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| 3/4/2014 4:00:00 AM

Del zar y otros demonios

La caída del presidente Yanukovich evitó que continuara el baño de sangre en Kiev. Sin embargo, el fuego se reavivó en Crimea, donde quedó claro que Rusia definirá el futuro de Ucrania.

Las imágenes que transmitían las cadenas internacionales de la plaza Maidan eran de euforia. Tras casi tres meses de intensos enfrentamientos, el pasado 22 de febrero cayó el gobierno de Viktor Yanukovich. Entre las llantas quemadas y los restos de las barricadas, en el lugar ondeaban las banderas de Ucrania y de la Unión Europea (UE) –que comparten los mismos colores– así como las flores y las velas para despedir a los más de 80 compatriotas que perdieron la vida. Era el momento de rendir un homenaje a los mártires de la revolución, muertos por defender su deseo de acercar a su país a Europa y alejarlo de Rusia.

Sin embargo, lo que sería el final de un ciclo y el principio de una nueva era ha sido para Ucrania el comienzo de una etapa de profunda incertidumbre. Si en algunos medios de Occidente la caída de Yanukovich se vivió como una repetición de la caída de la cortina de hierro, lo cierto es que su salida de Kiev no ha abierto posibilidades ni despejado el horizonte del país centroeuropeo. En efecto, las puertas de la UE siguen tan cerradas como antes, el hueco fiscal aún es enorme y se ha acentuado la división entre el oeste, de tradición centroeuropea, y el este, de filiación rusa.

Como México,“tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”, Ucrania tiene en Rusia un gigantesco y poderoso vecino. En realidad, una nación-continente que ha marcado su historia y que hoy, a más de dos décadas del final de la Guerra Fría, no parece dispuesta a renunciar a su influencia. Entre otras razones, por su significación histórica, ya que se dice que la cultura rusa nació realmente en Ucrania; por su importancia estratégica, como amortiguador de la amenaza occidental y lugar de paso de los gasoductos con los que exporta su gas; y por último, por sus características demográficas.

¿Hacia la desintegración?

Pero no todos en Ucrania quieren alejarse de Rusia. Un quinto de la población es rusa étnica, habla la lengua de los zares y tiene sus ojos en Moscú. Sobre todo en el este del país, ese componente cultural es abrumadoramente mayoritario. Es el caso de Crimea. A esa península se trasladó a finales de la semana pasada el eje del conflicto, cuando luego de disturbios prorrusos en varias ciudades, grupos de hombres armados en traje de fatiga se tomaron el Parlamento local y los aeropuertos de la capital Simferópol y el puerto de Sebastopol.

Con 2 millones de habitantes –60 por ciento rusos, 25 por ciento ucranianos y 12 por ciento tártaros– Nikita Jrushov transfirió esta región del tamaño de Bélgica a Ucrania en 1954. Quería celebrar con ello el 300 aniversario de la decisión de la Rada de Pereyaslav (la precursora del Parlamento ucraniano) de unirse a Rusia. Hoy Crimea es una república autónoma dentro de Ucrania y elige su Parlamento, aunque el cargo de presidente fue eliminado en 1995 cuando el ruso separatista Yuri Meshkov ganó las elecciones. En la actualidad la gobierna un representante nombrado por Kiev.

En Crimea se encuentra también la base de la Flota Rusa del Mar Negro, cuya presencia ha sido una fuente de roces entre los dos países desde la desintegración de la URSS. Eso explica que el miércoles 26 de febrero el presidente ruso Vladimir Putin haya puesto en alerta a las tropas de la circunscripción militar Occidental para “garantizar la seguridad de sus instalaciones y arsenales”, una operación que podría implicar a 150.000 soldados.

Aunque en Rusia la opinión pública se encuentra dividida respecto a si lo que hubo en Kiev fue un golpe de Estado, una guerra civil o una revolución, más del 80 por ciento de los rusos está en contra de que su país se entrometa en los asuntos de Ucrania. “La mayoría considera que la perspectiva de división de Ucrania no es muy probable. Nadie quiere la división porque teme que esto lleve a una guerra civil o a una guerra con un país hermano”, dijo a SEMANA desde Moscú Lev Gudkov, director del Centro Levada.

