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| 9/17/2001 12:00:00 AM

Como para Kafka

La vida de los argentinos se complicó al extremo con unas medidas gubernamentales que tal vez no puedan salvar su economía.

Con la negativa del FMI a entregar 1.264 millones de dólares a la Argentina para cubrir los vencimientos de la deuda externa de diciembre, el riesgo país en más de 4.000 puntos, la inminencia de un default, una huelga general convocada para esta semana y la desconfianza en el gobierno rompiendo todos los récords este país está rodando por un precipicio

El viernes 30 de noviembre fue negro. Los rumores sobre devaluación, cesación de pagos o feriado bancario, seguido de congelamiento de depósitos, se adueñaron de la city porteña. El riesgo país pasó los 3.500 puntos. Las tasas de interés treparon hasta el 900 por ciento. La gente se abalanzó a los bancos a retirar su dinero. En sólo dos días del sistema financiero se retiraron 1.000 millones de dólares, luego de haber perdido un 20 por ciento del total de depósitos en este año. Muchos bancos ya no tenían recursos para satisfacer a los ahorradores.

Ante la posibilidad de una quiebra del sistema financiero el gobierno decretó que a partir del 3 de diciembre los argentinos sólo podrán disponer de 1.000 pesos en efectivo por cuenta bancaria por mes, o 250 por semana, y utilizar el resto de su dinero a través de cheques, tarjetas de crédito, débito o transferencias, a la vez que los depósitos y los créditos en pesos se dolarizan, se prohíben las transferencias al exterior y se limita a 1.000 dólares la cantidad que cada ciudadano puede sacar del país.

Durante la semana el gobierno flexibilizó la medida al permitir a los asalariados retirar de una sola vez 1.000 pesos. Pero la restricción de 250 dólares por semana continúa para los que no reciben su sueldo en una cuenta de ahorros o para los que reciben más de eso. Si bien esta cantidad es mucha plata para la mayoría, para la clase media la limitación al uso de efectivo es paralizante.

La penetración de la banca en Argentina es muy inferior a la de Brasil o Colombia, ni qué hablar de Europa. En las pampas australes una chequera es un privilegio de altos profesionales. Por eso, como si Kafka escribiera el libreto, la vida cotidiana se ha complicado hasta el infinito: los que no tienen chequera deben hacer cola en el banco y pedir una transferencia para pagar el arriendo, el colegio de los hijos o las facturas de los servicios públicos. Otros tienen que solicitar la apertura de una cuenta de ahorros para cobrar sus salarios y hasta los más acomodados se lamentan de que los 250 dólares semanales apenas les alcanzan para llenar el tanque de gasolina de la 4X4.

Para los pequeños negocios es la muerte. ‘The end’, dice un aviso en un almacén de muebles en la Avenida Maipú. ‘Nos vamos’, se puede ver en las vitrinas de la calle Florida. Es que la gente, privada de efectivo, preferirá los supermercados y los centros comerciales donde tengan la maquinita Posnet que permite pagar con tarjetas. Los que no la tienen bien pueden ir cerrando, como decidieron las decenas de personas que hacían fila el miércoles en las oficinas de la Administración de Impuestos de Boulogne, en el norte del gran Buenos Aires, para dar de baja sus negocios.

Paradójicamente, el 30 de noviembre fue el día en que el gobierno tuvo un éxito en la renegociación de su deuda externa, al aceptar los acreedores locales cambiar 50.000 millones de dólares en bonos del Estado por otros nuevos con un interés más bajo (7 por ciento).

Ahora vienen tres meses de renegociación con los acreedores externos. Un default de la deuda argentina, de 132.000 millones de dólares no sólo sería la mayor cesación de pagos de una nación, sino que sus consecuencias se harán sentir en todo el mundo en desarrollo. El problema es que, con una huida de depósitos del 20 por ciento en un año, con un peso atado al dólar mientras que el principal socio comercial, Brasil, ha devaluado un 300 por ciento en los últimos años, con una recesión que ya entra en su cuarto año, con uno de cada seis argentinos desempleados, un gasto estatal que pasó de 29.000 millones de dólares en 1992 a 37.000 millones en 1999 y sin crédito externo el margen de acción es casi nulo.

Roque Fernández, ex ministro de Economía, coincidió con The Financial Times en que “la convertibilidad ya se abandonó. Nadie va a traer inversiones si no las puede sacar y nadie va a poner plata en un banco si no la puede sacar”.

Como si todo esto fuera poco, el Fondo Monetario Internacional le bajó el pulgar a Cavallo. Apretando más el torniquete el FMI exigió que las cuentas cierren y que el presupuesto de 2002 garantice cortes sangrientos en los gastos estatales, algo que la clase política todavía no se ha mostrado dispuesta a aceptar.

De la Rúa y Cavallo podrían tener sus días contados. La oposición peronista está convencida de que el presidente no llegará a 2003 y se prepara para tomar las riendas del poder, como lo demuestra su decisión de imponer al senador Ramón Puerta como presidente del Senado, que es el sucesor presidencial ante la falta de vicepresidente.

Si el país logra atravesar esa delgada línea roja entre el default programado y el default a secas, si los depósitos vuelven a sus propietarios o son definitivamente confiscados, si se dolariza o se devalúa, si De la Rúa y Cavallo se van, es algo que se sabrá rápidamente. Lo único seguro es que la Argentina está atravesando el Aqueronte hacia el infierno.
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