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| 10/5/2013 5:00:00 AM

Todos pierden en EE.UU. con el cierre del gobierno

La clase política estadounidense juega con fuego tras la negativa republicana a aprobar el presupuesto.

La Galería Nacional de Arte, en Washington, cerrada. La Nasa, cerrada. La Estatua de la Libertad, que en Nueva York se erige como uno de los símbolos de Estados Unidos, cerrada. Así ha sido esta semana el panorama de los principales monumentos norteamericanos, todo ello como consecuencia de que unos 800.000 trabajadores del gobierno federal debieron quedarse en sus casas desde el amanecer del martes. No había cómo pagarles el sueldo.

El origen de semejante lío fue que la oposición del Partido Republicano, mayoritario en la Cámara de Representantes, se negó a aprobar el lunes el presupuesto. Pedía a cambio que Barack Obama aplazara la puesta en marcha de la reforma a la salud, llamada popularmente Obamacare, que es ley desde el 2011. El presidente se negó. Lo peor del caso es que, si el ambiente de tensión política en Washington sigue así, en dos semanas puede afectar seriamente la economía mundial. ¿Quiénes son los culpables? Para los gringos, la respuesta está como en el juego de la perinola: “Todos pierden”.

¿Cómo se llegó a semejante situación? Muy sencillo: los republicanos, azuzados por los representantes del ultraconservador Tea Party (Partido del Té), convencieron al presidente de la Cámara, John Boehner, de que le torciera el brazo a Obama al condicionar la aprobación del presupuesto, cuya fecha límite era el 30 de septiembre, a que el Estado no dedique parte de los impuestos a financiar los seguros médicos de un sector de la población. Obama no se dejó. 

Al fin y al cabo, su mayor legado desde que llegó al poder ha sido la reforma a la sanidad, por la cual unos 30 millones de estadounidenses con ingresos inferiores a 28.000 dólares al año y que carecen de un seguro de salud podrán conseguir uno con ayuda estatal. 

“El Congreso tiene dos obligaciones: darle luz verde al presupuesto y pagar las cuentas”, afirmó Obama, señalando con dedo acusador a Boehner, para luego agregar: “Este cierre lo que busca es torpedear el esfuerzo de darles protección a muchos ciudadanos. Decenas de miles de personas mueren cada año porque no la tienen”.

El desencuentro entre Obama y Boehner produjo efectos inmediatos el martes por la mañana. De los casi 1.700 empleados de la Casa Blanca, 436 no fueron a trabajar. Lo mismo pasó con la mitad de los 800.000 empleados civiles del Departamento de Defensa, con el 15 por ciento de los 114.000 empleados del Departamento de Justicia y con más de la mitad de los 78.000 empleados del Departamento de Salud. El cierre le cuesta al país casi 300 millones de dólares diarios. 

Y aunque suene increíble, no se trata de un fenómeno sin precedentes. Desde 1976 ha habido 17 episodios similares, el último de las cuales se vivió entre diciembre de 1995 y enero de 1996, cuando el Congreso presidido por el republicano Newt Gingrich, jefe de las mayorías de entonces, le puso palos en la rueda a la financiación del Medicare, el sistema por el que reciben ayudas las personas mayores de 65 años. Tuvieron que transcurrir 28 días hasta que Gingrich fumó la pipa de la paz con el presidente Bill Clinton y se reabrió el gobierno.

En esta ocasión, más allá de las pérdidas para la economía y para los trabajadores que no recibirán sueldo los días del cierre, lo cierto es que en la polarización que se respira en la política de Washington nadie gana con este desastre. Al contrario: los ciudadanos reparten las culpas. 

Según una encuesta publicada el jueves por el prestigioso Centro de Investigaciones Pew, el 39 por ciento de las personas creen que los grandes responsables son los republicanos, el 36 por ciento de los consultados le echan el agua sucia a Obama y un 17 por ciento adicional cree que la Casa Blanca y las huestes de Boehner son culpables por partes iguales. 

