Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2010/10/04 00:00

Brasil: Por qué Dilma no pudo evitar la segunda vuelta

Todo estaba dado para que los brasileños eligieran en primera vuelta a la candidata del popularísimo presidente Lula da Silva. ¿Qué falló? Por Santiago Torrado, enviado especial a São Paulo.

La presidencia de Brasil se definirá el próximo 31 de octubre entre los canditatos del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), José Serra y del Partido de los Trabajadores (PT), Dilma Rousseff. Foto: Fotos: EFE

Luiz Inácio Lula de Silva, el mandatario más popular de la historia de Brasil, con una aceptación que roza el 80 por ciento, ha hecho todo lo que está a su alcance para que su protegida, Dilma Roussef, se convierta en la primera mujer presidenta del gigante suramericano. Y dado el inmenso prestigio de Lula, sumado al buen momento del país, todo apuntaba a que la candidata del oficialista Partido de los Trabajadores (PT) se dirigía a una victoria contundente en primera vuelta, un logro que ni siquiera el carismático ex sindicalista había conseguido (Lula perdió las elecciones en 1989, 1994 y 1998, y ganó en segunda vuelta en el 2002 y el 2006). No fue así. Sorpresivamente, Dilma se quedó con casi el 47 por ciento de los votos y todavía debe disputar la segunda vuelta con José Serra, del Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB), quien sacó cerca del 33 por ciento.
 
La campaña comenzó con un candidato fogueado como Serra, perdedor frente a Lula en el 2002 pero después elegido alcalde y gobernador de São Paulo, frente a una candidata inexperta como Dilma, quien fue ministra de energía y de la Casa Civil (algo así como jefe de gabinete), pero nunca había disputado una elección.
 
Serra, también ex ministro de salud de Fernando Henrique Cardoso, fue durante un buen tiempo el favorito, pero en los últimos tiempos su naufragio parecía inevitable. En julio todavía superaba a Dilma, pero tan pronto Lula se metió de lleno en la campaña, Serra se despeñó mientras Dilma se disparó. La tendencia era tan abrumadora, que el candidato opositor llegó a exhibir a Lula en sus comerciales de televisión para intentar frenar la caída, un evidente gesto de debilidad. La sucesora del Presidente llegó a marcar el 57 por ciento de las preferencias a mediados de septiembre. El desenlace parecía humillantemente previsible. Pero en los sondeos de la última semana Dilma mostró un ligero descenso, con lo que la posibilidad de una segunda vuelta se volvió a barajar. Las mediciones de la víspera de la elección le daban el 50 por ciento, y tan pronto se cerraron las mesas, los sondeos a boca de urna arrojaban el 51 por ciento, con un margen de error de 2 puntos, por lo que no resolvían la incertidumbre. Al final, se equivocaban por lo alto. ¿Qué explica su leve caída de último minuto?
 
Un primer factor fueron los escándalos que enturbiaron la recta final de la campaña. Dilma empezó a perder votos después de que se revelaron detalles sobre el entramado de tráfico de influencias, cabildeo y contactos turbios por parte de los hijos de la ministra de la Casa Civil, Erenice Guerra. La revista Veja, siempre crítica con el gobierno Lula, se encargó de recordar que el despacho de la ministra en el Palacio de Planalto, donde ocurrieron algunos de los eventos, está a pocos metros del Presidente. Las denuncias terminaron en la fulminante salida de Guerra, quien no sólo fue el relevo de Dilma en ese ministerio, sino que había sido su mano derecha cuando ella era la ministra de la Casa Civil.
 
A eso se sumó el ascenso de la ecologista Marina Silva, del Partido Verde (PV), la tercera en la disputa presidencial. Cuando Dilma comenzó a perder algunos puntos porcentuales, curiosamente el principal beneficiario no fue Serra, sino la ex ministra de medio ambiente. Durante casi toda la campaña, Marina tuvo alrededor del 10 por ciento de las preferencias, pero al final comenzó a crecer, y nunca dejó de vender la idea de una ola verde que la iba a llevar a disputar la segunda vuelta. SEMANA la acompañó bajo la lluvia durante un caminata el viernes en el centro de São Paulo. En muchos sentidos, la imagen recordaba la campaña de Antanas Mockus en Colombia, con muchos jóvenes entusiastas, mucho movimiento por medio de Internet y un aire creativo en las camisetas y los mensajes. No le alcanzó, pero llegó prácticamente al 20 por ciento: ahora es una protagonista innegable y sus votos serán el botín más anhelado.
 
