Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1987/06/08 00:00

COMIENZA EL DESTAPE

La declaración del general Secord ante el Senado compromete a Reagan en el envío del dinero de las armas de Irán a los contras.

COMIENZA EL DESTAPE

La sala de audiencias del Senado estaba repleta el martes. No era para menos: comenzaban las sesiones sobre el mayor escándalo de seis años de gobierno del presidente Ronald Reagan. Y comenzaban en el mismo lugar y con algunas características similares a las audiencias del caso Watergate que, hace catorce años, determinaron la caída del entonces mandatario Richard Nixon. Al igual que en ese caso, más allá del esclarecimiento detallado de todo lo referente a la venta de armas al gobierno de Irán y el posterior traspaso de las utilidades a los contras nicaraguenses, lo que se espera resolver es cuánto sabía el Presidente. Aunque, en el caso de Reagan, es importante esclarecer también desde cuándo lo sabía.
De hecho, lo más destacado del primer testimonio, el que of reció a partir del martes el general retirado de la Fuerza Aérea, Richard V. Secord, fue precisamente algo que podría suministrar las primeras claves para resolver esos interrogantes. Secord, un militar de 55 años ligeramente obeso, especialista en operaciones encubiertas y a quien la revista Newsweek describió como alguien fácilmente identificable "por todo aquel que lea novelas de espionaje", aseguró desde un principio que se sentía orgulloso de lo que había hecho y aclaró que para ello había contado con aprobación gubernamental .
En el segundo día de declaración, el general soltó la bomba que muchos estaban esperando. Recordando sus encuentros con el coronel que es considerado como el cerebro de toda la operación y que en esos días era asistente del Consejo Nacional de Seguridad, Secord relató: "Escuché a Oliver North, en forma ocasional y, en mi opinión, con vena humorística, anotar que, en algunas con versaciones con el Presidente, había mencionado que era muy irónico que parte del dinero del Ayatollah hubiera sido usado para sostener a los contras. Si verdaderamente él le dijo eso al Presidente o si bromeaba conmigo, no estoy seguro. No me lo dijo en un sentido que yo haya tomado como una broma". Como si fuera poco, Secord aseguró que el consejero de Seguridad John Poindexter, otro de los impiicados en el caso, le expresó su satisfacción por el trabajo que el general estaba desempeñando y le dijo que "el Presidente también está contento".
Reagan no se quedó callado. Pocas horas después, mientras le llovían preguntas de los periodistas en los jardínes de la Casa Blanca -allí mismo donde a mediados de noviembre negó rotundamente que la venta de armas a Irán hubiera sido un canje por rehenes- respondió sobre los dineros a los contras: "Yo no sabía nada... y todavía estoy esperando para saber a dónde fue ese dinero ". La respuesta fue contundente, pero no por ello convenció. Los meses de escándalo no han pasado en vano para él, y su credibilidad está en el punto más bajo desde que asumió la Presidencia.

LA FURIA DE TAMBS
Y mientras esto sucedía y crecía la expectativa frente a lo que puedan ser las futuras revelaciones de otros testigos de importancia en las audiencias del Senado, a la administración Reagan le surgia otro problema, no en comites del Congreso, sino en las primeras planas de la prensa, donde el ex embajador en Costa Rica y muy recordado en Colombia, Lewis Tambs, se defendía disparando contra los funcionarios del gobierno que han querido presentar sus actividades de apoyo a los contras como si las hubiera llevado a cabo por iniciativa propia.
Desde hacia varias semanas se venia rumorando que Tambs estaba furioso por la forma como funcionarios de la CIA y el Departamento de Estado se estaban lavando las manos en la cuestión del respaldo ilegal a los contras. Estos rumores se concretaron a principios de la semana pasada, cuando el ex embajador y profesor de la Universidad de Arizona se destapó en una entrevista concedida al New York Times.
Tambs, quien renunció en enero a su cargo en San José en medio de las acusaciones sobre su participación en el suministro de armas a un frente de los contras basado en territorio costarricense, aseguró que todo lo hizo por órdenes directas y específicas de funcionarios de alto rango del gobierno en Washington. "Ahora la gente que nos dio las órdenes nos trata de pintar como si hubiéramos actuado por cuenta propia", declaró Tambs antes de calificar esa actitud como "infame". La verdad es que los funcionarios de la CIA y del Departamento de Estado con quienes Tambs sostiene haber tenido contacto, han negado cualquier participación con la operación encubierta de apoyo a los contras, y al igual que otros funcionarios interrogados, han dicho que toda la operación estaba en manos del coronel North.
Pero Tambs no está de acuerdo con esto. Según él, aparte de North participaron otros funcionarios, entre ellos, dos muy importantes: Alan D. Fiers, jefe de la fuerza de trabajo de la CIA en Centroamérica, y -otro nombre familiar para Colombia -Elliot Abrams, subsecretario de estado para asuntos latinoamericanos y jefe inmediato de Tambs. El ex diplomático declaró al Times que las órdenes que recibió hablaban de un apoyo logistico a los contras y a los norteamericanos que estaban llevando armas y otros suministros a los contras basados en Costa Rica. Sus superiores también le pidieron que persuadiera al entonces presidente de ese país, Luis Alberto Monge, de que permitiera el funcionamiento de una pista secreta al sur de la frontera con Nicaragua. Monge lo autorizó, pero la operación de esa pista se suspendió con la llegada al poder del presidente Oscar Arias. Sin embargo, el movimiento de aviones continuó, según Tambs, pues estos sobrevolaban territorio costarricense y dejaban caer sus cargamentos sobre el campamento contra.

