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| 11/12/2011 12:00:00 AM

Como si fuera Somoza

La reelección de Daniel Ortega, conseguida en elecciones poco claras y tras manipular al Estado, recuerda a la dinastía dictatorial que él mismo ayudó a derrocar.

Que Daniel Ortega iba a salir reelegido era un secreto a voces. Para ello era suficiente la alta aceptación que había labrado con un asistencialismo populista muy difícil de derrotar en un país tan pobre. Solo que para lograrlo, el exjefe guerrillero había puesto la maquinaria gubernamental al servicio de sus ambiciones, incluido un fallo de la Corte Suprema para pasar por encima de la Constitución y así quedarse en el poder. Por eso nadie se sorprendió cuando sus partidarios del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) empezaron a festejar varias horas antes de que se cerraran las urnas.

El asunto es tan escandaloso que tiene al país conmocionado con miles de personas en las calles y varios muertos en enfrentamientos partidistas. Para empeorar las cosas, el gobierno obstaculizó el trabajo de los observadores internacionales, lo que estimuló las denuncias de fraude de sus opositores, encabezados por Fabio Gadea, de la Alianza Partido Liberal Independiente. Ni los unos ni los otros se explican el tamaño de la diferencia, que superó a la que reflejaban las encuestas más oficialistas. Según el conteo oficial, Ortega obtuvo el 64 por ciento de los votos frente al 30 por ciento de su rival, lo que para Gadea "no refleja la voluntad del pueblo sino el poder del Estado".

Las anomalías comenzaron antes de las elecciones, cuando las autoridades no les entregaron las cédulas a cientos de votantes. Según el observatorio electoral nicaragüense Voz y Voto, sufragaron muertos, en muchas mesas no hubo recuento, algunas cerraron antes de tiempo, unos centros electorales nunca publicaron los resultados y las pocas misiones internacionales presentes no tuvieron libre acceso a todos los lugares de votación. Una cadena de irregularidades que en muchos países hubiera sido suficiente para anular los comicios, algo que pide con insistencia Gadea.

Y es que desde hacía meses era claro que el Consejo Supremo Electoral (CSE), que vigila y regula todo el proceso, no era un órgano independiente. En enero de 2010, Ortega expidió un decreto presidencial en el que extendió de facto el periodo de varios altos funcionarios a los que se les había terminado su mandato constitucional. Entre estos, los magistrados del CSE, dominado por el sandinismo.

Además, la Carta prohíbe la reelección inmediata y que alguien pueda ser presidente tres veces. Pero la Corte Suprema, también dominada por los sandinistas, declaró inaplicable la norma con el increíble argumento de que la prohibición iría en esta oportunidad contra los derechos humanos de la mayoría de los nicaragüenses. Por eso, la misión de la Unión Europea aseguró que "lamentamos que la actuación del CSE no estuvo a la altura. Es indudable que el señor Ortega ganó las elecciones, pero no sabemos qué hubiera pasado sin todas esas trampas y zancadillas".

Pocas horas después del anuncio de los resultados, en medio de consignas como "Se las robaron", "Democracia sí, dictadura no" y "Robo a luz del día", cientos de personas salieron a protestar. Aunque el llamado era para hacer una manifestación pacífica, se presentaron disturbios que terminaron con la muerte de seis personas, varios heridos y docenas de detenidos.

Ortega ya no necesita ni siquiera hablar con la oposición, pues según los últimos conteos el FSLN tendría 62 de los 90 diputados del Congreso, órgano que hasta ahora le había sido esquivo. Una aplanadora con la que los sandinistas pueden aprobar cualquier ley y reformar la Constitución a su antojo. Ortega, además, controla la Corte Suprema de Justicia, que dirige el poder judicial. Por eso, varios columnistas, como Carlos Chamorro, de la revista Confidencial, no dudan en advertir que "la reelección de Ortega representa un grave peligro para los escasos espacios democráticos".

Pocas horas después de su victoria, Ortega le dedicó su triunfo a Hugo Chávez, que desde Venezuela le ha enviado casi 500 millones de dólares por año y barriles de petróleo a bajo precio. Ahora, convencidos de que su país se convertirá en un protectorado de Caracas, muchos nicaragüenses recuerdan que la dinastía Somoza, que lo dominó por 60 años como si fuera su hacienda y bajo la influencia de Estados Unidos, hizo muchas veces lo mismo que Ortega. Y logró convertir a Nicaragua en el país más pobre de América Latina.
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