La gran paradoja es que Marina fue una de las fundadoras del PT, amiga de Lula y su gran compañera de luchas por más de 20 años. Si Lula, el tornero iletrado que se convirtió en estadista, representa una historia inspiradora para los trabajadores del Brasil industrializado, Marina es su versión amazónica. Fue analfabeta hasta los 16 años, pero después estudió en la universidad y se convirtió en ministra. Sin embargo, los roces entre su carácter ambientalista, con algo de idealismo, y el modelo más desarrollista que representa Dilma, mucho más pragmática, la llevaron a renunciar al ministerio, al partido, y a lanzar una candidatura disidente. El viejo pulso entre las dos mujeres de Lula todavía no termina, pues, a pesar de sus orígenes, Marina todavía no da su respaldo a ninguno de los dos candidatos en carrera (y su nuevo partido es cercano al de Serra).
 
Un tercer factor para explicar el descenso de Dilma en la recta final es la pelea de Lula con la prensa. Los medios internacionales, como el 80 por ciento de los brasileños, han caído seducidos por los logros de Lula. Pero no ocurre lo mismo con la prensa local. Por cuenta de las revelaciones sobre los escándalos en la Casa Civil, el Presidente salió a fustigar a los grandes medios brasileños y los acusó de portarse como un “partido de oposición”. En los últimos mítines del PT, se veían pancartas que decían “Folha miente”, en referencia a las denuncias que recogió la Folha de São Paulo, el diario más vendido de Brasil. “El país le da lecciones al mundo de democracia y libertad de prensa, pero es una pena que hay gente que confunde libertad con autoritarismo”, dijo Lula el sábado a un grupo de medios, entre ellos SEMANA, en un acto de cierre de campaña junto a Dilma en São Bernardo, el fortín del PT donde dirigió el sindicato metalúrgico. El domingo, la gran prensa recogía las nuevas declaraciones de Lula contra sus detractores.
 
Esos roces generaron muchas críticas al Presidente y despertaron el cuarto y último factor. En los últimos días, se comenzó a discutir que la segunda vuelta es buena para la democracia brasileña. En su editorial del domingo de eleciones, la Folha la calificaba como “uno de los mayores aciertos de la constitución de 1988” que permite a los ganadores tener “un respaldo amplio e indiscutible legitimidad para gobernar” y el “motivo por el cual las urnas vienen produciendo gobiernos responsables y moderados en Brasil”. Su principal competencia, O Estado de São Paulo, que había declarado su apoyo a Serra, abrió con una columna del ex presidente Fernando Henrique Cardoso en la que también exaltaba la posibilidad de una segunda vuelta que permitiera a los electores ver las diferencias entre los caminos propuestos. Y Serra, por supuesto, dijo delante de SEMANA, después de depositar su voto en Alto de Pinheiros, una zona de clase alta en el este de São Paulo, "la segunda vuelta es necesaria para el bien de Brasil".
 
El propio Cardoso, con un sarcasmo profético, dijo después de votar, ante una pregunta sobre la transferencia masiva de votos del presidente Lula a su candidata, que Brasil necesita “políticos reales y no títeres” y que si existiera la transferencia, “ella tendría el 80 por ciento”.
 
Lula se porto como si fuera el candidato y, sin duda, pudo transmitir algo de su inmensa popularidad a su protegida, desconocida para muchos brasileños hasta hace pocos meses. Pero no lo suficiente para que ganara en primera vuelta. Eso, por supuesto, no quiere decir que no triunfe en el balotaje. El propio Lula tuvo que ganar sus elecciones en segundas vueltas.
 
Serra, de quien se dice que siempre ha querido ser presidente, estaba en una situación de “ahora o nunca”, y una derrota en primera vuelta lo convertía en un cadáver político. El resultado salva de alguna manera su carrera y en el peor de los casos se dirige a una derrota más digna. Desde hace días se especula que prepara un giro para el definitivo último mes, y algunos observadores apuntan a que es posible que recupere la figura de Cardoso, a quien prácticamente había escondido en campaña por temor a la aplastante popularidad de Lula.
 
Marina, aunque derrotada, valorizó su aspiración. Ahora tendrá que definir su apoyo (o su neutralidad) y, probablemente, comience a articular una nueva candidatura para el 2014.
 
Y Dilma, a pesar del relativo tropiezo, sigue siendo la gran favorita para convertirse en la primera mujer presidenta de Brasil. Pero la campaña apenas comienza.

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