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| 1/10/2015 10:00:00 PM

Arde París

El resurgimiento del terrorismo islámico fortalece a la extrema derecha en Europa. La libertad de expresión está en la línea de fuego.

Francia está de luto. Habrá un antes y un después de esta semana, cuando el terrorismo se hizo sentir con toda su violencia en diferentes puntos la región parisina. En apenas tres días, tres ataques llenaron de tristeza y de zozobra a una sociedad que ya estaba profundamente dividida. En la cuna de la libertad para las democracias contemporáneas, la libertad misma fue agredida. Bastaron 56 horas caóticas para que París se sumara a Nueva York, Londres y Madrid en la lista de las grandes capitales golpeadas por el fanatismo musulmán.
 
El horror comenzó el miércoles, cuando los periodistas y dibujantes de la revista satírica ‘Charlie Hebdo’ estaban reunidos en la sede de la publicación, ubicada en el apacible distrito Once de París, a pocas cuadras de la plaza de la Bastilla. Cerca del mediodía, cuando la reunión estaba a punto de terminar, dos hombres vestidos para la guerra se abrieron paso hasta la sala de redacción. Allí preguntaron por Charb, el director del semanario, quien recibió una ráfaga que lo dejó sin vida. Luego, mientras gritaban “¡Alá es grande!”, fueron matando a sangre fría a los periodistas y dibujantes. En su huida, se enfrentaron a su vez a Ahmed Merabet, un policía musulmán,  a quien ejecutaron a sangre fría cuando se encontraba desarmado y lamentándose por sus heridas.

Al abandonar la escena, los asaltantes atropellaron a un transeúnte, cambiaron de vehículo y olvidaron un documento de identidad, lo que les permitió a las autoridades identificarlos como los hermanos Saïd y Chérif Kouachi. Según la Policía, estos serían dos pequeños delincuentes que se habrían radicalizado tras haber recibido formación militar e ideológica en Yemen, y que habrían constituido una célula terrorista “familiar”. Por esto al principió se sondeó la posibilidad de que fueran lobos solitarios, es decir, militantes que actuaban de manera independiente y sin vínculos con ningún grupo terrorista. El brutal ataque desató la cacería humana más intensa de la historia reciente de Francia con el despliegue de más de 80.000 uniformados y los ojos atentos del mundo entero a través de la televisión y las redes sociales.

Pero el jueves, en la localidad de Montrouge (unida al sur de París), se produjo un tiroteo en el que murió una agente de Policía y otra fue herida de gravedad. Aunque al principio se pensó que se trataba de hechos aislados, durante la jornada las autoridades establecieron un vínculo entre los hermanos Kouachi y el presunto atacante, Amedy Coulibaly, el principal discípulo de Djamel Beghal, un importante ideólogo y terrorista nacido en Argelia.

Y el viernes se confirmó que Francia estaba bajo ataque, cuando tanto los Kouachi como Coulibaly, acompañado de su novia Hayat Boumeddiene, tomaron rehenes y se atrincheraron. Los primeros lo hicieron en un supermercado kosher (especializado en productos para judíos) en la zona suroriental  de París. El segundo, en un edificio en la localidad de Dammartin-en-Goële, a pocos kilómetros del aeropuerto internacional Charles de Gaulle. Tras varias horas de enorme tensión, ambos episodios terminaron mal para los terroristas, a quienes las autoridades dieron de baja. Según la cadena BFM-TV, Chérif Kouachi le dijo a uno de sus periodistas que había seguido órdenes de Al Qaeda en Yemen y que Coulibaly había declarado pertenecer al Estado Islámico. Todo lo cual concreta el temor de que muchos yihadistas que han combatido en las guerras de Siria e Irak regresen a Europa para continuar la guerra que han enfrentado en Oriente Medio.

En total, la semana pasada dejó un saldo de 19 personas muertas (incluidos los atacantes) y 11 heridas de gravedad. Se trata del peor saldo desde los atentados al RER (el tren de cercanías de la región parisina) en los años ochenta, y del acto terrorista de mayor contundencia en suelo francés en el último medio siglo. Pero las consecuencias políticas y sociales de estos ataques apenas comienzan para la sociedad gala y el resto de Europa.

