Domingo, 22 de enero de 2017

| 1983/02/28 00:00

CON EL SOL A LAS ESPALDAS

Espíritu de sacrificio pidió el presidente Reagan en su mensaje sobre el estado de la Unión.Pero ¿son factibles sus planes para salir de la crisis económica?

CON EL SOL A LAS ESPALDAS

Al cabo de dos años de recibir el poder, Ronald Reagan se ha visto enfrentado al más implacable y autorizado juez sobre su gestión: la opinión pública. Desmejorada su imagen por la pérdida de confianza sobre sus capacidades para sacar al país de una de las tres depresiones económicas más fuertes en los últimos 100 años, el jefe del Estado necesita, hoy más que nunca, darle a sus conciudadanos esperanzas sobre el porvenir.
Con una economía agobiada por el desempleo, el déficit presupuestal y la recesión, es difícil conservar la fe en la cercanía de mejores tiempos y, en honor a la verdad, son pocos los que, además del presidente, se muestran optimistas. No fue precisamente buena la herencia que le dejara la administración Carter al actual gobierno; sin embargo, a comienzos de 1981 la mayoría de los analistas coincidió en que con ciertos ajustes se podían obtener resultados satisfactorios. Ante ello, la proclamación del plan económico de la nueva administración, basada en la teoría "ofertista" (según la cual el estímulo del gobierno debe concentrarse en las empresas y no en los consumidores), creo desde el primer momento grandes discusiones, pues parte de la opinión consideró que se estaba aplicando el remedio equivocado.
Transcurrido ya cierto tiempo los resultados confirman las primeras objeciones hechas al "Reaganomics". Amén de las implicaciones teóricas de éste, todo parece indicar que se menospreció el exagerado nivel de la tasa de interés -entre 18 y 20% hasta agosto de 1982- en una economía donde una gran proporción de las transacciones implica operaciones de crédito. Más aún, se le dio demasiado peso a los recortes en impuestos personales que, como se ha venido comprobando, favorecen a la gente de mayores ingresos (aquellos que poseen 50.000 o más dólares de renta al año) sin lograr transmitirse en un mayor consumo.
El resultado ha sido nefasto: las mercaderías estadinenses se han encarecido alejando posibles compradores, de manera que se espera un déficit en balanza comercial (exportaciones menos importaciones) el cual debe romper todos los récords.
Haciendo una simplificación de los hechos, es claro que ante un mercado interno deprimido, sumado a una comercialización externa deficitaria, con buena parte de la producción sin vender, las empresas decidieron ahorrar costos mediante la suspensión indefinida de sus trabajadores. Pero al caer la producción, los ingresos por impuestos también disminuyeron y de ahí en adelante cada uno de los elementos: recesión, desempleo y déficit fiscal, interactuó con los demás conformando una cadena de rápidos acontecimientos.
La contracción monetaria que inició el director del Banco de la Reserva Federal desde 1979, Paul Volcker, al igual que la rebaja en los precios internacionales del petróleo, incidió en una notoria disminución de la tasa inflacionaria. Tal vez el único activo a favor de la administración, el incremento de precios, pasó de un 12.4% en 1980 a un 3.9%, en 1982, superando los cálculos más favorables.
Pero, con todo, a pesar de la declinación, el interés real se ha mantenido casi constante, aproximadamente un 7%, lo cual no permite afirmar que las grandes empresas puedan sentirse atraidas a realizar inversiones productivas.
Más que el cumplimiento de un mandato constitucional, el mensaje que el presidente Reagan dirigiera al Congreso norteamericano el pasado 25 de enero, se constituyó en la respuesta oficial de la administración sobre la manera en que se puede resolver la crisis. El mandatario se limitó a pedir a sus compatriotas fe y espíritu de sacrificio mientras se normaliza la situación .

