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| 2/12/2011 12:00:00 AM

¡Cayó el faraón!

La renuncia de Hosni Mubarak fue el resultado del movimiento de masas más grande de lo que va del siglo XXI. Pero la transición apenas comienza y nadie sabe cómo terminará.

Cuando el vicepresidente Omar Suleiman, adusto y grave, anunció en unas pocas frases que su jefe, Hosni Mubarak, había renunciado, el grito de felicidad de millones de egipcios que se encontraban en las calles de las principales ciudades se oyó alrededor del mundo. Culminaba de ese modo uno de los procesos políticos más tortuosos de los últimos tiempos. Uno en el que los jóvenes, muchos de los cuales jamás conocieron a su país sin la férula de ese general de la fuerza aérea, arrastraron a sus compatriotas a la mayor movilización popular que el planeta haya visto en el siglo XXI.

“Egipto es libre”, “Dios es grande”, “Egipto es libre”, gritaban con la poca voz que les quedaba hombres y mujeres a quienes hasta hace pocas semanas les era imposible imaginarse ese momento. “Lo que ha pasado es inimaginable, y no solo por Mubarak”, gritaba a través de la cadena Al Jazeera, que fue la líder de ese cubrimiento, una joven identificada como Dina, desde el centro de la plaza Tahrir. “Es por el pueblo egipcio. Es por el poder de la gente. Lo soñé muchas veces pero nunca alcanzaba a imaginarme que el pueblo pudiera unirse como lo ha logrado”, repetía, mientras las imágenes desde la plaza mostraban cómo decenas de banderas rojas, blancas y negras se movían como si estuvieran en medio de un huracán.

Era un huracán, sí, pero el huracán de esa plaza que logró en 18 días lo que incluso los egipcios más optimistas nunca se atrevieron a predecir: una revolución victoriosa en el país más grande e importante del mundo árabe. Hosni Mubarak, al fin y al cabo, había logrado sostener su régimen por más de 30 años con una maestría que lo había consolidado como uno de los grandes dinosaurios políticos del mundo.

Este veterano héroe de la aviación que llegó a ser venerado por los egipcios por su valentía en la guerra de 1973 con Israel había encontrado la fórmula para sostenerse en el poder. Por un lado, presionó al máximo dentro de casa para mantener a la sociedad atemorizada y callada gracias a una “ley de emergencia” que sostuvo por tantos años y, por otro, creó mecanismos para que Egipto creciera económicamente y se abriera a cierto tipo de progreso. Aunque lo cierto es que no es claro si se le puede llamar “progreso” a un país donde hay 40 millones de habitantes que viven con dos dólares al día.

Logró todo esto también gracias al apoyo, especialmente, de Estados Unidos, del que se convirtió en su gran aliado en la zona. No solo le ayudó a través de estas décadas a balancear fuerzas en una región convulsionada como pocas, donde últimamente los “temidos” iraníes que representan el fantasma islamista ganan cada vez más poder, sino que firmó la paz con Israel. Y Egipto recibió por décadas una gran recompensa por ello.

Para empezar, es el país que después de Israel recibe más ayuda económica estadounidense. Se dice que hay un acuerdo firmado para que el Ejército egipcio reciba 13.000 millones de dólares en los próximos diez años. A esto se suman los contratos con Israel, que le dejan a Egipto varios millones de dólares al año.

Dos días de incertidumbre

Los egipcios habían señalado desde comienzos de la semana pasada que el viernes sería el “dia del adiós”. Y así fue. Sin embargo, sufrieron mucho antes de recibir la noticia. Mubarak se aferraba con todas sus fuerzas al poder.

En efecto, cuando todo el mundo esperaba su renuncia en la noche del jueves, el presidente, que a sus 82 años luce a primera vista más joven gracias a una serie de cirugías plásticas que no puede disimular, apareció en televisión para decir que no se iba.

Con la esperanza de aplacar a los manifestantes, anunció que cedía todas las responsabilidades del gobierno a su vicepresidente y aliado Omar Suleiman y prometió también que llevaría a cabo todas las reformas que le pedían. Pero para sorpresa, literalmente, del mundo entero, dijo que se quedaría hasta las elecciones de septiembre. Quienes lo oyeron indignados desde todos los rincones de Egipto estallaron de indignación. “Váyase, váyase”, gritaban, mientras muchos levantaban el zapato, un insulto en la cultura árabe.