Un diario polémico

Los hermanos Kouachi sabían con quién se estaban metiendo. En 2006, Charlie Hebdo fue el primer diario que reprodujo las caricaturas de Mahoma, que el dibujante Kurt Westergaard realizó para el diario danés Jyllands-Posten y que desencadenaron multitudinarios disturbios en el mundo musulmán.  El equipo de Charb le dio una vuelta de tuerca a la polémica con una portada en la que aparecía el mismo Mahoma tapándose los ojos y exclamando exasperado: “Es duro ser amado por imbéciles”. A partir de entonces, el profeta del islam se convirtió en un personaje habitual de su redacción, que incluso le dedicó todo un libro profusamente ilustrado con los pasajes más polémicos de su vida, incluido su matrimonio con Aicha, una niña de nueve años.

Pero el semanario estaba lejos de ser un diario islamófobo. Como bien lo recuerdan los periodistas de Le Monde, para sus colegas de Charlie Hebdo ningún tema era tabú. De hecho, por sus portadas han pasado caricaturas de todos los poderosos de Francia y el mundo, en particular de los grandes líderes políticos y religiosos, a quienes sus dibujantes representaban sin otra preocupación que lograr el mayor impacto cómico y social. Curas gay en plena acción, rabinos frustrados en las cámaras de gas, Mahoma protagonizando una película porno, enemigos políticos dándose babosos besos con lengua... Ninguna ideología ni credo estaban al abrigo de sus críticas feroces y, para muchos, imprudentes e incluso ofensivas. En efecto, la publicación había afrontado recientemente 15 procesos en su contra, de los cuales solo uno tenía que ver con el islam.

Pero el odio que las representaciones de Mahoma generó entre los radicales islamistas no se resolvería en los tribunales, como lo anunció en 2011 la quema de la antigua sede de la revista. La gran diferencia entre ese atentado y la masacre del miércoles es que el objetivo de la reciente matanza no solo era impedir que el periódico siguiera publicando sus caricaturas –o incluso borrar del mapa a toda una publicación– sino sentar un precedente para los medios de todo el mundo sobre el peligro de caricaturizar al profeta musulmán.
 
Como le dijo a SEMANA Arch Puddington, vicepresidente de la ONG Freedom House, “Charb y su equipo fueron masacrados dentro de su oficina, algo muy inusual, pues por lo general a los periodistas los atacan o matan cuando están reporteando o cubriendo un conflicto. En el atentado del miércoles, ellos fueron un blanco escogido y estudiado de antemano. Quienesquiera que estén detrás de la matanza quieren enviar un mensaje a la comunidad periodística mundial según el cual, si se cruzan ciertas líneas definidas por ellos, va a haber consecuencias como las que sufrió ‘Charlie Hebdo’”.

El viernes, el amenazado Jyllands-Posten advirtió que no republicará las caricaturas del diario francés por “responsabilidad” hacia sus trabajadores. Una decisión comprensible, pero muy lamentable en Escandinavia, una de las regiones del mundo con mayores garantías para la libertad de expresión. No obstante, la reacción de la mayoría de medios de comunicación del mundo y de sus caricaturistas ha sido impactante. El mensaje Je Suis Charlie, “Yo soy Charlie” en francés, se tomó las masivas manifestaciones de protesta en la Ciudad Luz y se mantuvo por días como trending topic en la red social Twitter. Es inevitable la comparación con la reacción de la prensa francesa a los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, en especial  el histórico titular de Le Monde: “Todos somos estadounidenses”.

El tono satírico y, a los ojos de muchos ofensivo, de los dibujos y los artículos de Charlie Hebdo despertó un debate global sobre hasta dónde la libertad de expresión de los periodistas puede meterse con las creencias sagradas de algunos grupos. Si bien los argumentos de quienes critican la publicación de las caricaturas que se burlan de Mahoma, no son frívolos, responder con una masacre como la de París es el resorte de los fanáticos fundamentalistas que ninguna sociedad puede tolerar.

El fantasma del odio recorre Europa

Si bien es cierto que las primeras reacciones de la sociedad francesa fueron de tristeza y de unánime rechazo a la intimidación terrorista, también lo es que la matanza de la semana pasada subrayó las profundas divisiones que recorren el país galo. De hecho, Francia cuenta con 4 millones de musulmanes (el 7 por ciento de su población total), muchos de los cuales llegaron en los años sesenta y setenta, cuando la reconstrucción de la infraestructura nacional después de la Segunda Guerra Mundial requirió enormes cantidades de mano de obra no especializada.

