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| 1/9/1989 12:00:00 AM

BUSCANDO AMERICA

Los anuncios espectaculares y el mensaje de paz, primaron sobre la fanfarria en la visita de Gorbachov a Nueva York.

¿Qué vino a hacer Gorbachov a los Estados Unidos, si Reagan deja su cargo en seis semanas y Bush aún no comienza su gobierno? Esto se preguntan todavía algunos observadores políticos en Nueva York, luego de la corta visita del líder soviético la semana anterior. Según ellos, la presencia del Secretario General de la Unión Soviética no logró sino crear una situación incomoda entre los dos mandatarios norteamericanos, que se vieron en calzas prietas para manejar públicamente una situación que resultaba fuera de lo normal, aun para los expertos en la más sofisticada diplomacia. No era el momento, y punto.
Pero apenas punto aparte, porque para los demás observadores, Gorbachov movió simplemente con maestría una de las piezas más importantes de su ajedrez político profesional. Como un maestro.
En otro contexto, más irónico por cierto, alguien le preguntó a Georgy Arbatov, uno de los oficiales soviéticos que acompañaron al Presidente del Presidium en su viaje a Nueva York, por qué un comunista como Gorbachov visitaba el imperio capitalista. El comunista, con rapidez, le respondió: "Entre otras razones porque, a pesar de su condición capitalista, nosotros queremos tener relaciones con ustedes" mantener intercambios comerciales con ustedes. Cuando usted va a Macy's o a Bloomingdale no le preguntan a qué partido pertenece. Les basta con su tarjeta de crédito".
Pero dejando a un lado las anécdotas, Gorbachov viajó porque la Unión Soviética quiere tener acceso a los mercados financieros norteamericanos y ansía que el gobierno estadounidense afloje sus restricciones comerciales. Los soviéticos, a cambio, están a punto de aprobar una legislación que hará más fácil a los Estados Unidos establecer sociedades en la URSS y obtener ¡oh! plusvalía, algunas ganancias. Pero a juicio de los que saben, por ahora no hay posibilidades de ganar nada en el mercado soviético. Aparte de las materias primas, hay muy poca producción made in URSS, que alcanza los niveles cualitativos industriales que exige el consumo mundial. Porque allá, como aquí, casi todo es coreano o japonés.
Sin agenda formal, los Gorbachov viajaron diez horas desde Moscú en un jet de Aeroflot y fueron recibidos en el aeropuerto Kennedy de Nueva York, pasadas las tres de la tarde, por una delegación soviética, en medio de una fanfarria mesurada, sin globos ni banda, ni alfombra roja, apenas por un letrero enorme de bienvenida yuna muchedumbre expectante que agitaba banderitas de la URSS, prestadas a sus empleados por la misma embajada. Para los 6.600 policías neoyorquinos que tenían la misión de mantener el orden durante la visita de los Gorbachov, comenzaba allí la llamada "Operación Manzana", que también debería enfrentar los problemas de tráfico. Limosinas, carros de la KGB, del servicio secreto norteamericano, comitiva, policías, reservas y ambulancias sumaban 62 vehículos en una larga cola de cuatrocientos metros que durante dos días anduvo como un ciempiés mecánico por todas las calles de Manhattan.
Los peatones de Nueva York, que son los amos de la ciudad, aclamaron a los Gorbachov como a dos estrellas del cine. Gritaban "Corby, Gorby" al paso de la caravana, sonreían con el rostro iluminado por el sol rutilante del invierno o, en el desahogo feliz del estrés ejecutivo, lloraban.
La Perestroika trajo sus propios periodistas. El programa de televisión " Vremya", estuvo entrevistando neoyorquinos sobre la visita. Y Pravda también pagó su enviado especial.
En las Naciones Unidas, para cubrir el discurso del ilustre visitante, se acreditaron 1.500 periodistas de todo el mundo. Afuera, bien lejos, detrás de una de las barreras policiales, un millar de manifestantes gritaban con signas anticomunistas. Hubo 56 detenidos. En el interior de la ONU, a otro lado de las vitrinas superiores de la Asamblea General, una docena de traductores simultáneos le interpretaron al mundo, durante cuarenta y dos minutos, las palabras de Mijail Gorbachov. Entonces el número uno soviético, carismático y seguro, le dijo al mundo a qué había ido a los Estados Unidos.
