Sábado, 21 de enero de 2017

| 1987/01/12 00:00

COMPAÑIA ILIMITADA

El lío de la venta de armas a Irán implica cada vez más a los aliados de Washington

COMPAÑIA ILIMITADA

Finalmente el presidente Reagan tuvo que reconocerlo: se cometieron errores. Quién los cometió, cómo y a quién debe responsabilizarse por ello, sigue siendo un enigma. Pero el Presidente dijo lo que desde hace días todos, los congresistas, la prensa, la opinión pública, querían oírle decir: "Es obvio que la ejecución de nuestras políticas (en Irán) tuvo fallas, se cometieron errores".
Aunque lejos de ser una confesión personal o algo por el estilo, la actitud del Presidente en su alocución radial de los sábados fue interpretada como el comienzo de un verdadero acto de contrición. Pero sólo el comienzo. A medida que avanzó la semana se fueron conociendo aún más detalles del Irangate o Contragate, ya nadie sabe cómo llamarlo (ver recuadro), que, como ha venido sucediendo día tras día desde que se destapó el escándalo, siguen dejando la sensación de que se trata de una inmensa bola de nieve que nadie sabe exactamente dónde irá a parar.
Ya no sólo están implicados los israelíes y los árabes sino hasta los japoneses. Los rehenes que se buscaba liberar no eran solamente norteamericanos y Estados Unidos no sólo rompió el embargo contra Irán al venderle armas, sino que además lo hizo a conciencia de que fueron los iraníes quienes pagaron los atentados cometidos en 1983 contra militares y diplomáticos norteamericanos en el Líbano en los que murieron 258 personas.
La prensa siguió siendo señalada como responsable del escándalo, esta vez no por osadía del Presidente, sino nada menos que de su asesor de Comunicaciones Patrick Buchanan; se dieron a conocer más nombres de implicados entre los que se cuentan tres veteranos de Bahía Cochinos, un general retirado y un embajador, y se confirmó que la CIA estuvo metida hasta el cuello.
La desviación del dinero para los "contras" continuó siendo el plato fuerte del caso y el envío de armas soviéticas a los rebeldes antisandinistas a través de Israel, el bocado más amargo de tragar y más al tenor de los últimos enfrentamientos en la frontera entre Nicaragua y Honduras. (ver artículo en esta edición).

La "untada" japonesa
La historia comenzó realmente en la primera semana de julio de 1985, apenas unos días después de la liberación de los rehenes de la TWA en Beirut, el 30 de junio. Hashemi Rafsanjani, líder del Parlamento iraní estaba en Tokio en una visita oficial.
Rafsanjani jugó un importante papel en la liberación de los rehenes en manos del grupo shiita libanés, Hizbullah, y Reagan vio el momento como el más apropiado para expresarle tanto sus agradecimientos como su interés en mejorar las relaciones entre los dos países. Para ello le envió un mensaje secreto a Rafsanjani a través nada menos que del primer ministro del Japón, Yasuhiro Nakasone.
Rafsanjani respondió indicando que favorecía el mejoramiento de relaciones y que precisamente la liberación de los rehenes constituía una muestra de su sinceridad, a la cual esperaba que el Presidente respondiera liberando el embargo de armas que Estados Unidos había decretado contra Irán a la muerte del sha. Así empezó lo que se conoció como Proyecto Recovery, cuyo desarrollo culminó en el escándalo.

La CIA y Cía.
Si bien aún no es muy claro el papel de la CIA en el traspaso del dinero a los "contras", ya nadie duda de su participación y la de su director William Casey en la venta de armas a Irán. Según fuentes consultadas por la revista Newsweek, fue Casey el primero que llevó a los altos circulos de la administración la propuesta y el que convenció finalmente a Reagan de que valía la pena tratar de llegar a un acercamiento con los iraníes moderados.
El dinero de las armas pasó --por lo menos parcialmente-- por las manos de la CIA, que mantiene en Suiza cuentas destinadas a financiar las cruzadas anticomunistas en países como Afganistán, Angola y presumiblemente Nicaragua. Para mantener estos fondos, Casey solicitó donaciones al rey Fahd de Arabia Saudita, al sultán de Brunei, el millonario rey de Borneo y al petrolero de Texas, H. Ross Perot.
Pero, además, un informe del New York Times aseguró a mediados de la semana que Casey supo de la desviación de dinero a los "contras" por tarde en octubre, a través de subalternos suyos en la CIA que descubrieron el traspaso de fondos y se lo reportaron. El procurador general Edwin Meese ha sostenido que sólo el vicealmirante John Poindexter y el coronel Oliver North sabían de la operación y Casey continúa negando que tuviera conocimiento alguno sobre lo que estaba sucediendo, hecho que según algunos congresistas, incluidos varios republicanos, resulta imposible de creer o por lo menos igualmente grave.

