mejores de cada uno de ellos, y con la sociedad movilizada. 
La cuestión del matrimonio igualitario ha sido una piedra en el zapato de Marina, que primero dijo sostener el proyecto de ley de matrimonio entre personas del mismo sexo, y luego lo retiró de su programa, después de que uno de los más influyentes pastores evangélicos lanzara una serie de trinos para atacarla por la propuesta. 

Sin embargo, la vaguedad de sus ideas ha suscitado importantes críticas. La revista Istoé le dedicó su editorial, preguntándose: “¿Qué es la nueva política?”, acusándola de no detallar planes, “haciendo un discurso simpático, con una frase que puede encantar plateas, pero que no pasa de ser un truco retórico y común en las campañas electorales”. 

Contra reloj, el equipo de Dilma en el PT aceita sus ataques contra Marina, para mostrarla como la candidata de los banqueros y la derecha, resaltando su traspié con el matrimonio igualitario, la debilidad de su partido en el parlamento, sus propuestas de gobernar sin partido y la vaguedad de sus planes. 

Es la economía, estúpido

“En cuarenta años de cobertura electoral en Brasil y en el mundo, no recuerdo un ascenso tan fulminante como el de Marina Silva”, escribe el analista Clovis Rossi en su blog de la Folha de Sao Paulo. Para el analista, la explicación es la economía: la pobreza se redujo en 30 millones de personas en los 12 años de gobierno del PT, pasando de un 43,1 por ciento en 2000 a 24,5 por ciento en 2012. Esto fue posible por el crecimiento económico de un 5 por ciento promedio, resultado de la alta demanda china de materias primas que permitió, a Lula primero y a Dilma después, financiar sus planes de inclusión social. Pero ese modelo llegó a un cuello de botella a partir de la crisis de 2008 y la pérdida de impulso de China. La economía brasileña se estancó y entró en recesión. Los primeros afectados son los 30 millones de expobres, que no alcanzaron a lograr la estabilidad de la clase media, y que conforman lo que el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo llama sectores vulnerables, es decir, los que, ante una crisis, son los primeros en ver afectada su situación. 

Ellos “ven a Marina como la conductora de los cambios que los saque del purgatorio de la vulnerabilidad”, escribe Rossi, quien agrega un dato curioso: si bien según las encuestas continúa creciendo la aprobación al gobierno de Dilma, su intención de voto sigue cayendo.  Falta menos de un mes para la definición, en un final electoral inesperado, que promete traer consecuencias para toda América Latina. 
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