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| 2/25/1985 12:00:00 AM

CON EL HOMBRE MAS BUSCADO POR EL F.B.I.

Habla líder independentista considerado en USA "enemigo público número 1".

CON EL HOMBRE MAS BUSCADO POR EL F.B.I. CON EL HOMBRE MAS BUSCADO POR EL F.B.I.
(Primera de dos partes)
La Corte Federal de Estados Unidos lo condenó a 10 años en ausencia; la Corte del Estado de Nueva York a 89 (también en ausencia); el juez penal mexicano Hilario Bárcenas lo acaba de sentenciar a 12 años de prisión, esta vez no en ausencia, porque Guillermo Morales (William, según su partida de nacimiento), lleva un año y medio preso en México. SEMANA lo entrevistó hace unos días. Mientras el auto se acerca al penal--el famoso Reclusorio Norte--el periodista repasa mentalmente lo que sabe y lo que desea saber sobre Morales. Sabe, por ejemplo, que es miembro de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), una organización independentista puertorriqueña que inquieta a los servicios de inteligencia de Estados Unidos; que el FBI lo busca denodadamente hace más de diez años y que cayó preso en México, tras un violento tiroteo en el cual resultó muerto su compañero Adelaido Villafranco, un mexicano vinculado a las FALN. En ese tiroteo, que tuvo por escenario un modesto establecimiento gastronómico en la ciudad de Puebla, quedó herido uno de los policías de civil que iban a capturar a los independentistas y murió pocos días después. Será esa muerte, precisamente, la que servirá para inculpar a Morales de homicidio.
"Sentencia aberrante", al decir del Frente Nacional de Abogados Democráticos de México (FNAD), porque el puertorriqueño (nacido en Nueva York) estaba físicamente imposibilitado de manejar un arma, por una sencilla y trágica razón: en 1979 una bomba le convirtió las dos manos en muñones. El periodista sabe también que Estados Unidos ha pedido la extradición de William Morales, a quien acusa de ser un "peligroso subversivo". Y ha escuchado rumores: los norteamericanos habrían propuesto "canjearlo" por el ex jefe policial Arturo Durazo Moreno (alias "El Negro"), a quien mantienen preso en Los Angeles.
El penal, al menos a primera vista, no parece una cárcel. Se asemeja a una escuela secundaria, a una dependencia oficial anodina y despojada de todo dramatismo. Sin embargo alberga a varios presos célebres, como ese dirigente sindical petrolero conocido por el seudónimo de "El Trampas", que, dicen, ha logrado amasar una fortuna cercana a los 300 millones de dólares. Pasamos la inspección sin dificultades. Nos dan una pequeña identificación de metal para poder salir y entramos a patios y jardines aledaños a los pabellones y celdas, que aquí llaman "dormitorios". "Por razones de seguridad", según las autoridades penales, Guillermo Morales está alojado en el Dormitorio N° 10, crujía muy vigilada que suele usarse para castigo y que los reclusos han bautizado "la cárcel dentro de la cárcel". Sin embargo, puede recibir visitas y le permiten que nos espere al final de una galería ílanqueda por espacios abiertos, donde pasean presos y visitantes. Viste una chamarra beige y pantalones haciendo juego (porque esos son los colores permitidos a los presos y vedados a los visitantes).
Nos acercamos. Es un hombre joven, apenas tiene 34 años, pero hay signos de envejecimiento, como las canas que pueblan su pelo moreno y enrulado. En su cara, agradable, simpática, hay también huellas de la bomba que le mutiló las manos, una cicatriz que corta la sonrisa. Una sonrisa extemporánea, para un hombre que acaba de ser condenado a doce años. La comunicación es rápida, sin hielo ni prevenciones. Y Guillermo insiste en invitarnos a almorzar en el pequeño comedor destinado a las visitas, que regentean como concesionarios unos presos colombianos. No hay entrevista durante el almuerzo. Hablamos de la sentencia y la apelación que la defensa presentará el próximo jueves. Antes del café, Guillermo se levantará para comprar los diarios. Los diarios que traen la noticia de su condena. "Está de buen humor" comenta la persona que me ha introducido en el Reclusorio. Y es cierto, tan cierto que todos nos hemos olvidado por un momento del lugar donde estamos conversando...
Pasamos a un salón donde charlan otros presos con sus visitas. Estamos a solas un buen rato, hasta que un desconocido inoportuno se nos sienta en la misma mesa. Disimulamos por un rato y después nos levantamos en busca de un rincón sin indiscretos a la vista. El habla sereno, tranquilo casi sin dureza. El periodista anota febril, página tras página. William (Guillermo por propia decisión), nació en el Condado de Manhattan, en ese "ghetto" puertorriqueño que se llama "El Barrio" y que no es tan simpático y pintoresco como pretenden hacerlo creer algunas famosas películas musicales. Allí se crió junto a su madre, maestra, su padrastro, albañil, y dos hermanos menores. Allí conoció a su compañera. Allí empezó a militar en la causa independentista.
