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| 8/21/2016 12:00:00 AM

Burkini: una prenda conflictiva

Por un incidente en Córcega, las autoridades de varias ciudades francesas prohibieron usar el traje de baño musulmán. La decisión mostró las contradicciones de la política francesa y complicó las relaciones con la comunidad islámica del país.

Las playas del sur de Francia, que popularizaron el atrevido bikini en los años cincuenta, son demasiado progresistas para una prenda tan recatada como el burkini. Este traje de baño que cubre el cuerpo entero —hecho para adecuarse a los estrictos códigos de vestir de las mujeres musulmanas— ya ha sido prohibida en Cannes, Villeneuve-Loubet y Sisco en Córcega, y varias ciudades más se plantean hacer lo mismo. La prenda “no es compatible con los valores de Francia”, dijo el primer ministro, Manuel Valls. El problema radica en que en el país de la liberté, la egalité y la fraternité, no siempre el laicismo concuerda con las libertades individuales.

La controversia estalló el lunes 15 de agosto, después de que la recatada prenda motivó revueltas en Córcega. Un grupo de personas quiso fotografiar a unas bañistas que vestían el famoso traje de baño en la población de Sisco, lo que molestó a los familiares de las fotografiadas. La situación, que debió haberse quedado en lo anecdótico, desembocó en un enfrentamiento entre las familias musulmanas, molestas por las fotos, y unos jóvenes de la isla. La respuesta del alcalde local, Ange-Pierre Vivoni, fue prohibir el burkini para “proteger a la población”, según dijo a la cadena radial France-Info. En general, las comunas francesas han esbozado diversos motivos para vetar el burkini, desde evitar disturbios hasta “causas higiénicas”, como las llamó el alcalde de Cannes, David Lisnard. Pero la razón de fondo es la misma: el trasfondo islámico de la prenda.

En Francia la relación con el islam es cada vez más tensa, pues ese país ha sufrido como ninguno el terrorismo de los radicales musulmanes. Después del ataque contra una iglesia católica en Rouen y los atentados masivos en Niza y París, se respira miedo en Francia. Tanto así que el 14 de agosto la falsa alarma de un ataque terrorista en la localidad de Juan-Les-Pines, también en la Costa Azul francesa, provocó una estampida que dejó 45 heridos. No en vano el fallo de la corte en Niza que validó la prohibición del burkini en Cannes aclaró que “en el contexto actual de estado de emergencia, ese tipo de vestidos de baño que indican creencias pueden exacerbar la tensión”.

Pero el rechazo francés a los burkinis va más allá de la sola coyuntura. La sociedad francesa rechaza las prendas que señalan una creencia religiosa. Desde 1989, cuando tres estudiantes del liceo Gabriel-Havez en Creil fueron suspendidas por negarse a quitarse el velo islámico en clase, el debate ha sido una cuestión nacional. En 2004 pasó la ley que prohíbe portar símbolos que denoten una afiliación religiosa en las escuelas públicas. Hace más de cinco años, el gobierno francés prohibió las burkas —una prenda tradicional musulmana que cubre todo el cuerpo femenino, incluido el rostro— con el fin de defender los valores seculares y los derechos de las mujeres, una medida que contó con la aprobación del 82 por ciento de la población, según una encuesta del Pew Research Center.

Para esos franceses, el burkini es un elemento de opresión. Como lo expresó este miércoles 18 de agosto el primer ministro Valls en entrevista con el diario La Provence: la burka “es la traducción de un proyecto político, de contrasociedad, fundado principalmente sobre la esclavitud de la mujer”.

Efectivamente, la burka y el burkini provienen de una cultura patriarcal donde se considera impúdico que una mujer muestre su cuerpo en público. En muchos países árabes cubrirse el pelo sigue siendo obligatorio. Y en Occidente es innegable que muchas musulmanas lo hacen de buen grado. De hecho, muchas se han pronunciado a favor de usar el burkini. Para ellas este tipo de prendas es la única manera de ir a disfrutar de la playa.

El espíritu de Francia

“Las playas francesas son las de Bardot”, dijo Marie Le Pen, la presidenta del partido conservador FN, refiriéndose a la actriz que en 1953 popularizó el bikini al usarlo justamente en el Festival de Cannes. Para la dirigente, con la polémica sobre el burkini “lo que está en cuestión, es el espíritu de Francia”.

Desde la Revolución francesa, cuando la Convención Nacional eliminó el calendario gregoriano por su origen clerical, el rechazo a que la religión participe en la vida pública es el fundamento de la república. Como dijo a SEMANA Sara Silvestri, experta en religión y política del City University de Londres, “Francia ve los símbolos religiosos como una afrenta directa al principio clave del ‘laicité’ (es decir, el secularismo entendido como la estricta separación entre la esfera privada religiosa y la esfera pública secular). Este es comprendido como la única condición con la cual un Estado puede garantizar las libertades (incluyendo las religiosas) y la equidad”.

En ese sentido, explica Silvestri, prohibir expresiones personales como la del burkini no es una contradicción desde la perspectiva francesa. Por el contrario, la igualdad en lo público es lo que permite la libertad en lo privado. Sin embargo, agrega Silvestri, “en la práctica no funciona así y usualmente la manera en la que el secularismo francés es llevado a la legislación actual va en contra de libertades individuales”.

En Francia, la solución es que los extranjeros acepten sus costumbres. “Si queremos construir un islam compatible con nuestros valores y nuestras libertades, este debe aceptar ser discreto en la manifestación de sus convicciones, como otras religiones han hecho”, anunció Valls. Pero el problema con la religión musulmana es que rige todos los aspectos de la vida privada y pública y, como lo define el sociólogo estadounidense Richard Alba en su libro Strangers no more, “la naturaleza pública del islam y las exigencias de cómo deben vivir sus seguidores hace que parezca en directa contradicción con las normas modernas europeas”.

Alimento para el odio

Todo ello se traduce en el clima de tensión que vive el país. De un lado está la islamofobia que no deja de crecer en Europa y se puede alimentar de medidas prohibitivas como la del burkini. A Michiel Leezenberg, profesor de filosofía de la Universidad de Ámsterdam, le preocupa que “los racistas y xenófobos locales se sienten apoyados con estas medidas, que sugieren que sus preocupaciones tienen legitimidad; el próximo paso es que la gente empiece a tomarse la ley por su propias manos, algo que ya está pasando en muchos lugares de Europa”, según le contó a SEMANA.

Y, además, existe la posibilidad de que las juventudes musulmanas se sientan aún más excluidas y ello conduzca a su radicalización. Ya de por sí el nivel de integración de los inmigrantes en Francia es muy pobre. En 2015, uno de cada cuatro inmigrantes no europeos en el país galo estaban desempleados, una elevada cifra en comparación con el 9 por ciento de desocupados nativos. Si a eso se le suma el número de musulmanes, que se calcula en el 7,5 por ciento (el más alto del oeste europeo), y unas políticas que segregan, la tierra de Rousseau se vuelve la receta perfecta para el conflicto.

Con el veto al burkini, el alcalde de Sisco, Ange-Pierre Vivoni, quería acabar la tensión religiosa y deshacerse del fundamentalismo. Pero bien podría terminar por hacer lo contrario. Difícilmente forzar la igualdad en un un país tan multicultural sería la solución más conciliadora. “Esto es Francia”, dijo el alcalde de Villenueve-Loubet, Lionnel Luca, “es la república francesa, todo el mundo es igual sin distinción de raza ni religión”. Ese es el espíritu francés: todos son iguales. Así sea a la fuerza.

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