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| 9/12/1994 12:00:00 AM

CLINTON EN BAJA

Nuevo desarrollo de la investigación por el caso Whitewater completa una pésima temporada para el presidente estadounidense.


DICE UNA DE LAS LEYES DE Murphy que cuando algo puede ir mal, irá mal. Y eso parece ser lo que le está pasando al presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, quien no las tiene todas consigo. El mandatario se creía virtualmente libre de la sombra del escándalo Whitewater, pero el nombramiento de un nuevo investigador podría llevar ese caso a profundidades insospechadas.
Clinton sabe que su reelección (símbolo del éxito de un presidente en Estados Unidos) sólo es posible si logra la aprobación de su reforma al sistema federal de salud, que fué la espina dorsal de su programa de gobierno. Y esa aprobación está embolatada, entre otros factores, como consecuencia indirecta de los problemas éticos implícitos en la investigación del escándalo Whitewater, cuya amenaza sigue pendiendo sobre la cabeza de Clinton.
El asunto Whitewater estalló en octubre de 1993, cuando se inició una investigación sobre la financiera Madison Guaranty, de propiedad de un antiguo socio de los Clinton en una fallida compañía de construcciones, la Whitewater Development Company. Según la acusación, antes de quebrar, Madison Guaranty había transferido ciertas sumas de dinero a la campaña de Clinton por la gobernación de Arkansas en 1984.
Clinton asumió el problema con una actitud olímpica de nada ha pasado aquí. Inicialmente se negó a permitir que se nombrara un investigador independiente. No obstante el 12 de enero de este año, abrumado por la presión política, ordenó a su fiscal, Janet Reno, el nombramiento de ese funcionario. Reno escogió a Robert Fiske, un abogado republicano.
Fiske determinó, entre otras cosas, que la muerte de Vincent Foster, -cercano amigo de Clinton que se suicida por "no resistir las presiones de la vida en Washington"- no tuvo nada que ver con el caso y, por otra parte, jugó bastante bien en las manos de la administración. Pero ahora, basado en una nueva ley, un panel de jueces determinó que la elección de Fiske no garantizaba su imparcialidad. En su reemplazo nombró a otro republicano, éste sí caracterizado por su independencia: Kenneth Starr.
Ese nombramiento ha contribuido a los desvelos de la Casa Blanca. Starr podría comenzar de nuevo el proceso y tiene en su curriculum detalles que no gustan al gobierno: fué procurador general en el gobierno de George Bush y ha sido uno de los mayores críticos de los abogados de Clinton en su otro gran escándalo: la acusación de acoso sexual que le hizo una antigua empleada del estado de Arkansas cuando el Presidente era gobernador. -
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