Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1998/06/22 00:00

CAE UN GENOCIDA

Suharto, el expulsado dictador de Indonesia,tiene un pasado que pocos quieren recordar.

CAE UN GENOCIDA

La historia de los últimos días en el poder del gobernante indonesio Suharto demuestra que ni el régimen más represivo del mundo es capaz de resistir la presión popular. Las imágenes de los estudiantes que quemaban en efigie al dictador sólo adquieren su verdadera dimensión cuando se tiene en cuenta que, hasta el comienzo de los disturbios en febrero pasado, cualquiera que ofendiera públicamente a Suharto podía terminar muerto o confinado en un sistema penitenciario inhumano. Pero las 500 víctimas de los disturbios y los saqueos en Yakarta ya habían marcado para los indonesios que la era Suharto estaba llegando a su final.
Suharto gobernó durante 34 años al cuarto país más populoso del planeta y lo condujo a una prosperidad inusitada entre los años 80 y los primeros 90, cuando Indonesia se convirtió en uno de los famosos tigres asiáticos. Pero al mismo tiempo hizo multimillonarios a sus seis hijos y a una pequeña élite de amigos íntimos, mientras acumulaba una historia inigualable de supresión de la disidencia y de violación de los derechos humanos. Por eso, desde el momento en que la economía del país se vino abajo, a partir de julio del año pasado, quedó en claro que el taciturno dirigente carecía de un verdadero apoyo popular y que las sucesivas 'reelecciones' parlamentarias de Suharto, siempre aceptadas sin reparos por sus aliados occidentales, no eran más que un remedo de democracia.
Pero ni la magnitud de las protestas contra Suharto lograron que sus aliados occidentales cambiaran su actitud contemporizadora con el tirano. La mayor demostración es la forma oblicua con que Madeleine Albright le notificó que había perdido el favor de Estados Unidos. La secretaria de Estado le pidió "preservar el legado de lo mucho que ha hecho por su país en los últimos 30 años". La señora Albright, como pisando entre cristales, habló de que Suharto "tiene la oportunidad de realizar un acto histórico digno de un estadista". Las palabras surtieron efecto en un hombre que hasta 24 horas antes había jurado no ceder ante nada: Suharto anunció ante las cámaras su dimisión y se realizó inmediatamente el juramento de Bacharuddin Jusuf Habibie, su vicepresidente. Quedaba así conjurada por minutos la posibilidad de una masacre, pues los manifestantes, que habían tomado el Parlamento, enfrentaban a militares con órdenes de armar una nueva Tiananmen.
Que Suharto haya dejado en el poder a su lugarteniente Habibie no significa que la crisis haya terminado porque el nuevo presidente, como ministro de Tecnología, fue el responsable de proyectos de industrialización muy criticados por superfluos, como la producción del automóvil y el avión indonesios. Para muchos observadores esas aventuras, que reportaron por lo demás enormes sumas de dinero para Suharto y sus amigos, fueron otra de las causas para que el gobierno dejara de laDo la solución de los apremiantes problemas sociales.
Lo que pase de ahora en adelante depende de que Habibie y los militares, liderados por el general Wiranto, entiendan la urgencia de dejar atrás la era de Suharto con su nepotismo y su corrupción y apoyen verdaderas reformas democráticas. Así que aún está por verse el desenlace de la revolución de mayo en Indonesia.

