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| 1/3/2018 3:24:00 PM

El final de un mito satánico

Charles Manson, tal vez el asesino más famoso del siglo XX, murió el pasado 19 de noviembre. La masacre que propició, en la cual murió la actriz Sharon Tate, se ha convertido en uno hito histórico del terror. ¿Cómo fue la vida de este mesías de la muerte?

8 de agosto, 1969, California

El gran enigma sobre Charles Manson es cómo podía controlar la mente de otras personas. Era el hijo de una prostituta alcohólica que lo había tenido cuando todavía era una adolescente. Nunca supo quién era su papá y su apellido lo heredó de uno de los múltiples maridos de su progenitora. A los 32 años, después de haber pasado 16 en la cárcel, Charlie, como lo llamaba todo el mundo, se volvió el líder de algo que fue denominado como la Familia.

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Era un grupo de hippies veinteañeros que se habían fugado de sus casas y que lo veían a él como un mesías. Con el pelo largo, tenía un parecido a la imagen de Jesucristo. Todos los miembros de esa Familia, interrogados posteriormente, confesaron que, para ellos, Charlie era Dios mismo. En un rancho abandonado, unas 20 personas vivían en una orgía permanente de sexo y droga. El LSD alimentaba esos ritos eróticos y el robo cotidiano era la manera de financiarlos.

Todo el mundo tenía que obedecer las órdenes de Charlie, quien tenía unas teorías extrañas. El amor libre era su filosofía de vida, pero lo combinaba con el culto a la muerte. Inspirado en un disco de los Beatles llamado Revolution, anunciaba la llegada de una guerra entre negros y blancos que terminaría con la exterminación de la raza blanca.

A esa batalla la llamó “Helter Skelter”, que era un nombre que aparecía en una canción de los Beatles que, según él, le mandaba vibraciones. Su profecía era que, una vez terminado ese conflicto entre las dos razas, los únicos sobrevivientes blancos serían él y su Familia. Como sostenía que los negros sabían matar, pero no gobernar, iban a tener que recurrir a él para que les enseñara a manejar el mundo. Por lo tanto, después de “Helter Skelter”, Charles Manson sería el rey.

Por alucinante que suene eso, sus 20 seguidores le creían ciegamente. Como iban a gobernar al planeta, había que acelerar la revolución de la cual hablaba la canción de John Lennon y Paul McCartney. Y para esto tocaba hacer algunos asesinatos indiscriminados que parecieran hechos por los negros para desatar la guerra entre los dos bandos. Ese es el origen del mito satánico que produjo las masacres que habrían de aterrorizar a Estados Unidos y desconcertar al mundo. El primer blanco fue la casa que habían alquilado el director de cine Roman Polanski y su esposa Sharon Tate, donde se alojaban algunos famosos amigos de ellos.

Los acompañantes eran Jay Sebring, el peluquero más famoso de Hollywood; el guionista Wojciech Frykowski y su novia Abigail Folger, heredera de un emporio cafetero. Sharon, la brillante y hermosa actriz, tenía ocho meses de embarazo y esa noche era la anfitriona, pues su marido estaba trabajando en Londres.

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Todos se encontraban conversando en la sala cuando llegaron los asesinos. Manson los había mandado con la orden de no dejar a nadie vivo para comenzar la revolución. Al primero que vieron los huéspedes de la casa fue al corpulento Tex Watson.

Aunque era el único hombre, no era el líder del operativo. Su presencia tenía por objeto principal intimidar a las víctimas. Sus ojos vacíos, distantes, no permitieron saber qué pasaba por su mente. Inicialmente pensaron que se trataba de un robo. El dolor de las sogas con las que habían sido sometidos y la proximidad de la pistola de Tex los devolvieron a la realidad. Debe tratarse de una pesadilla, pensaron.

La línea telefónica había sido cortada y un vigilante que estaba en la entrada fue eliminado. El grupo de invasores era el nuevo dueño del lugar. Las sombras de las tres chicas que acompañan a Tex vibraban y sonreían impacientes. Murmuraban algo, al parecer se burlaban de los cautivos.

Una de ellas, vestida con una camiseta y unos jeans sucios, avanzaba dando saltitos hacia los rehenes y dejaba claro que era la líder, el verdadero brazo derecho de quien los había enviado allí, Charles Manson. Ella, Susan Atkins, no paraba de mover la cabeza como si una canción eterna la obligara a mantenerse en movimiento. A sus 21 años no era bella, pero sabía usar su cuerpo y la actitud de chica impertinente para resultar atractiva. Bajo sus pies tenía a una superestrella del cine, a una chica dorada y perfecta con un mundo perfecto, lo que ella nunca tuvo y nunca tendría. Sharon intentó darle sentido a la situación; les preguntó a los intrusos qué deseaban. A cambio recibió la amenaza del impaciente cuchillo sostenido por Susan.