LOS SECRETOS DE CASEY
En medio de todas estas revelaciones, el desarrollo de la investigación sufrió un duro revés. El martes, mientras el general Secord comenzaba a "cantar" en la audiencia del Senado, William Casey, director de la CIA durante toda la operación y quien había abandonado su cargo a principios de febrero después de que los médicos le hubieran extirpado un tumor maligno en el cerebro, murió.
Casey era uno de los hombres que, según los conocedores, mejor conocía los detalles y la envergadura de la operación Irán-contras. En una declaración ante el Congreso hace algunas semanas, Casey había admitido que la CIA había estado envuelta en las ventas secretas de armas a Irán, antes de que el Presidente lo autorizara en forma oficial. Pero nadie duda que en esa declaración ante el Congreso, Casey no había dicho sino una mínima parte de lo que sabía. De nuevo, el testimonio de Secord la semana pasada en el Senado ofreció algunas claves sobre esto. Segun el general, él se entrevistó tres veces con Casey y con otros funcionarios de la CIA, para tratar "en forma rutinaria" las operaciones de ayuda a los contras, poco después de que el Congreso lo prohibiera expresamente.
Claro que no resulta obvio que, de no haber muerto, Casey lo hubiera contado todo. En todo caso tenia el entrenamiento suficiente como para guardar secretos y para guardarlos, precisamente, hasta la tumba. Durante la Segunda Guerra Mundial, se había desempeñado como jefe de las operaciones secretas de inteligencia en Europa, y había estado a cargo de la infiltración de agentes (incluido él) en la Alemania nazi.

SEIS AÑOS DE PIRUETAS
Pero ni siquiera la muerte de Casey detuvo la oleada de revelaciones de la prensa norteamericana la semana pasada. Uno de los aspectos en que más pudieron avanzar los lectores norteamericanos en el caso Irán-contra fue el de los antecedentes de las operaciones encubiertas en Nicaragua, Honduras y Costa Rica. El New York Times y otros medios de comunicación revelaron la existencia del Restricted Interagency Group (RIG), una especie de animal de varias cabezas a través del cual la CIA, el Departamento de Estado, la Casa Blanca y el Pentágano, se cranearon la forma de evadir las restricciones impuestas por las leyes y por el Congreso.
Las actividades del RIG datan de seis años atrás y según un ex funcionario que estuvo muy cerca de sus actividades, "este grupo era experto en usar sus vínculos personales con los militares y con el personal de inteligencia para enviar ayuda a los contras por debajo de la mesa y, en algunos casos, para eludir el espíritu de las prohibiciones del Congreso".
Una de esas actividades fue la llamada "rebaño de elefantes", un plan de 1983 destinado a obtener que algunos aviones militares fueran declarados como exceso de inventario para poderlos entregar a los contras. Esta pirueta eludió la prohibición que el Congreso había impuesto para ese año, según la cual la ayuda a los contras no podía exceder los 24 millones de dólares. Lo interesante de estas revelaciones es que, según congresistas e investigadores consultados por la prensa norteamericana este tipo de actividades crearon un clima que determinó que el engaño se convirtiera en un recurso permanente para evadir las leyes y los límites impuestos por el Congreso.
Y una vez más viene la pregunta: ¿qué tanto sabían de esto los altos funcionarios, incluidos el vicepresidente George Bush y el presidente Reagan? Sobre Bush hay una buena pista: una nota suya apareció entre los documentos del archivo de North, documento que éste y su escultural secretaria Fawn Hall no alcanzaron a quemar. Se trata de un mensaje de noviembre de 1985, cuando surgieron las primeras preguntas en la prensa sobre la ilegalidad de las actividades de North, en el que Bush le ofrece cálidos agradecimientos "por todo el trabajo" que North había venido haciendo para los contras. Aunque no se sabe a ciencia cierta a qué trabajos se refiere Bush, no es difícil presumir que, teniendo en cuenta que los trabajos que North hizo en ese campo fueron precisamente los que hoy se cuestionan por ilegales, el vicepresidente haya sabido algo al respecto. En cuanto a Reagan, teniendo en cuenta que ya se estableció que hubo actividades oscuras desde 1981, las cosas se complican pues difícilmente pudieron haberse dado sin que él hubiera sabido aunque sea algún detalle.
Por lo pronto, el ritmo de las revelaciones en torno al caso Irán-contras no parece detenerse. Y eso que hasta ahora solo se han efectuado las primeras audiencias en el Senado, y está por verse lo que se conocerá cuando declaren el coronel North, Poindexler, el ex asesor de Seguridad Robert Mc Farlane, el negociante de armas Albert Hakim, el ex secretario de la Casa Blanca Donald Reagan, el procurador Edwin Meese y hasta la secretaria Hall. ¿Cuántos más, como indirectamente lo hizo Secord, comprometerán a Reagan?


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