Historia de sangre
La cuidadosa actitud de Madeleine Albright para referirse a un personaje tan dudoso hizo que muchos recordaran que desde un comienzo las fechorías de Suharto tuvieron el apoyo de Estados Unidos y Gran Bretaña. Suharto ascendió al poder en 1965 a costa de la caída de Sukarno, el fundador de Indonesia. Este había desempeñado un papel preponderante en la independencia de Holanda y fue el primer presidente del país, pero su fuerte nacionalismo antioccidental y sus crecientes vínculos con China se sumaron a la participación del Partido Comunista (PKI) en su gobierno para convertirlo en un objetivo de los servicios de inteligencia de Estados Unidos.
La historia oficial señala que en 1965 un golpe de estado dirigido por los comunistas había intentado derrocar a Sukarno para instaurar un régimen satélite de Beijing, pero que el entonces general Suharto se interpuso para evitarlo y de paso se quedó con el poder. Hoy, sobre todo después de que en 1995 perdieron su carácter secreto muchos documentos norteamericanos de la época, ha emergido una versión diferente: de los supuestos golpistas, militares de rango medio, ninguno militaba en el comunismo y su objetivo era evitar un golpe dirigido por la CIA contra Sukarno. Sea cual fuere la verdad, Suharto y su facción militar orquestaron, con la colaboración, según algunos, de la embajada norteamericana y la CIA, uno de los mayores baños de sangre del siglo XX.
En los meses siguientes más de un millón de personas fueron asesinadas, muchas de ellas relacionadas con los movimientos populares nacidos tras la independencia. La masacre no sólo fue perpetrada por militares sino por grupos civiles estimulados por una virulenta campaña de odio. Los asesinos rodeaban los pueblos y, lista en mano, iban asesinando a los 'sospechosos'. Con el paso de los días la matanza se dirigió contra la comunidad china, que entonces, como ahora, despertaba un profundo resentimiento entre los indonesios.
Lejos de producirse una reacción, los gobiernos y los medios occidentales aclamaban a Suharto como el "moderado que salvó a Indonesia". El secretario de Estado norteamericano Dean Rusk envió un telegrama en el que decía que "la campaña contra los comunistas debe seguir porque el ejército es la única fuerza capaz de crear el orden en Indonesia". Su colega de Gran Bretaña, Michael Stewart, llegó a Yakarta cuando aún estaban calientes los cadáveres para firmar un acuerdo de "cooperación y buena voluntad". Occidente había 'salvado' al país que Richard Nixon llamó alguna vez "la joya del sureste asiático". "Ninguna acción de Estados Unidos posterior a 1945 fue tan sedienta de sangre como la de Indonesia", escribieron los historiadores Audrey y John Kahin en su libro La subversión como política exterior: la debacle de Indonesia, publicado por New Press, de Nueva York.

Timor Oriental
Pero no sería la única vez que Suharto cometería sus crímenes con la complicidad explícita o tácita de las potencias occidentales. La segunda comenzó el 8 de diciembre de 1975 cuando las tropas indonesias invadieron Timor Oriental, en la isla del mismo nombre que durante siglos habían compartido Portugal y Holanda. Los timorenses, de mayoría católica, habían declarado su independencia sólo una semana antes.
Indonesia atacó sólo después de haber asegurado el apoyo de Australia, Gran Bretaña y, sobre todo, de Estados Unidos, de donde provenía la mayor parte de las armas. Resulta diciente que el propio secretario de Estado Henry Kissinger estaba en Yakarta el día anterior a la invasión, por lo que resulta poco creíble su negativa a haber dado personalmente la luz verde.
En los años que siguieron a la ocupación murieron en Timor Oriental 200.000 personas, muchas de ellas sujetas a crueles torturas. Esa cifra convierte a la tragedia de ese territorio en el mayor genocidio de la historia en relación con el total de la población, que no llegaba a los 600.000. De nuevo la complicidad tiene color político: el Frente de Liberación de Timor, responsable de la declaración de independencia, tenía tendencias izquierdistas. En 1996 el obispo timorense Carlos Belo y el líder exiliado José Ramos-Horta recibieron el premio Nobel de la Paz por sus esfuerzos por denunciar el genocidio. El último logró la condena a Indonesia de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU cuando presentó un video con escenas de torturas infligidas a combatientes timorenses.
Los crímenes de Suharto son comparables a los de Pol Pot en Camboya, pero nunca fueron denunciados. Hoy, cuando está en camino de rendirle cuentas a la historia, son varios los gobiernos occidentales que quisieran que el dictador indonesio nunca hubiera existido. Suharto tiene tantas cosas para contar que la prudencia de Madeleine Albright para referirse a él resulta explicable.

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