Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1996/05/13 00:00

CARA A CARA

LA ULTIMA RONDA DE PROVOCACIONES DE COREA DEL NORTE EN LA ZONA DESMILITARIZADA PARECE REVELAR LA DESESPERACION DE SU GOBIERNO

CARA A CARA

Mientras los católicos conmemoraban el Jueves Santo, con no pocas oraciones por la paz mundial, en la península de Corea, en el otrora famoso paralelo 38, esa paz parecía enfrentar una nueva amenaza. Ese día, el gobierno de Pyongyang anunció que Corea del Norte no respetaría en adelante los términos del Acuerdode Armisticio Militar, que en 1953 señaló en la práctica el final de la Guerra de Corea y delimitó ese territorio en dos países, el comunista al norte y el capitalista al sur. El anuncio se convirtió en preocupación cuando en la zona desmilitarizada, un área de tres kilómetros de ancho donde sólo se permiten 35 soldados y cinco oficiales por cada parte, los norcoreanos dejaron de usar el brazalete estipulado en los acuerdos. Y en los tres días siguientes, contingentes de más de 200 hombres en cada caso entraron a la zona, donde emplazaron armas de mediano alcance en posición ofensiva contra el Sur. Si hubo angustia, no era para menos. Alrededor de Panmunjom, donde se firmó el armisticio, se concentra la mayor cantidad de tropas hostiles del mundo, con más de un millón de soldados que prácticamente se miran frente a frente. Sin embargo, con el paso de los días y la comprobación de que los norcoreanos no habían hecho grandes movimientos que señalaran el inicio de una invasión, la conclusión fue que los actos se concretaron en un valor simbólico, si bien muy peligroso, porque un error de cálculo podría iniciar una escaramuza de consecuencias imprevisibles. En esas circunstancias, la pregunta clave es qué busca el gobierno de Corea del Norte con su renovada agresividad. Sus intenciones son muy difíciles de descifrar porque el régimen stalinista ha seguido en una rígida política de aislacionismo, por causa de la cual en Occidente sólo se conocen datos anecdóticos sobre la vida en el interior del país. Sin embargo, la escasa información de que disponen los servicios occidentales de inteligencia describe un país en crisis. En el verano del año pasado, inundaciones catastróficas borraron del mapa varias poblaciones y destruyeron buena parte de las reservas de víveres y las nuevas cosechas. Eso agravó la mala situación planteada por la caída de la Unión Soviética y la negativa de China a seguir vendiéndole granos a crédito y a precios subsidiados. La crisis debió llegar a niveles muy graves porque el régimen dejó de lado su tradicional orgullo para pedir ayuda al exterior y Estados Unidos le otorgó créditos por más de dos millones de dólares en alimentos. Los norcoreanos incluso permitieron la instalación de una oficina del programa de alimentación de la ONU, lo cual permitió que extranjeros vieran por dentro lo precario de la vida diaria en el país. Los reportes han descrito escuelas sin calefacción, ausencia total de automóviles, el surgimiento de un mercado negro tolerado y una situación cercana a la hambruna. Esos detalles, unidos a la creciente deserción hacia el sur (incluida la de la ex esposa del actual líder) y a la suspensión de la temporada de maniobras militares, hacen pensar que Corea del Norte atraviesa uno de los peores momentos de su historia. Momentos que, además, se conjugan con la interinidad de Kim Jong Il, el hijo del líder Kim Il Sung, fallecido en julio de 1994. Jong todavía no ha sido proclamado como presidente, si bien reúne en su cabeza la mayor parte de los poderes del Estado, y por ahora sólo le llaman 'Querido jefe', en espera de ser llamado 'Gran jefe'. Todos esos factores son insuficientes para dibujar una pintura clara de las intenciones de los norcoreanos, pero dos posibilidades parecen emerger: una, que el ejército haya asumido una influencia dominante y esté dispuesto a una solución desesperada, y dos, que el gobierno quiera llamar la atención hacia su rechazo al statu quo, y revitalice su vieja aspiración de que el armisticio firmado con la ONU se convierta en un tratado de paz con Estados Unidos, dejando de lado al gobierno surcoreano. El objetivo último parecería ser buscar unas relaciones favorables, al estilo de las que tiene Vietnam con Estados Unidos, y por ese medio evitar la reunificación con Corea del Sur en términos catastróficos, al estilo de Alemania Oriental.Lo cierto es que ni el gobierno surcoreano ni el de Estados Unidos están interesados en el colapso de Corea del Norte, pues la experiencia alemana de reunificación no parece aplicable en este caso. De ahí que el nuevo episodio de agresividad en la zona desmilitarizada sea visto con una expectante preocupación.

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