Y aunque la gran mayoría son ciudadanos perfectamente integrados y capaces de batirse por su país –tal y como lo hizo el policía Merabet–, la radicalización de algunos de ellos tiene con los pelos de punta a una buena parte de sus conciudadanos. De hecho, una encuesta publicada en 2013 reveló que el 73 por ciento de los franceses tiene una “mala imagen” del islam, al que consideran a su vez incompatible con la democracia. En la blogósfera, los programas radiales y las conversaciones de café, el peligro de que los musulmanes del común sean confundidos con islamistas como los Kouachi está muy presente. Un riesgo del cual dan fe los tres atentados que se registraron contra sitios de culto musulmán en Francia después del ataque contra los caricaturistas. Y en efecto, el fundamentalismo islámico se ha convertido en el coco del país galo, donde no todo el mundo está dispuesto a reflexionar antes de levantar acusaciones generalizadas.

En particular, el partido de extrema derecha nacionalista Frente Nacional (FN), que aboga por políticas contra la inmigración, y cuya presidenta y candidata para las elecciones presidenciales de 2017, Marine Le Pen, les dijo a los franceses que de ser elegida propondría un referendo sobre la pena de muerte, y trinó por Twitter que “piensa que esa posibilidad debe existir”.

El presidente de Francia, François Hollande, que ha batido todos los récords de impopularidad en su país, la excluyó de la marcha republicana convocada para el domingo, a la que sí están diferentes líderes europeos, que han confirmado su participación. El viernes en la tarde, Hollande aseguró que los fanáticos que habían perpetrado los asesinatos “nada tienen que ver con la religión musulmana”. No obstante, la andanada terrorista de la semana pasada golpeará aún más la gobernabilidad e imagen del mandatario francés que hoy registra por debajo del 20 por ciento.

A la estocada al liderazgo de Hollande se sumará el crecimiento de su principal opositora, Le Pen. Si se tiene en cuenta que la líder de este partido ultraderechista ha construido un discurso de temor a los musulmanes, se espera que su respaldo político entre los franceses aumente de cara a los próximos comicios. Si bien la favorabilidad del Frente Nacional ha venido mejorando en estos años de recesión europea, la masacre de Charlie Hebdo le da un importante empujón a sus aspiraciones de pelear por el Elíseo.

El coletazo hacia la extrema derecha que dispararán estos actos terroristas en París no se limitarán a la política gala. Lo más probable es que bloques políticos similares al de Le Pen como el Pegida en Alemania, el UKIP en Gran Bretaña y el Partido por la Libertad de Geert Wilders en Holanda capitalicen el miedo generado por estos musulmanes fanáticos. Una cosa es presenciar por video la ejecución de un periodista por ISIS en un paraje desierto del Oriente Medio y otra, muy diferente, un baño de sangre  y una cacería humana de tres días en medio de París. Estas imágenes serán seguramente recordadas por los votantes europeos en los próximos meses y años a la hora de escoger sus nuevos dirigentes.

Ahora bien, si en Occidente llueve, en Oriente no escampa. Aunque los ataques de la semana pasada fueron un atentado contra la libertad de expresión, la cosa va mucho más allá de eso. En los países islámicos radicales la normatividad religiosa coincide con la jurídica. Por lo tanto, cuando alguien ofende al profeta la reacción no solo es religiosa sino también legal. Y como en el caso de Salman Rushdie, los representantes del Estado tienen la obligación de decretar la pena de muerte y de allí en adelante cualquiera que la ejecute no solo no está violando la ley sino que la está cumpliendo.

Los moderados de parte y parte la tienen hoy más difícil que nunca. Pero de ellos depende que los prejuicios y los extremistas de cada lado no sigan radicalizando a sociedades enteras y empujándolas a guerras sin fin. El desafío de los franceses, y en general de los europeos occidentales, está en evitar la estigmatización contra los ciudadanos musulmanes que se presentó después del 9-11 e impedir que el miedo colectivo conduzca a medidas antidemocráticas como la tortura o la violación a los derechos humanos.  El mundo contiene la respiración.

“Prohibir la blasfemia es inútil y genera efectos perversos”
(*)

La respuesta a los ataques del miércoles no puede ser la censura sino perseverar en la lucha por la libertad de expresión.

