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| 6/19/1989 12:00:00 AM

CAMINITO QUE EL TIEMPO HA BORRADO

A su regreso al poder, el peronismo se enfrenta a una de las peores crisis económicas de los últimos tiempos.

Gracias, Pochito, saludos a tu familia. Con esas palabras el candidato justicialista Carlos Menem recibió el reconocimiento telefónico que le hizo su oponente, el radical Eduardo Angeloz.
Con igual familiaridad, el presidente electo declararia haber recuperado a un amigo, refiriendose a su adversario.

Para algunos, esa actitud fue el fiel reflejo de la amplitud del triunfo de Menem, que ni él mismo había soñado.
Tras barrer en las elecciones de todas las provincias, incluida Córdoba, patria chica de Angeloz, Menem se había convertido con creces en el sucesor de Raúl Alfonsín y en el primer presidente argentino desde 1916 en recibir el mando de otro mandatario elegido.

Mientras se disipaban los ecos de las celebraciones populares, se comenzaban a tejer teorías sobre el verdadero significado de las elecciones argentinas y sobre el futuro de la democracia del país. Enmarcado dentro de una crisis económica que recuerda a la Alemania de Weimar, el reto que sigue tiene caracteristicas enormes. El país pareció dar con el resultado un voto de castigo al gobierno de Alfonsín, al rechazar en las urnas al candidato de su partido.
Pero ese hecho en si fue considerado un paso adelante en la madurez política de los argentinos.
Esa madurez se hizo evidente, al menos en las filas del justicialismo, el antiguo partido de Peron, desde que en 1983 esa colectividad fue derrotada por Alfonsín. Desde entonces se hizo claro que el antiguo concepto de democracia formal había dado paso a un mayor realismo, y que los justicialistas habían aprendido, por fin, que ellos no eran el único partido mayoritario argentino, lo que de contera significaba un inusitado respeto por sus adversarios. Fue precisamente Carlos Menem el unico dirigente que en aquella ocasion salió a reconocer la derrota de su partido.

Eso no significa, sin embargo, que en el seno de los justicialistas no se mantengan aun personajes de la línea dura, individuos autoritarios que aun mantienen viva la imagen del general como la maxima expresión del gobierno autárquico. Por eso, algunos observadores han anotado que el triunfo de Menem tuvo de entrada la virtud de apaciguar los ánimos de esos sectores, que seguramente no hubieran resistido completar doce años alejados de las palancas del poder.

Dentro de la misma línea, se alarma que la derrota de los radicales tuvo su origen remoto en su propio éxito en la promocion de la democracia. Pero en cualquier caso, la verdadera consolidacion de este sistema de gobierno pasa necesariamente por el saneamiento de la economía, y el largo plazo de siete meses que debe transcurrir para que el presidente electo asuma sus funciones, no parece ser de ninguna ayuda.

Mientras la propuesta de adelantar la ceremonia quedo descartada no solo por la oposicion del gobierno de Alfonsín, sino por inconvenientes legales, los argentinos esperan con ansiedad el plan económico del nuevo gobierno. La economía del país sufre aun los efectos de una crisis cuyos orígenes remotos se localizan en la gran recesion de los años 30. Desde entoces, cuando se terminó el paraiso exportador, en que todo lo que producía el suelo argentino era comprado con avidez por Europa, el pais nunca se pudo recuperar del todo.
La gestíón economica de las dictaduras no hizo más que empeorar las cosas, con la proliferación de industrias ligeras apoyadas más en los subsidios estatales que en la existencia de verdaderos mercados. La corrupción y las prebendas de los uniformados se encargaron del resto.

Con una sítuación semejante, los observadores afirman que el éxito o el fracaso de Menem dependerán en alto grado de la coherencia de su programa economico, que hasta ahora se ha limitado a un populista "trabajo, trabajo y más trabajo". Solo entonces se podrá hacer un vaticinio válido sobre el futuro de la democracia argentina.-
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