Los rehenes israelíes
Esta semana se conoció también que además de la amistad con los Estados Unidos y su propio interés geopolítico en mantener la guerra en el Golfo Pérsico, los israelíes tenían otro interés en los tratos con Irán: buscar la liberación de los soldados israelíes capturados en el Líbano por musulmanes shiítas. El Primer Ministro israelí soltó la bomba en Jerusalén: "Si no se hubiera filtrado información y el asunto no hubiera explotado, hubiéramos podido conseguir la liberación de los soldados secuestrados porque eso estaba incluido dentro del acuerdo con los norteamericanos", dijo en una reunión con miembros de su partido, el Likud, al explicarles las negociaciones.

"¡Qué verguenza!"
Estados Unidos sabía antes de empezar las negociaciones que Irán fue el directo responsable del ataque en el Líbano en 1984 a un cuartel de marines norteamericanos, que dejó un saldo de 241 muertos y del atentado unos meses antes a la Embajada de Estados Unidos en Beirut en que murieron 17 diplomáticos. El gobierno iraní pagó más de un millón de dólares para financiar los actos terroristas y la administración Reagan lo supo a través de mensajes interceptados por sus organismos de inteligencia.
Después de los atentados, Reagan aseguró que Estados Unidos perseguiría hasta encontrar a los autores: "Pueden correr, pero no podrán esconderse", dijo. Pero no necesitaban esconderse. La administración sabía quiénes eran. "Aún así --editorializó el Miami Herald-- los recompensó proporcionándoles los medios para que continuaran desenfrenadamente causando estragos en el Medio Oriente. ¡Qué verguenza!".
Ya en oportunidades anteriores Patrick Buchanan, el director de Comunicaciones de la Casa Blanca, había puesto en aprietos a la administración por sus impertinencias. Pocos olvidan el revuelo que causaron sus acusaciones de antipatriotas a todos aquellos que a la hora de la votación de los 100 millones de dólares de ayuda a los "contras" se negaron a aprobar el proyecto propinándole sus derrotas iniciales. Esta vez, no fue más allá de donde había ido ya su jefe inmediato, el Presidente, cuando en la entrevista a Time acusó a la prensa de ser la responsable de las consecuencias del escándalo y llamó héroe a North. Pero dada la controversia que generaron esas declaraciones, nadie esperaba que Buchanan las repitiera, agregándoles una fuerte arremetida contra los republicanos por "pagarle así al líder que ha hecho más por el Partido Republicano que cualquier otro americano desde Theodore Roosevelt".

No están todos los que son
Nuevos nombres fueron vinculados al escándalo. El secretario de Estado George Shultz reconoció que el general retirado Richald V. Secord, de la Fuerza Aérea, fue una de las figuras centrales en los tratos secretos con Irán. Secord está actualmente bajo investigacíón del Departamento de Justicia por posible fraude, al desviar hacia los "contras" el dinero pagado por Irán. Se cree que en la operación tuvieron que ver tanto el general estrechamente vinculado a la administración como su socio, el iraní Albert Hakim.
Se supo también de la participación del embajador de Estados Unidos en el Líbano, John Kelly, quien mantuvo comunicación con Poindexter cuando era director del Consejo Nacional de Seguridad, a través de la CIA y a espaldas de Shultz. Al conocer por medio del propio Kelly su participación en los contactos, Shultz lo mandó llamar a Washington, donde se espera que testifique próximamente.
Tres ex veteranos de Bahía Cochinos, incluido un cubano reconocido en circulos oficiales como terrorista y mercenario, fueron también vinculados al caso como figuras claves en la conexión con los "contras": Luis Posada Carriles, de quien se dice ha cometido varios actos encubiertos de terrorismo para los Estados Unidos, Félix Ismael Rodriguez, más conocido como Max Gómez, reconocido como amigo del vicepresidente George Bush y Rafael Quintero.