El humor ácido y sin inhibiciones de los caricaturistas de Charlie Hebdo no era necesariamente de mi gusto, pero sin duda sabían cómo revelar la esencia de las contradicciones que encarna el fundamentalismo político o religioso. Y lo hacían de una manera que ese tipo de fundamentalismo no soporta: mediante la sátira irreverente y ácida. En la mente totalitaria de un fundamentalista las ofensas se pagan con el exterminio. Por eso los asesinaron.

Tras la masacre, Francia salió a la calle en conmovedoras y multitudinarias manifestaciones.
Quienes se manifestaron no eran necesariamente seguidores del semanario. Como lo recogió la prensa internacional, algunas personas se habían sentido molestas con las caricaturas o encontraban innecesaria la sátira políticamente incorrecta. Pero todas salieron a la calle indignadas, en señal de solidaridad por quienes fueron asesinados por ejercer su libertad y en una férrea defensa de valores centrales de cualquier Estado democrático.

La pregunta que surge es cómo enfrentar la violencia fundamentalista. La religiosa pero también la política o de cualquier otra especie.

Algunos han propuesto exactamente lo que los terroristas quieren: aumentar los poderes estatales de control y restringir severamente las libertades, llamar a un referendo sobre la pena de muerte (como lo pide Marine Le Pen) y aumentar la cacería de brujas y el asedio contra la comunidad musulmana, en general pacífica y la que más sufre con este tipo de episodios. Esta respuesta no solo traiciona los principios que diferencian una sociedad liberal, tolerante y plural de un régimen fundamentalista o totalitario, sino que resulta totalmente contraproducente. Los jóvenes maltratados o humillados por los movimientos xenófobos se encuentran en un mayor riesgo de migrar a los movimientos fundamentalistas.

Por el otro lado, hay quienes sostienen que para evitar este tipo de actos hay que regular a la prensa y prohibir la blasfemia y toda otra forma de burla contra sentimientos legítimos de comunidades o grupos sociales. Esta respuesta no solo es inútil para lograr la finalidad perseguida (mayor tolerancia y menos violencia) sino que genera efectos perversos. Para comenzar, la mayoría de los países que prohíben la blasfemia son aquellos en los cuales los líderes religiosos son también líderes políticos. Así, logran evitar cualquier discusión sobre la forma como ejercen el poder, inhiben la crítica y pueden mantenerse indefinidamente al mando. Pero incluso si se aceptara que hay instituciones o creencias dignas de ser protegidas contra la burla, la pregunta es ¿quién fija el límite entre la crítica y la ofensa? O ¿cómo se define que creencias o instituciones deben ser protegidas y cuáles no?

Con este argumento, por ejemplo, debería censurarse La última tentación de Cristo que para algunas personas es una blasfemia que tergiversa el Evangelio y ofende sentimientos religiosos. Con este argumento a los más importantes caricaturistas venezolanos les han abierto procesos penales o los han echado de su trabajo.

Las personas tienen el derecho a que el Estado proteja su libertad de culto o de opinión política, y a escoger lo que quieren leer o debatir, pero no tienen derecho a que el Estado impida que otras personas critiquen —como bien les parezca— esas creencias o las instituciones que las representan. Y la contrapartida es que quienes se sienten ofendidos tienen también el derecho de responder y rebatir. Cualquier otra salida daría lugar a leyes ambiguas que, como en los casos mencionados, son utilizadas discrecionalmente para convertir a los críticos en delincuentes y censurar a los medios. En ningún caso conocido estas leyes han generado más o mejor democracia. Ese límite, si fuera necesario, se impone en otro espacio de la esfera pública pero no en las leyes sancionatorias y mucho menos en el derecho penal.

Ninguna de esas respuestas es éticamente aceptable o políticamente útil para defender la democracia en un régimen constitucional abierto. Como lo hicieron las decenas de miles de personas que salieron a la calle el miércoles, creo que perder el miedo, seguir publicando, fortalecer la deliberación y proteger valores que parecen en desuso como el pluralismo y la tolerancia son las mínimas condiciones para impedir que el terrorismo logre sus objetivos y que los extremistas, del lado que sea, saquen réditos de una barbarie como la sufrida por Charlie Hebdo. Y creo también que esta es la única manera de honrar la memoria de las 12 personas asesinadas.

*Por Catalina Botero, Exrelatora para la Libertad de Expresión de la OEA
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