“Cómo va a poder sacar adelante en seis meses las reformas que no ha podido hacer en treinta años?”, se preguntaban en la plaza, donde el odio a Mubarak creció día a día después del comienzo de las protestas, el 25 de enero. Ninguno de ellos olvidará que durante las primeros jornadas la Policía los atacó y dejó a más de 300 muertos. La situación hubiera sido peor si el Ejército, que prometió defender a los ciudadanos, no hubiera tomado el control.

Pero nada, ni los posteriores ataques de supuestos seguidores de Mubarak, muchos de ellos policías de civil, detuvieron a estos jóvenes. La desilusión y la rabia fueron de tal magnitud que no solo dijeron que el viernes saldrían con más fuerza a la calle, sino que se las ingeniaron para que las protestas se expandieran a otros lugares.
“Debemos copar todos los símbolos del poder estatal”, sugirió en Internet el activista Alaa Abdel. Y así fue. El viernes, El Cairo amaneció literalmente inundada de manifestantes.


La confusión de los militares

En la mañana del viernes, cuando la plaza apenas empezaba a llenarse, un comunicado del Ejército creo aún más desasosiego, pues decía que actuarían como garantes de la transición a una completa democracia, pero que respaldaban las medidas de Mubarak. En ese momento pensaron que ese cuerpo tan respetado los había traicionado.

Pero todo indica que los opositores no entendieron el mensaje del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, que en realidad querían enviarles un guiño, según dio a conocer el periódico Al Ahram horas después de la renuncia de Mubarak. Un reportaje publicado por ese diario egipcio cuenta que el Consejo Supremo fue el primer sorprendido con el discurso de Mubarak en la noche del jueves, pues los funcionarios de la Presidencia nunca les contaron a los militares lo que tenían planeado hacer.

 
Los militares aseguraron a ese periódico que el mensaje de Mubarak fue tan confuso que los dejó perplejos. Por esta razón, en la mañana del viernes emitieron ese comunicado en el que aclaraban su papel en la transición. Con este teexto los militares querían, asegura el periódico que cita a una fuente militar, evitar el conflicto con Mubarak antes de que se encontraran nuevas soluciones. Pero los tejemanejes bajo la mesa siguieron durante el día. Solo al final de la tarde los militares, que a esa hora protegían a los manifestantes en las calles de El Cairo y el resto de Egipto, emitieron un comunicado definitivo.

En este decían que levantarían la Ley de Emergencia que reinó por treinta años “tan rápido como finalizara la situación actual”. También garantizaban cambios en la Constitución y elecciones limpias y libres. Para completar, en ese momento empezó a sonar el rumor de que Mubarak ya no estaba en El Cairo. Horas más tarde, cuando ya entraba la noche, Al Jazeera confirmaría que el presidente se encontraba en su residencia en el balneario de Sharm el Sheik, en el mar Rojo. Todo indicaba que algo importante estaba pasando. 

 
El pueblo y el ejército 
 
Incluso, a esa hora, se veía un gran sector de la plaza ocupado por hombres que no paraban de orar; se arrodillaban y ponían de pie todo el tiempo, como indica el ritual sunita. Era la clara muestra de que en la plaza Tahrir se daba una revolución en la que tenía cabida todo tipo de personas, como han explicado los jóvenes egipcios que a través de Internet empezaron este movimiento, que ya ha sido llamado la Revolución del 25 de enero.

Este grupo, en el que caben mujeres y hombres seculares e islamistas, venía conectado y trabajando silenciosamente hasta que decidió llamar a los egipcios a salir a la calle en esa fecha. “El punto de quiebre llegó con la revolución tunecina, que envió un mensaje fuerte de que sí se podía”, explicó en un editorial publicado el pasado viernes el premio Nobel de la Paz Mohamed el-Baradei, que ha sido uno de los líderes de las protestas.