En la sonrisa descarnada de la chica, Sharon comprendió que el demonio existe, que la maldad no es una abstracción, que ninguna súplica detendría el oscuro deseo que la enfrentaba. Las otras dos jóvenes, las delgadas Linda Kasabian y Patricia Krenwinkel, alguna vez parte de un mundo próspero, enseñaron sus cuchillos y los dientes, y querían sangre.

Kasabian, a último momento, se arrepintió y aceptó la orden de Tex de mantenerse afuera y vigilar las fronteras de la mansión para que nadie interrumpiera. Jay Sebring, el estilista, intentó huir, pero Tex le disparó y golpeó sin piedad el rostro. Finalmente lo apuñaló. Abigail Folger, la heredera del imperio del café, ofreció dinero, Susan lo aceptó y se lanzó sobre Frykowski, lo apuñaló cuatro veces, el hombre logró zafarse, pero Tex lo golpeó con la pistola. Abigail logró traspasar el portal de la mansión, pero la ágil Patricia le dio caza y empezó a apuñalarla. Tex reapareció y se sumó al frenético ataque.

A la distancia, el mítico color dorado de Los Ángeles brillaba y oscurecía el letrero de Hollywood. Linda Kasabian, encargada de quedarse afuera, contempló paralizada de lejos la escena. No huyó, no participó. Al fin y al cabo los asesinos eran su familia. Adentro, Susan, como una serpiente que rodea a su presa, avanzó hacia Sharon. Ella suplicó, reclamó piedad para su criatura, que nacería en pocos días. Susan se sumergió en el bello rostro de la actriz y le acarició el pelo. Por un segundo se vio a sí misma como protagonista de sus películas.

Al siguiente parpadeo, arremetió con el cuchillo contra ella. Lo disfrutó, no escuchó súplicas. Sus restos de empatía los habia perdido hacía mucho  tiempo, cuando trabajaba como stripper y solo veía en los ojos de quienes la codiciaban lascivia y desprecio. Silencio, solo silencio en su cabeza. Tex confirmó que todo había terminado. La sangre de las víctimas aún vibraba.

Linda Kasabian se asomó y no comprendió la escena. Susan impartió órdenes finales, ordenó borrar huellas. Como cínica despedida, empleó la sangre de Sharon para plasmar en una pared la consigna de la absurda causa de su amado Charlie: “Muerte a los cerdos” (Death to pigs). En un arrebato de vampiresa saboreó la sangre de Sharon. La noche perdió la partida, los chicos se marcharon de la mansión. Los rastros de sangre en las manos no los perturbaron.

El LSD de sus venas dejó de hacer efecto; llegó un periodo de insensibilidad aún mayor. El júbilo se desvaneció. El ruido retornó a la cabeza de Susan, volvió a ser la misma de siempre, por lo menos eso creía; pero no, cruzó una frontera sin retorno. Ahora, Manson la amaría aún más, era su consuelo y su promesa. Al otro día se repetiría el asunto en otra casa cercana. A Manson le pareció que la operación había sido demasiado burda y quería mostrarles cómo se mata limpiamente. Escogieron una casa sin saber de quién era. Una pareja de casados de alrededor de 50 años se encontraba viendo televisión cuando Manson entró y los amarró. Regresó al carro donde estaban Tex y las chicas. “Ahí se los dejo listos. El resto es por cuenta de ustedes”, les dijo. El grupo ingresó a la residencia y con los cuchillos de la cocina les clavaron cerca de 50 puñaladas al marido y a su esposa.

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Como estaban atados, para Manson fue una matanza impoluta. Nada de cadáveres regados por toda la casa, como sucedió la noche anterior. Poco después, vinieron las capturas, los juicios, la exposición mediática, las teorías, la fama que convirtió a Charles Manson en celebridad, incluyendo a una bella joven, parecida a Susan, que se casó con él. Aunque no participó directamente en los asesinatos, las autoridades reconocieron su poderoso liderazgo en la serie de homicidios.

La Familia, como se reconoció a la que resultó ser una numerosa secta, fue desarticulada. Los implicados en la masacre y en otros crímenes ulteriores fueron condenados a muerte, pero el estado californiano abolió dicha práctica por un tiempo, y así Manson y sus seguidores quedaron con el castigo de cadena perpetua. Susan Atkins falleció en 2009 en prisión, víctima de un doloroso cáncer en el cerebro. Tex Watson, convertido en pastor, y Patricia Krenwinkel continúan cautivos. Jamás nadie ha creído en sus presumibles arrepentimientos.

Linda Kasabian logró el milagro de no pasar un solo día en la cárcel por haberse convertido, para la Fiscalía, en principal testigo de los crímenes de la Familia. Con el paso del tiempo, los rostros de las jóvenes guiadas por Charlie se han desvanecido; tampoco quedan rastros de sus sonrisas depredadoras. Charles Manson falleció hace tres semanas sin ver de nuevo la luz de California que tanto decía amar, después de todo era un simple y patético mortal.

*Este artículo se publicó orginalmente en la Revista SoHo

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