Si se intentara resumir su intervención de 26 cuartillas se debería decir que Gorbachov no sólo prometió cortar en 500 mil efectivos militares su Ejército Rojo en Europa, incluyendo seis divisiones de infantería, que le sirven al Pacto de Varsovia. También anunció que su país sacará fuerzas armadas de Mongolia y que habría cese al fuego el primero de enero en Afganistán, si Estados Unidos suspende su ayuda a los rebeldes. Expresó su disposición de reducir en un 50 por ciento el armamento de bombarderos nucleares, submarinos y misiles en el mundo, además de la eliminación total de las armas químicas, una decisión que deberá llevar también, claro, la firma de los poderosos en los Estados Unidos y en Europa. Y no sólo dijo eso. A sus camaradas de la política antropológica les indico que preservar hoy una sociedad cerrada, lejos de los demás, es muy difícil. Que ningún Estado, cualquiera que sea su sistema social o su status económico, puede desarrollarse normalmente por fuera de la economía mundial. Entonces pidió mano blanda para los deudores del Tercer Mundo, que habían sustentado a los imperios de la colonia, y anunció que su país declarará una moratoria de hasta cien años en el recibo de los intereses de la deuda y que en los casos más criticos hasta se olvidará por completo de esos intereses. Todo lo anterior lo sustentó el jefe del mayor exportador de armas en el mundo, diciendo que el futuro de la humanidad habrá de ser el diálogo sin armamentismo, y que la política mundial debera ser guiada por las prioridades de los valores universales humanos.
Gorbachov explicó que la decisión de recortar sus efectivos era unilateral pero que esperaba de los Estados Unidos y Europa algunos pasos en ese mismo sentido. Después, en la isla de los gobernadores, que es más bien de los guardacostas de Nueva York, el Secretario General de la URSS almorzó con los presidentes Reagan y Bush, quienes no dijeron esta boca es mia sobre el tema. Bush, porque quiso guardar el respeto por su jefe y se comportó como un vicepresidente. Reagan, porque ya adquirió la suficiente sabiduría para pensar antes que hablar. Así que todo se quedó para las cámaras en un ballet de protocolo y de lenguaje corporal, mientras reían a tres voces y daban buena cuenta del ravioli con champiñones, los tournedos de ternera y la codorniz ahumada, que entre otros platos les preparó de manera especial el chef del Waldorf Astoria. Al cabo de la reunión, cuando ya Gorbachov andaba con su mujer visitando las torres gemelas del World Trade Center y repartía nuevos abrazos de político sabio frente a Bloomingdale's, el presidente Reagan expresó que si el retiro de esos soldados se hacía en corto tiempo y a gran escala, la decisión tendría una importancia histórica. Añadió que "la OTAN consideraría un recorte de tropas si suma y encuentra que ahora tiene fuerzas superiores". Sobre su quinto encuentro con Gorbachov manifestó: "Léanlo en nuestras sonrisas. Fue positivo y alentador". El electo Bush comentaría a su turno, ya lejos del protocolo, que el señor Gorbachov era una persona muy distinta a sus antecesores. "Es un ser humano muy cálido y la gente lo nota".
Vale decir que mientras los señores almorzaban en la isla, sus señoras, Raisa, Nancy y Bárbara, hacían lo propio en el comedor con chimenea de mármol de Marcela de Pérez de Cuéllar, la esposa del Secretario General de la ONU, en su casa de Sutton Place,al nordeste de Manhattan. Después se reuniría con su marido y pasearía con él por el mercado del puerto que es una construcción de fábula moderna. Visitarían juntos el edificio de la Bolsa en Wall Street y se detendrían un instante frente a Times Square. Allí, en su famoso aviso electrónico, vieron que la plaza exhibía el símbolo de la hoz y el martillo y un letrero que decia: "Bienvenido Secretario General Gorbachov". Esa noche, después de la elegante recepción en las Naciones Unidas, el terrible terremoto en la Armenia soviética (6.9 en la escala de Richter) hizo que Mijail Gorbachov suspendiera una gira que incluía a su regreso escalas en La Habana y en Londres. El jueves por la mañana, encabezando la misma caravana de 62 automóviles que enloqueció de nuevo el tráfico de Nueva York, los Gorbachov se despidieron sin fanfarria de los Estados Unidos. Su misión, apurada al final por aquel cataclismo imponderable estaba cumplida. Los neoyorquinos habían subido al máximo la temperatura de su popularidad. Y sobre la mesa de todos los poderosos del mundo había ahora un documento que tendrían que comenzar a contestar. Los periodistas de la prensa liberal norteamericana se preguntaban anoche: ¿cuántas guerras y conflictos tuvo la Union Soviética que enfrentar y alimentar cuántos cohetes y cuántas ojivas nucleares tuvo que producir para que Gorbachov recordara ante todos los países de la Tierra, que la felicidad del mundo estaba en el desarme y que la verdadera guerra del comunismo internacional era la de las ideas? Aventuran que el mensaje era para el Soviet Supremo. Dicen que a eso vino Gorbachov.
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