La misma afirmación hizo Wael Ghonim, un ejecutivo de Google, considerado el gran cerebro del grupo que movilizó a los egipcios a través de la página de Facebook ‘Khalid said’. “Los verdaderos héroes son los jóvenes egipcios de la plaza de Tahrir y del resto de Egipto”, dijo en una entrevista después de que se supo que Mubarak se había ido y que el poder quedaba en manos del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas.

“Este es un momento histórico y decisivo en la historia de Egipto”, dijo uno de los altos militares egipcios en un corto comunicado en el que expresó su respeto tanto por la labor del expresidente Mubarak como por los ‘mártires’ de esta revolución. “Daremos más declaraciones más adelante para contar los pasos que vamos a dar para gobernar el país”, concluyó el militar.

Como esperaban los observadores, el Ejército se había convertido en el árbitro final de la situación. Sin que se supieran detalles, por ejemplo, de la participación del vicepresidente Omar Suleiman en el régimen transicional, era claro que desde ese momento los militares controlarían el país. Y no podía ser de otra forma. Desde que derrocaron al rey Farouk, en 1952, con Gamal Abdel Nasser a la cabeza, ellos estuvieron detrás de los regímenes autocráticos que dominaron el país hasta la semana pasada.
 
Pero, curiosamente, en su imagen popular siempre pesaron más sus esfuerzos bélicos
 contra Israel, a pesar de no ser exitosos, que su respaldo a los dictadores, y las fuerzas armadas se consolidaron como la institución más respetada de Egipto. Por eso, desde el estallido de las protestas, los comandantes entendieron muy pronto que oponerse a la voluntad popular sería un suicidio, sobre todo por cuanto las empresas de propiedad del Ejército componen una buena parte del establecimiento industrial del país.
 
De ahí que hoy el destino de Egipto esté en manos de los uniformados. Como dijo a SEMANA Elizabeth Iskander, experta en Oriente Medio de la London School of Economics, “para el resto de Oriente Medio, la forma que el Ejército le dé a la transición va a impactar en un potencial efecto dominó. Si las reformas tienen éxito en Egipto, los otros países árabes van a tener que hacer concesiones para evitar una revuelta similar. Pero si llega otra forma de dictadura, las consecuencias serían imprevisibles”.


El mundo observa

Las reacciones internacionales no se hicieron esperar. “Es importante ahora que se acelere el diálogo para dar paso a un gobierno de base que respete las aspiraciones del pueblo egipcio y le traiga seguridad”, declaró Catherine Ashton, la encargada de política exterior de la Unión Europea, que celebró que Mubarak haya escuchado las voces de sus conciudadanos. En la misma tónica estuvo el presidente norteamericano, Barak Obama, que felicitó a los egipcios al tiempo que les advirtió que vendrán días difíciles en el futuro. “Estoy seguro de que sabrán cómo salir adelante”, dijo.

Donde se mostraron más cautos fue en los países árabes, en los que muchos de los líderes miran con terror lo que ha sucedido en Egipto. Uno de los pocos que se pronunciaron fue el ministro de Exteriores de Bahrein, Sheik Khalid bin Ahmed al Khalifa, que escribió en Twitter: “los egipcios nos conducen a los árabes hacia una nueva era. Construyamos una mejor”. Y en Israel, la posibilidad de que el proceso dé como resultado un gobierno dominado por la Hermandad Musulmana pone los pelos de punta a todos. En efecto, para nadie es un secreto que un gobierno de esas características daría al traste con las buenas relaciones de Egipto con el Estado judío y representaría un riesgo mortal para este.

Pero en Irán sí celebraron con júbilo. En ese país el proceso se vivió con intensidad pues el gobierno no ha ocultado su apoyo a la revolución egipcia. “Los países árabes viven un despertar islámico”, dijo hace unos días Alí Jamenei, el líder supremo de la revolución, que ha mostrado su esperanza de que Egipto tome el mismo camino del islam que tomó Irán hace 32 años. Y es que si hay alguna ironía para destacar en la victoria de las protestas egipcias frente a Mubarak es que las dos grandes revoluciones en el mundo islámico, la iraní y la egipcia, triunfaron el mismo día: 11 de febrero.

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