En Ucrania, incluso en las regiones de filiación rusa, dicha idea tiene poca acogida. Los gobernadores de los estados orientales Donetsk y de Jarkov –donde gobierna el partido de Yanukovich– se pronunciaron por la integridad de su país. En Lviv, el centro de las aspiraciones proeuropeas, destacados intelectuales declararon el 25 de febrero el Día del Idioma Ruso, en contra de la decisión de la Rada de prohibir usar esa lengua. El pasado viernes 28, el mismo Yanukovich dijo en ruso, tras reaparecer en la ciudad rusa de Rostov del Don –situada a menos de 100 kilómetros de la frontera con Ucrania–, que seguía siendo presidente y que su país debía continuar siendo “uno e indivisible”.

Además del rechazo que produce esa alternativa, su aplicación sería particularmente compleja. Ni en Crimea ni en Ucrania existe una división lingüístico-cultural neta, (ver mapa) como la que presentaba la ex Checoslovaquia, que en 1993 se escindió –sin que se derramara una sola gota de sangre– en las actuales Chequia y Eslovaquia. La distribución étnica del país recuerda más bien la de algunas regiones de la ex Yugoslavia, como Bosnia-Herzegovina o Croacia.

David C. Speedie, director del Programa de Compromiso Global Estadounidense en el Consejo de Carnegie de Ética y Asuntos Internacionales, cree que la situación en Ucrania requiere un análisis mucho más matizado y profundo. “Ucrania es un país muy dividido y en su interior hay muchos otros lugares con fuertes tradiciones rusas. Pensar que está compuesta por una mitad europea y otra rusa no basta, pues en realidad hay cuatro Ucranias: la del oriente, la del occidente, la del sur y Kiev”, le dijo a esta revista. De hecho, en la raíz de la cuestión ucraniana está que su identidad nacional contiene dos culturas que no se encuentran en pie de igualdad.

Según explica Nicolai Petro, profesor de la Universidad de Rhode Island, para Occidente la revolución ucraniana tuvo sobre todo un componente civil de hastío ante una administración que se mereció su suerte. Pero para los ucranianos rusos, el elemento predominante fue la presencia de ultras como Sector de Derecha e incluso abiertamente neofascistas como el Svoboda (Libertad), que controlaron el Parlamento de Kiev tras la salida de Yanukovich.

“Sin embargo, es importante entender que no se está buscando una separación. Si los dos componentes de la cultura ucraniana tuviesen el mismo estatus, eso solo podría redundar en beneficio de Ucrania, gracias a una visión común de futuro que se comparte en todo el país”, le dijo Petro a SEMANA.

Por otra parte, ¿la eventual separación de Crimea en particular aliviaría las tensiones entre Ucrania y Rusia? Para John Quigley, profesor de Derecho Internacional de la Universidad Estatal de Ohio, esa podría ser una solución. “Si eso sucediera, para la población ucraniana restante sería más fácil agruparse, y para Rusia sería más fácil aceptar una adhesión de ese país a la Unión Europea”, le dijo a SEMANA.

Sin embargo, existen indicios de que un cambio de esas características solo solucionaría una parte del problema. Un cuarto de la población de Crimea es ucraniana y no se concentra en un solo lugar, desde donde se podría ‘desplazar’ a algún lugar de Ucrania continental.

Y Europa ahí

Para los occidentales, el ámbito idóneo para mitigar el grave disenso que hay entre las diferentes Ucranias sería la Unión Europea, que tiene entre sus objetivos específicos “crear sociedades más amigables, en las que comunidades e individuos dialoguen entre sí” y cuyo diciente eslogan es “Unida en la diversidad”. La visita el pasado 20 de febrero de Laurent Fabius, Frank-Walter Steinmeier y Radoslaw Sikorski –los ministros de Relaciones exteriores de Francia, Alemania y Polonia– podría interpretarse como el reconocimiento de la importancia de Ucrania en el concierto europeo.

Sin embargo, el camino comunitario no es una vía despejada para Kiev. Más bien al contrario. Según los expertos consultados por esta revista, en este momento las posibilidades de adhesión son bajísimas. Incluso si se firma el acuerdo de asociación con la UE, eso no constituye una ‘hoja de ruta’ hacia una eventual membrecía. Si bien hay una simpatía en los medios de comunicación hacia la causa de los manifestantes de la plaza Maidan, muchos líderes europeos están lejos de tener los bazos abiertos. “La confusión actual hará que se sientan incluso más inquietos por esa perspectiva”, afirma Petro.