Armas de doble filo
La revelación más sorprendente de la semana fue, sin duda, que los israelíes no sólo enviaron armas a Irán sino también a Centroamérica. Las enviadas al Medio Oriente, según un informe de Newsweek, eran de fabricación norteamericana, mientras las que recibían los "contras" eran en su mayoría hechas en la Unión Soviética y provenían presumiblemente de los arsenales capturados por Israel en el Medio Oriente. Para distribuirlas se usaron bases como la de Ilopango en El Salvador, de donde salió el vuelo de Eugene Hasenfus, el piloto capturado en Nicaragua.
El tráfico de armas en ambas direcciones podría explicar dónde está, si no todo, por lo menos parte del dinero que fue traspasado a los "contras", pero que, según sus líderes, nunca fue recibido.

Comisionitis
El interés público, pero también algo de curiosidad y morbosidad personal, han llevado a que todo el mundo quiera participar en la investigación del escándalo: la prensa, el Senado, la Cámara, el Departamento de Justicia, el FBI y dentro de poco la comisión especial que el procurador Meese le solicitó a la Corte.
Simultáneamente se llevarán a cabo nadie sabe cuántas pesquisas, interrogatorios, solicitudes de documentos, etc. A pesar de que el Presidente ha insistido en que todos los hechos saldrán a la luz pública, el que sus dos principales implicados, North y Poindexter, hayan decidido invocar la 5a enmienda para permanecer en silencio, ha creado cierto clima de desconfianza sobre los resultados que puedan lograrse.
Aun partiendo del supuesto, difícil de creer, de que el Presidente no supiera lo que hacían sus asesores inmediatos, la pregunta que ronda en la mente de los norteamericanos hoy es, ¿qué sabe el Presidente ahora? ¿Por qué no le pregunta lo que sabe a North y Poindexter, que son, según versión de la propia administración, los únicos que lo saben?--

La importancia de llamarse... ¿cómo?
A medida que el escándalo de la venta de armas a Irán ha ido creciendo y adquiriendo nuevas características, también ha crecido otro problema quizás más fútil pero no menos complejo: ¿cómo llamarlo?
La primera palabra que viene a la mente es naturalmente esa, escándalo, que sigue siendo apropiada pero insuficiente para una mentalidad como la norteamericana que, aunque los hechos a veces demuestren lo contrario, busca siempre llamar las cosas por su nombre. Si es que logra encontrárseles uno. Desde Watergate sin embargo, el sufijo gate (cuyo significado --puerta-- no tiene nada que ver) ha sido utilizado para denominar acciones erradas del gobierno que han consternado a la opinión pública. Por eso, cuando se conocieron los primeros detalles del caso, a nadie le sorprendió que la prensa resolviera denominarlo Irangate. Pero a medida que las cosas se fueron complicando, Irangate empezó a ser insuficiente, así que --según el aspecto a que se hiciera referencia, empezaron a derivarse de él otras versiones como Contragate, Armsgate, Budgate (por McFarlane a quien apodan Bud) o Northgate (por Oliver North).
Otro de los nombres favoritos ha sido connection o "conexión". Es así como se menciona la "Conexión árabe", la "Conexión israelí", o en inglés la Contra Connection o la Teheran Connection. Algunas versiones más sofisticadas y también más originales buscaron otro tipo de semejanzas para darle un carácter más intrigante y decidieron darle nombres como Ollie's Follies ("Las locuras de Ollie"), Oliver's Twist ("El enredo de Oliver") o, para aquellos fanáticos de los años 50 y el rock and roll, Buddy-Ollie Story (por West Side Story).
A pesar de la indiscutible imaginación de la gente, ningún nombre parece, sin embargo, satisfacer todas las exigencias como lo hizo en su época el de Bahía Cochinos o el mismo Watergate. No por problemas linguísticos, ciertamente, sino porque en un caso con tantas implicaciones no resulta nada sencillo encontrar una palabra que al tiempo que lo abarca todo, sea lo suficientemente fácil de identificar y pronunciar para todo el mundo, no importa que se hable inglés, francés, árabe, hebreo o español. Así que, mientras llega alguno digno de ser patentado universalmente, este seguirá siendo, sin remedio, el escándalo de los mil y un nombres.-

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.