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| 12/3/2016 12:00:00 AM

Brexit: idea de referendo no parece posible

Las razones son la incertidumbre política, la desaceleración económica y los pronósticos sombríos sobre las negociaciones del ‘brexit’.

Tony Blair alborotó el avispero británico con una propuesta polémica. En una entrevista con el semanario New Statemen, el exmandatario lanzó el domingo la primera piedra al afirmar que “el ‘brexit’ puede pararse si el pueblo británico así lo decide”. A su vez, evocó la posibilidad de realizar un nuevo plebiscito sobre la salida del país de la Unión Europea (UE). Un día después, el también ex primer ministro John Major respaldó la iniciativa diciendo que era “perfectamente creíble”, y advirtió sobre la “tiranía de la mayoría” al señalar que el gobierno no estaba teniendo en cuenta que el 48 por ciento de los británicos votó contra el brexit.

La coincidencia de ambos líderes (uno laborista y otro conservador) se explica por varias razones, comenzando por las tensiones que crecen entre la UE y el gobierno de la primera ministra, Theresa May. Pues aunque ella misma fijó para finales de marzo del año próximo el inicio de las conversaciones para salir de la Unión, los primeros acercamientos no solo indican que el proceso será largo y tortuoso, sino muy contraproducente para los intereses británicos.

Por un lado, pese a las demostraciones de fuerza y a las declaraciones optimistas de Londres, la incertidumbre es la norma del gobierno de May. Como dijo a SEMANA David Phinnemore, profesor de Política Europea de la Universidad Queen’s de Belfast, “nadie sabe qué tipo de separación tiene May en mente, ni qué tipo de relación quiere entre Reino Unido y la UE tras el ‘brexit’. Por el contrario, el resto de los 27 países de la Unión han sido muy consistentes y han dejado claro que Londres no puede escoger cuáles ventajas quiere conservar y cuáles no”.

Por el otro, cada vez es más claro que las negociaciones no van a ser entre iguales, como lo demuestra el que los 27 países restantes están actuando como un bloque poco dispuesto a hacer concesiones a Londres. En la práctica, esa actitud se ha reflejado en el curso que han seguido las negociaciones preliminares que el gobierno de May ha querido realizar sobre dos iniciativas clave para la opinión pública y los empresarios de su país.

La primera consistía en un “pacto transicional” que regulara la actividad comercial entre Londres y el continente cuando expire el plazo de dos años que tienen los británicos para ejecutar el brexit. Pues de lo contrario, el país podría encontrarse de la noche a la mañana al “borde de un acantilado” (según la expresión usada por la propia May) debido a la incertidumbre que plantearía esa situación inédita. Y con la segunda buscaba firmar un “acuerdo rápido” para regular el estatus de los inmigrantes comunitarios en Reino Unido y de los británicos que viven en la Europa continental. Es decir, de casi 5 millones de personas que no saben qué va a pasar con sus permisos de residencia, ni tampoco con su acceso a la salud o sus autorizaciones de trabajo cuando comience la separación.

Aunque la propia May se implicó personalmente en ambas iniciativas, los líderes europeos le respondieron con un no sin fisuras. Comenzando por la canciller alemana, Angela Merkel, que repitió su mantra según el cual “no hay negociaciones hasta que haya una notificación formal” del propósito de separarse de la Unión. Otros respondieron con un lenguaje menos diplomático. “No hay un estado intermedio. O eres miembro de la UE, o no lo eres”, dijo el primer ministro de Luxemburgo, Xavier Battel, a la AFP. Esa idea es “imposible intelectual y políticamente”, afirmó en una entrevista con la BBC el ministro holandés de Economía, Jeroen Dijsselbloem. “La Unión Europea no está ‘cañando’ (bluffing) con este tema”, dijo el primer ministro de Malta, Joseph Muscat, que a partir de enero ocupará la presidencia rotativa de la UE.

Su molestia se debía a que si se resolviera el problema de los expatriados y del acceso al libre mercado, el gobierno británico tendría un margen mayor y pocos incentivos para avanzar en las negociaciones. Pues en plata blanca, eso significaría que Londres seguiría contando con la libre circulación de mercancías, de servicios y de capitales, pero sin tener que cumplir con la libre circulación de personas, la base de la ciudadanía de la Unión y uno de los principios europeos que rechazan los británicos. “Tengo la sensación de que algunas personas en Reino Unido querrían prolongar eternamente el periodo de transición”, dijo Sylvie Goulard, una parlamentaria francesa que resumió con esas palabras lo que muchos están pensando en el lado continental del canal de la Mancha.

Mientras tanto, en el frente interno la cosa tampoco pinta bien, pues dos encuestas publicadas a finales de noviembre muestran que la confianza de los consumidores y de los empresarios está por el piso. A su vez, el precio de las viviendas se encuentra casi estancado, las compras a largo plazo han sufrido una fuerte contracción, y la industria automotriz (considerada la joya de la industria británica) ya está sufriendo el coletazo del brexit, con una baja del 10 por ciento en las ventas.

Sin olvidar el fallo de la Corte Superior británica, que determinó a principios de noviembre que el gobierno no puede activar el brexit sin que el Parlamento lo apruebe, ni los riesgos que este implica para la integridad nacional. “La independencia de Escocia, los acuerdos de paz en Irlanda del Norte o el estatus de Gibraltar parecían resueltos, y hoy vuelven a estar sobre la mesa”, dijo a SEMANA Florence Faucher, profesora del Centro de Estudios Europeos de la Universidad Sciences Po de París.

A futuro, las perspectivas tampoco son mejores pues según reveló el miércoles el ministro de Hacienda británico, Philip Hammond, el brexit le puede costar al país unos 72.000 millones de dólares. Por su parte, el director del prestigioso Instituto de Estudios Fiscales, Paul Johnson, habló de una “situación espantosa” y calculó que en 2017 los salarios del Reino Unido sufrirán la mayor contracción de los últimos 70 años.

Al mismo tiempo, una encuesta realizada por la Fundación Bertelsmann reveló que la imagen de la Unión Europea ha mejorado entre los británicos, pues en menos de un mes subió 7 puntos, por lo que hoy el 56 por ciento de ellos desearía permanecer en la UE.

¿Quiere decir lo anterior que la marea ha cambiado y que los británicos están dispuestos a organizar un referendo similar al del 23 de junio? Según los especialistas consultados por esta revista, la respuesta es no. Por un lado, porque como dijo en diálogo con esta publicación Martin O’Neill, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de York, “los medios de comunicación populares como ‘The Sun’, ‘The Daily Mail’ o ‘The Daily Mirror’ siguen estando furiosamente a favor del ‘brexit’, independientemente de sus consecuencias negativas”.

Por el otro, porque no hay ningún político que pueda adelantar una campaña seria y potencialmente exitosa contra el brexit, comenzando por el propio Blair, que hoy es muy impopular por el papel que jugó en la invasión de Irak de 2003. Como dijo Faucher, “la triste realidad es que no hay nadie que pueda salvar al Reino Unido de sí mismo”. 

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