Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1996/06/24 00:00

CIAO, BAMBINO

LAS AUTORIDADES ITALIANAS PREVIENEN CONTRA EL EXCESO DE EUFORIA POR LA CAPTURA DE GIOVANNI BRUSCA. LA LUCHA CONTRA LA MAFIA, DICEN, DEBE CONTINUAR.

CIAO, BAMBINO

Un extraño impulso hizo que Giovanni Brusca decidiera que esa noche del pasado lunes 20 de mayo, después de la cena, su familia se sentara con él a mirar una película de televisión sobre la muerte del juez antimafia Giovanni Falcone. Tal vez le movía algo de secreto orgullo, o tal vez era sólo la curiosidad por ver qué tanto sabían los realizadores sobre la verdad del asesinato. Porque nadie como Brusca estaba mejor autorizado para decirlo, pues según todos los indicios que obran en manos de las autoridades italianas fue él mismo quien apretó el botón del detonador que voló con 600 kilos de dinamita a Falcone, a su esposa y a tres guardaespaldas en Palermo una tarde de mayo de 1992. Pero Brusca no llegaría a ver el programa. En ese momento irrumpieron en su villa costera de Agrigento, en el suroeste de Sicilia, varias decenas de policías enmascarados que le arrestaron junto con su hermano Vincenzo. Esos mismos uniformados celebrarían la operación frente a su cuartel en Palermo como el éxito más importante del gobierno italiano contra la organización criminal conocida como la Cosa Nostra. El asesinato de Falcone, y dos meses más tarde el del juez Paolo Borselino, produjeron un impacto tan grande en la opinión pública que el Estado italiano lanzó desde entones una ofensiva demoledora contra la mafia. Pronto comenzaron a caer simples 'soldados', jefes intermedios y capos, entre ellos Salvatore Riina, capo di tutti cappi de Sicilia; su cuñado Leolucca Bagarella y Nitto Santapaola, jefe regional de Sicilia. Esa serie de reveses permitió a Brusca, de apenas 39 años, ascender hasta convertirse en uno de los hombres más importantes de ese submundo paraestatal que es la mafia italiana. Para ello se apoyó en el 'mérito' de haber dirigido la serie de bombazos lanzada en Milán, Roma y Florencia, con la cual la mafia pretendía detener la ofensiva estatal en su contra. De esa racha los italianos no olvidan en especial el atentado de Florencia, que causó daños irreparables a la Galería de los Uffizzi y a la herencia cultural guardada allí. Por lo demás, el prontuario de Brusca incluye el asesinato de Ignazio Salvo, un hombre de negocios vinculado con la mafia, y el estrangulamiento, presumiblemente por sus propias manos, del hijo de un informante que había revelado importantes secretos de su organización. Según parece, Brusca mantuvo al niño secuestrado durante dos años y al final, cuando el menor tenía 11, lo ahorcó y disolvió su cuerpo en ácido. Con todos esos antecedentes resulta explicable que los policías hayan celebrado con sus armas en alto y que la opinión pública italiana recibiera la noticia con satisfacción. Pero el ministro del Interior, Giorgio Napolitano, salió al corte del excesivo optimismo. El funcionario advirtió que la captura no significa la muerte de la Cosa Nostra y que la lucha debe seguir "sin bajar la guardia". El reemplazante de Falcone, el juez Giancarlo Caselli, reafirmó las palabras de Napolitano al decir que "la mafia no es algo pasajero, sino algo endémico, por lo que la lucha continúa".

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