En otro sondeo de CBS News, el 44 por ciento de la gente responsabiliza a Obama, el 35 por ciento a los republicanos y el 17 por ciento a todos. Por otro lado, hay también quienes consideran que otra de las causas de la parálisis es el sistema de pesos y contrapesos de la democracia gringa (Checks and Balances en inglés), heredado de Montesquieu en el siglo XVIII, consistente en que los poderes ejecutivo, legislativo y judicial se controlan unos a otros.

Como quiera que sea, no cabe duda de que John Boehner debería sentirse avergonzado por el cierre gubernamental. El presidente de la Cámara (Speaker of the House en inglés) le tiene pavor al Tea Party porque cree que, si no le hace caso, el ala más radical del partido le quitará el apoyo. Por eso se abstuvo incluso de presentar un sencillo proyecto de ley por el cual el presupuesto vigente hasta el lunes pasado habría podido extenderse sin problema. Es lo que en el mundo del Congreso gringo se llama una “continuing resolution”. 

Para el Tea Party, el objetivo principal es echar por tierra la reforma a la sanidad, que fue el buque insignia de la primera campaña presidencial de Obama y que ha sido sin duda su mayor obra de gobierno. Y Boehner anda en las mismas. Ha presidido en la Cámara nada menos que 43 votaciones para acabar con la reforma, todas las cuales se han hundido en el Senado, donde los demócratas son más. 

El Speaker parece olvidar que esa reforma ha sido impulsada por un hombre que ganó las elecciones presidenciales el pasado mes de noviembre, y que esa iniciativa entró en vigor por una ley declarada constitucional por la Corte Suprema de Justicia el 28 de junio del año pasado. Y no parece entender que, por falta de seguro médico, más de 45.000 personas mueren cada año en Estados Unidos.

Obama tampoco se salva en este desbarajuste. Si bien es verdad que es víctima de una ‘cruzada ideológica’ del Tea Party, como él mismo denunció, no ha buscado tanto como debía un acercamiento con Boehner. Fuera de eso, ha aplazado varias veces la entrada en vigencia de la reforma sanitaria, quizá porque, como señalan sus críticos, sabe que tiene puntos débiles. 

Así, pues, “en esta atmósfera de polarización y de cinismo”, tal como le dijo a SEMANA Peter Schechter, director del Programa de las Américas de The Atlantic Council, un prestigioso think tank en Washington, “parece que estuviéramos en una pelea de niños donde todos pierden, aunque, si pasan varios días, más los republicanos”. 

Para Eric Farnsworth, vicepresidente del Council for the Americas, otro tanque de pensamiento, “si hay un ganador lo sabremos en las elecciones legislativas del año entrante y en las presidenciales de 2016, pero entre tanto pienso que la peor parte, en la relación costo-beneficio, se la lleva el Tea Party”. 

Como si todo eso fuera poco, lo acontecido hasta ahora podría agravarse si antes del 17 de octubre persiste el desacuerdo entre la Casa Blanca y los republicanos. Ese día vence el límite para que el Congreso, a petición del Ejecutivo, aumente el techo de la deuda. En otras palabras, que dé la bendición para que el país pueda endeudarse hasta en 16,7 billones de dólares (es decir, millones de millones). 

El lío es que de momento no se vislumbra ningún contacto entre Obama y Boehner. Y como advirtió el jueves la directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Christine Lagarde, “eso podría causar un daño muy serio no solo a la economía de Estados Unidos sino del mundo”. ¿Llegará tan lejos la crisis? Puede que no. Pero hace 15 días tampoco parecía fácil que se cerrara el gobierno gringo.

Aparte de todo, la muerte de una mujer enfrente del Capitolio el jueves, en un confuso y aterrador episodio callejero con la Policía, acabó de darle al ambiente de la capital estadounidense un tono de lúgubre tensión. Porque, como dice la Ley de Murphy, toda situación mala es susceptible de empeorar.
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