PLANES POCO FACTIBLES
No obstante la admirable facilidad del Presidente para expresar sus ideas enfrente de cualquier audiencia (en este caso las cámaras legislativas y demás norteamericanos que siguieron la transmisión televisada), una vez pasado el entusiasmo inicial que produjeron sus palabras, las dudas surgen de nuevo. La voluntad de congelar los gastos del gobierno federal sin llegar a tocar sino en forma marginal el presupuesto de defensa, demuestra que Reagan se mantiene en sus trece (ver recuadro) en lo que a la lucha presupuestal se refiere.
Con la Cámara de Representantes en contra y el Senado apenas a favor, parece imposible que el Congreso apruebe un presupuesto de tales características, pues si se desea algún avance, es indispensable un acuerdo bipartidista y -ya se ha repetido innumerables veces- los demócratas van a dar la pelea. Puntos similares de discurso adolecen de la aparente falta de contemplación de la realidad por parte de Reagan.
A pesar de las expresiones sentimentales con que matizó sus opiniones sobre el desempleo, las respuestas dadas solucionan los interrogantes a medias. Principalmente, éstas se limitan a una extensión de los beneficios de desempleo y a los programas de entrenamiento y recolocación de trabajadores. En el caso de la primera, que es la solución más urgente, la factibilidad es poca, pues no es claro, cómo se podrá ampliar la ayuda si el dinero actual ya es escaso y se desean recortar los fondos en el futuro.
Uno de los puntos más novedosos del discurso de Reagan, es la intención de bajar los intereses a niveles más adecuados. En una aceptación tácita del descuido en que incurrió en la primera mitad de su mandato, el presidente no parece estar dispuesto a dejar que el prime rate se eleve de nuevo, para lo cual tratará de limitar la independencia del señor Volcker en el asunto. A mediano plazo plantea circunstancias interesantes la decisión de diseñar una agresiva estrategia de comercio exterior.
Mediante estímulos a las empresas exportadoras y la lucha contra las restricciones al comercio mundial, se quiere que Estados Unidos vuelva a recuperar algo del terreno perdido en los últimos años. En resumen, la segunda parte de la administración Reagan se inicia sin los ajustes que se le exigieron a su debido tiempo.

LOS HOMBRES DEL PRESIDENTE
Han sido varios los intentos de modificar el rumbo de la nave del gobierno desde que en la misma Casa Blanca se detectaron los primeros y pocos alentadores resultados del "Reaganomics". No obstante, pese a algunas variaciones menores, el espíritu de las políticas iniciales sigue siendo el mismo. La reticencia para un cambio de curso proviene, como es de esperarse, del presidente Reagan quien en más de una oportunidad ha desoído los consejos del gabinete en el sentido de ser más flexible en su posición, especialmente en dos áreas: los gastos de defensa y la posibilidad de crear nuevos impuestos.
En las escasas oportunidades en que alguna concesión ocurre, Reagan la ha otorgado como solución extrema y previo convencimiento de que no entre en conflicto con sus férreas creencias. Por ejemplo, en agosto pasado cuando se aprobó el incremento de impuestos de 98.3 mil millones de dólares -urgido por los demócratas para hacer menores las proyecciones del déficit- el presidente lo firmó al considerarlo una reforma tributaria sobre normas ya existentes y no una nueva carga impositiva. La compleja personalidad del primer mandatario difiere radicalmente de la de su antecesor. Mientras Carter en los momentos de crisis vivía en la incertidumbre, Reagan es el extremo opuesto y trata de no ceder un ápice en sus dogmas, características que no hacen muy felices a sus consejeros presidenciales. En las materias económicas Donald Regan, secretario del Tesoro, David Stockman, director del Presupuesto y Martín Feldstein, asesor presidencial, han logrado en poquísimas oportunidades cambiar las ideas del jefe del Estado. Inclusive se llega a afirmar que pocas veces se ha visto en la Casa Blanca un equipo de gobierno tan amedrentado por la personalidad del Presidente. Si bien la anterior afirmación puede ser demasiado dura, no se comprende cómo gente que venía precedida de tan amplio prestigio ha tenido tan pobre desempeño.

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