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| 8/7/1989 12:00:00 AM

Caminito...

Largo y lleno de espinas se ve el camino que tehdrá que recorrer Menem para sacar adelante a Argentina.

Caminito... Caminito...
Su discurso resultó estremecedor. Para una situaeión como la de Argentina, el llamado a la austeridad y al realismo no podía ser más acertado. Carlos Saúl Menem logró en sus palabras inaugurales, el doble milagro de dejar atrás su imagen de populista y devolverle la esperanza a un pueblo atribulado, por la peor situación de la historia de su país. Pero, como lo dijo un observador, la crisis argentina es un monstruo de muchas cabezas.
La primera cabeza del monstruo es la situación económica del país, la peor de su historia. Argentina, que fue llamada en alguna ocasión la despensa del mundo, y que era considerado el país "inquebrable", presenta índices económicos sólo comparables a los de la Alemania de Weimar en los años 30: la inflación acumulada de las tres primeras semanas de junio superó el 83% y el alza indiscriminada de precios superó la barrera del 100%.
Las estadísticas extraoficiales señalaron que se produjo en el país una caída en el consumo de bienes generales del 60%, reflejo de la caída en el poder adquisitivo del salario. Sólo en los últimos 30 días, el precio de la carne subió en 120.8%, mientras el rubro general de alimentos y bebidas experimentó un aumento de precios global del 91.4%, la indumentaria el 78.6% y la educación y el esparcimiento más del 70%.
En forma paralela, según algunos analistas el deterioro del valor real del salario experimentó una baja del 48% en relación con el último diciembre con lo que se colocó en el nivel histórico más bajo.
Por desesperada que parezca la situación, muchos economistas argentinos coinciden en que existen soluciones de emergencia que, convenientemente aplicadas, podrían salvar al país. Pero la gran pregunta es si precisamente Carlos Saúl Menem, con sus antecedentes populistas como gobernador de la provincia de La Rioja, donde el ahora presidente estableció un vasto aparato de seguridad social que puso a la cuarta parte de la población a vivir de los subsidios oficiales. Para muchos, Menem deberá antes que nada hacer olvidar aquella ocasión histórica en que, cuando el gobierno federal rehusó asumir el costo de semejante programa social, respondió emitiendo su propio papel moneda.
Pero por lo pronto, sus intenciones parecen ir en serio. Por un lado, nombró como ministro del Trabajo a Jorge Triaca, quien, a pesar de haber sido el líder del sindicalismo peronista -pilar del poder del viejo general- en los últimos años ha tomado el camino de la moderación, y llegado, incluso, a pedir que sus masas se abstengan de ejercer el derecho de huelga durante al menos dos años. Por otro lado, el nuevo presidente, pareció alejarse de los principios peronistas de que el Estado es el motor de la economía cuando designó a Manuel Roig, antiguo ejecutivo de la gigante exportadora de granos Bunge & Born, como ministro de Economía.
Y como si fuera poco, nombró en puestos claves a algunos miembros de la Unión de Centro Democrático, una organización con fuerte orientación hacia el libre mercado.
Según los especialistas allegados a Menem, el programa del nuevo presidente no diferirá demasiado del plan de shock intentado por su predecesor Raúl Alfonsín en 1985. Según Parece, el nombre de la moneda cambiará nuevamente, para borrar unos cuántos ceros de los billetes. Para evitar la fuga de capitales, la nueva divisa se vinculará al dólar a una rata muy baja. Todo indica que el gobierno tratará de restringir los salarios mediante campañas públicas e intentará reducir el déficit presupuestario, que absorbe el 16% del producto nacional, mediante fuertes incrementos en los impuestos. Como, por otra parte, la capacidad de compra de los argentinos no excedería inicialmente la capacidad de producción, no debería producirse presión sobre los precios motivada por una gran demanda.
Ese paquete de medidas podría correr la misma suerte que las de Alfonsín si el nuevo presidente no asume otras de costo político aún mayor. Para muchos, Menem deberá cortar de raíz la red de beneficios mutuos que ha movido la economía argentina desde las épocas de Perón. Consecuencia de ella es la existencia de 13 grandes empresas de propieda del Estado que, según estadísticas extraoficiales, perdieron más de US$2.500 millones en 1988.
Pero además, Menem deberá cortar el círculo vicioso que llevó por muchos años a aplacar los intereses sindicales a expensas de la eficiencia. Desde los años de Perón, en Argentina se generalizó la práctica de comprar la paz laboral presionando a las empresas a mejorar los salarios, a cambio de permitirles cargar el sobrecosto laboral a los contratos públicos.
Con su nueva aproximación económica, Menem aspira a lograr que los bancos acreedores de Argentina acepten negociar una refinanciación. Los asesores del nuevo presidente creen que sólo un peronista podría manejar todos los aspectos de la crisis, porque sólo desde ese extremo politicó se puede "vender" la idea de sacrificio en pos de un mejor futuro.
Pero la económica no es necesariamente la cabeza más peligrosa del monstruo argentino. La otra, constituida por el estamento militar, libra su propia batalla. El ejército aparece ahora claramente dividido en dos facciones, una comandada por el general Francisco Gassino, jefe del Estado mayor del Ejército y quien se declara leal al gobierno democrático, y la otra liderada por el coronel Mohamed Ali Seineldin, preso desde que en diciembre de 1988 fracasó una rebelión comandada por él en cercanías de Buenos Aires. La disputa militar, en un país en que ese estamento tiene una gran independencia, se presenta como una nube negra en el horizonte de tormenta que enfrenta el recién posesionado presidente de los argentinos.

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