Allí vivió hasta que lo agarró la policía. "Nueva York es una ciudad racista... ¿sabe?", dice en un español perfecto pero extraño, en el que a veces asoman rasgos del stang newyorquino impuesto desde la infancia.
En un español que se enseñó a sí mismo cuando era adolescente, "para recuperar la propia identidad cultural".
Hijo de pobres, a los trece años tuvo que combinar la escuela con el trabajo y se ganó sus centavos empaquetando blusas en una fábrica.
Alguien interrumpe la narración.
Es un preso que vende billetes de lotería. "No hermano, no tenemos lana..." se excusa Morales y agrega, "estamos jodidos". Habla de su madre. Me la imagino. Tenaz, luchando a brazo partido para que el muchacho salga del pozo. "Vivíamos en edificios del siglo XIX... de ésos, ya sabe, que tienen agua caliente en verano y agua frfa en invierno". Se ríe de un modo que inquieta, que incomoda. Sus ojos color café vagan ahora por callejuelas, por sucios tugurios donde impera la droga, el alcohol, la violencia. Por aulas donde los profesores van limando las palabras en español. "Vivíamos como pueblos cautivos dentro del Imperio.
Al lado del "Barrio" había un asentamiento de clase media. ¡Parece mentira! Caminas pocas cuadras y la droga está bajo control y no se ven rastros de violencia. Porque en ese barrio de clase media se reprimfa el tráfico de drogas y en el nuestro se lo alentaba. Como excusa para reprimir. Para justificar esa presencia continua de la policía que está para impedir que te organices. "Ustedes saben que aquí hay mucho crimen... tenemos que estar presentes para protegerlos a ustedes, de ustedes mismos".
Hace una pausa, se queda mirando ese pasado que la entrevista lo obliga a revivir y añade: "Logran eso, que los de una misma raza aterroricen a sus hermanos". Debe haber peleado duro para no convertirse en un lumpen, un delincuente, para estudiar cine y luego Relaciones Internacionales en el Colegio de Nueva York. Lo cierto es que con el estudio accedió a la militancia y a los 18 años, en ese año 68 de las rebeldías mundiales, despertó simultáneamente a las ideas de independencia nacional y justicia social. Pero sus "archivos" permanecerán limpios durante varios años. La militancia estudiantil no es demasiado peligrosa para el establishment.
Su actividad política recién adquirirá un compromiso a fondo (y peligroso), al ingresar, en 1975, a las FALN, creadas un año antes "para combatir al Imperio desde adentro y con todas las armas", tanto las políticas como las militares. Pese a todo, durante tres años seguirá viviendo legal en "El Barrio" hasta esa terrible peripecia de la bomba, que él llama "el accidente" y que determinó su captura por la policía neoyorquina.
Lo llevaron a operar sin demora pero cometieron una falta, una negligencia que para Guillermo fue deliberada: las mitades de sus manos, que se habían desprendido con la explosión, no fueron llevadas al quirófano para intentar un injerto. "Las robaron y las metieron en un frasco con alcohol". Este episodio daría pie a una demanda de Morales contra las autoridades por un millón y medio de dólares en concepto de indemnización. En el mismo hospital donde se recuperaba de las heridas, fue interrogado por un magistrado. La Corte Federal lo acusaba de posesion ilegal de armamentos y explosivos y traslado de armas de un Estado a otro. "La atención médica era deliberadamente escasa. Unicamente me trataban bien las enfermeras porque eran negras".
Apenas estuvo bien lo encercelaron en el famoso penal de la isla de Rickers, que alberga a unos cinco mil presos. Al cabo de un tiempo su defensa logró que lo trasladaran a otro hospital, el Bellevue, para proseguir la terapia en los muñones. En el Bellevue había una guardia permanente frente al cuarto. Además, la habitación estaba en un tercer piso, el hombre no podía valerse de sus manos y por si esto fuera poco, la clínica se encontraba a escasas cinco cuadras de la Academia de Policía. Fugarse en esas condiciones parece una locura.
Pero Guillermo lo hizo.
Fue el 21 de mayo de 1979 y desde entonces hasta su captura en México, el 26 de mayo de 1983, anduvo cuatro años prófugo, buscado por el FBI como "el enemigo público número 1".
La policía y la justicia se indignaron ante el terco desafío de un hombre mutilado que salva tres pisos y todos los controles y ante el cual cometieron el error de juzgarlo dos veces por el mismo delito. ("Y también de haberme acusado de violar una ley antiterrorista que no existe"). Fueron años duros. Capturaron a varios camaradas de William y a su propia compañera, Dylcia Pagán Morales. Inclusive su hijo de cinco años debió ser ocultado en la clandestinidad para eludir la persecución de los agentes federales. Una persecución que no se imitaría a Estados Unidos, que cruzaría el Río Bravo y le daría alcance n la ciudad mexicana de Puebla. (Continuará). -

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