A los ojos de muchos las expectativas de los ucranianos con respecto a Europa son exageradas, pues con la aguda crisis que están viviendo países como España, Portugal, Grecia e Italia las posibilidades de la UE de brindar una ayuda económica efectiva son nulas. Según los datos recopilados por Ben Aris, editor de la revista Business New Europe, mientras que Rusia ofreció 15.000 millones de dólares y dio de inmediato 3.000 millones en efectivo, Europa apenas ha propuesto aportar 160 millones anuales durante un lapso de cinco años. Una nimiedad que pone al descubierto la torpeza política de Bruselas, que parece haber subvalorado la importancia estratégica de un territorio por el que pasan la mayoría de los gasoductos que la unen con los yacimientos de Siberia Oriental, sin cuyo combustible Berlín, París o Viena serían mucho más costosas de calentar en invierno.

Volodymyr Poselskyy, vicepresidente de la ONG francesa Ucrania en Europa, advierte sobre otras repercusiones que puede tener la crisis ucraniana en el coloso de Asia. Si bien el gobierno de Putin le da una importancia suprema al renacer de su nación, su gobierno no está interesado en atender toda una serie de problemáticas internas de sus habitantes. Y la inestabilidad social que vive su país podría exacerbarse con el ejemplo ucraniano. Basta pensar en la represión brutal de los performances de las Pussy Riot, en el encarcelamiento de sus enemigos políticos o de los promotores de los derechos de la comunidad LGBTI. “Lo que suceda con Ucrania puede tener importantes repercusiones en la política local rusa”, le dijo Poselskyy a SEMANA.

Si hasta hace unas semanas la Guerra Fría era un concepto que parecía relegado a los libros de historia, hoy aparece como un conflicto que va más allá de la confrontación entre las dos superpotencias del siglo XX. Para Putin y su idea de una Gran Rusia, la derrota encajada por la URSS en los años noventa parece el primer set de un juego con varias repescas. Pero para los caídos por la represión en la plaza Maidan no habrá una segunda oportunidad.

La versión rusa 
Lo que en Europa y Estados Unidos se toma por revolución en Moscú como un golpe de Estado impulsado por Occidente con fuerzas nacionalistas ucranianas contra Rusia.

“En Ucrania hubo un golpe de Estado inconstitucional”, dice Bogdan Bezpalko, vicedirector del Centro de Ucrania y Bielorrusia de la Universidad Estatal de Moscú. “Un grupo armado con el apoyo exterior adelantó el golpe al cual llaman revolución”, escribió en Pravda, el periódico del Partido Comunista de Rusia.

En una declaración, las fuerzas de izquierda rusas condenan a su vez “la histeria anticomunista y antirrusa, el ataque a nuestro pasado soviético común, rasgos fundamentales del Estado nacionalista que se está formando”. El peso del partido Svoboda (Libertad) y de organizaciones como Sector de Derecha –los más radicales en Maidan– se presenta como un retorno de las bandas ucranianas que se unieron a los nazis en la Segunda Guerra Mundial.

El temor es que el ingreso de Ucrania a la UE sea el paso previo a su entrada a la Otan. “Existe una amenaza real de que eso suceda y Rusia no puede detener esto por mucho tiempo”, señaló a SEMANA Pavel Zolotariev, vicedirector del Instituto de Estados Unidos y Canadá de la Academia Rusa de Ciencias, para quien Occidente busca “dividir con el ejemplo de Yugoslavia”. Para el analista Georgi Bovt, “Europa ha ido muy lejos en la disputa con Moscú, pues Rusia toma una derrota en ese país como una amenaza para su existencia”.

El temor no es infundado. En 1991, Estados Unidos le prometió a Rusia que la Otan “no se ensanchará ni una pulgada hacia el oriente”, según dijo a SEMANA, en octubre de 1999, Anatoly Cherniaiev, el secretario privado de Mijail Gorbachov, quien estuvo presente en esas conversaciones. Pero Washington incumplió esta promesa y hoy la Otan está, con los tres países bálticos, a menos de 600 kilómetros de Moscú. De ahí que Putin esté dispuesto a ir muy lejos para evitar que esa tendencia, a sus ojos catastrófica, continúe.
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