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| 4/8/2006 12:00:00 AM

Charlatán y mártir

Zacarías Moussaui, el único reo por el 9-11, quiere que lo condenen a muerte, aunque no participó en los atentados. Su ejecución dejaría grandes interrogantes.

Luego de varios años de guerra contra el terrorismo, sólo un reo espera su sentencia por los atentados del 11 de septiembre de 2001. El jueves se reanuda el proceso contra Zacarías Moussaui, francés de origen marroquí, y la balanza de la justicia se inclina en su contra. El jurado de su proceso en Alexandria, Virginia, ya lo declaró elegible para la pena de muerte. Ahora deberá decidir si se le debe aplicar la temida inyección letal, o si termina en la cárcel hasta el final de su existencia.

El juicio contra Moussaui es único, pues el acusado no participó en el crimen del que se le acusa. El francés fue detenido en agosto de 2001, sindicado de sobrepasar su período de permanencia legal en Estados Unidos. Había sido señalado por el instructor de la escuela de pilotaje Pan Am, en Minneapolis, por su comportamiento extraño, supuestamente porque mientras quería aprender a dirigir un avión en vuelo, no mostraba entusiasmo por conocer las fases del decolaje y el aterrizaje.

Cuando, poco después, varios aviones de pasajeros se convirtieron en misiles en manos de terroristas islámicos, los investigadores acrecentaron sus sospechas . Aunque Moussaui negaba tener que ver con el complot, los investigadores y la prensa norteamericana especulaban que se podría tratar del "terrorista número 20", ya que los cuatro aviones fueron secuestrados por pandillas de cinco atacantes, excepto uno, el que se estrelló en Pennsylvania, que tenía sólo cuatro.

Sin embargo, hace dos semanas, el acusado resolvió, contra la opinión de sus abogados, auto incriminarse. No sin exclamar antes que Estados Unidos merecía la muerte, declaró que él pertenecía a Al Qaeda. Y soltó su bomba: si bien no tenía nada que ver con el vuelo de Pennsylvania, su encargo era tripular un quinto avión, un Boeing 747, contra la Casa Blanca. Aunque detalló la forma como cortaría cuellos camino a la cabina de mando, no pudo precisar la fecha del ataque ni el vuelo que iba a secuestrar. Como copartícipe de esa misión, de la que nadie había oído hablar antes, señaló sólo al británico Richard Reid, el hombre que ese mismo año fue capturado cuando intentó volar con un zapato explosivo el avión en el que viajaba.

Y fue mucho más allá. Sostuvo que, si bien estuvo por fuera del complot por orden del propio Osama Ben Laden, éste lo aceptó de nuevo luego de que se disculpó por un error anterior, aunque permaneció "en prueba". Además, dijo que cuando fue interrogado por el FBI mintió deliberadamente para permitir que el ataque del 11 de septiembre se llevara a cabo.

De pronto los fiscales se vieron obligados a defender la credibilidad del acusado ante los ataques de sus propios defensores, que arreciaron su ofensiva para probar los antecedentes de mitomanía y esquizofrenia de su defendido. Presentaron las declaraciones de terroristas detenidos por Estados Unidos en Guantánamo y otras cárceles del extranjero, incluido nada menos que el cerebro de la operación, Khalid Shaik Mohammed. Los documentos describen a Moussaui como una figura muy menor de Al Qaeda y que no tenía nada que ver con el complot del 9-11. Lo señalaron como un personaje desesperado, inestable y poco confiable.

Pero, a pesar de que toda la argumentación daba al menos un indicio razonable de duda, el jurado decidió creer en la importancia autoproclamada del reo y el lunes lo encontró elegible para la pena de muerte. Como explicó a SEMANA el profesor William C. Banks, de la escuela de leyes de la Universidad de Syracuse, "con la confesión, el gobierno dejó de tener que probar la culpa. Así que en este juicio la presunción de inocencia, base de todo proceso penal, dejó de tener importancia". Ahora el jurado deberá decidir si aplica la pena capital. Pero sólo puede hacerlo si se comprueba que al menos una de las víctimas del 9-11 murió por la negativa de Moussaui a revelar la existencia de un complot.

Seguramente los fiscales convencerán al jurado de que el acusado fue una figura clave que, de haber 'cantado', podría haber desencadenado la acción de las autoridades para evitar la tragedia. Pero ello no evitará que queden en el récord las declaraciones de Harry Samit, un agente del FBI, y Michael Rolince, un supervisor antiterrorismo ya retirado de esa institución. Ellos fueron llamados por la Fiscalía para demostrar su argumento, pero hicieron lo contrario.

Samit admitió, cuando fue contrapreguntado por el defensor Edward MacMahon, que él tenía sospechas de que Moussaui planeaba un ataque desde cuando fue detenido por las autoridades de inmigración de su base de Minneapolis, pero que desde las alturas del FBI no le habían dado vía libre para investigarlo. Incluso admitió que un supervisor le dijo que presionar demasiado por ese tema podría hacerle daño a su carrera. Por su parte, Rolince enumeró las medidas que se habría podido tomar para evitar el secuestro de los aviones. Pero cuando MacMahon le leyó una lista de las razones para sospechar de su defendido, el testigo le preguntó qué estaba leyendo. El defensor le contestó que era el memorando escrito por Samit cuando pedía autorización para seguir a Moussaui. Ese diálogo pareció demostrar que en el FBI había un diálogo de sordos y que aun sin la declaración de Moussaui, ese organismo ya tenía múltiples indicios que desaprovechó. El asunto es tan escandaloso, que ya ha producido interpretaciones extremistas que sostienen que había alguien interesado en no evitar los ataques (aun sin saber las dimensiones que tendrían) para justificar una reacción bélica de Estados Unidos.

Y, por otra parte, la ejecución de la pena capital a Moussaui dejaría por el suelo lo sostenido durante años por el FBI, en el sentido de que el francés sabía poco sobre el plan terrorista, pues sus jefes no le tenían confianza. Por todo lo cual, comprobar judicialmente que una confesión de Moussaui habría evitado la tragedia es imposible.

Pero Moussaui tal vez será condenado a muerte, porque esa salida parece convenir a ambas partes. A él, pues su sorpresivo interés en ser ejecutado sólo evidencia su deseo de convertirse en mártir. Y al gobierno, porque necesita entregar resultados a una opinión pública que espera que se castigue a un culpable.

Nadie duda que, de haber podido, Moussaui habría participado en los atentados. Pero un deseo, tal vez fantástico, no debería ser suficiente para ejecutarlo. Ese siniestro charlatán pasaría a la historia como un mártir, y con su muerte quedarían planteadas preguntas muy graves. Una de ellas, si su sentencia a muerte fue un acto de justicia, o uno de venganza.
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