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| 11/5/2001 12:00:00 AM

Con esos amigos...

Al consolidar su bloque contra Osama Ben Laden, Estados Unidos acepta socios poco presentables.

Como un heraldo de la guerra el secretario de Defensa estadounidense, Ronald Rumsfeld, recorrió medio mundo la semana pasada en busca de consolidar las alianzas necesarias para iniciar la campaña contra el terrorismo internacional lanzada por el presidente George W. Bush. El periplo fue interpretado como una señal de que el inicio de las acciones militares contra el régimen Talibán de Afganistán es inminente. Una sensación aumentada por la publicación de las pruebas de la participación de su protegido Osama Ben Laden en los ataques del 11 de septiembre.

Pero también el viaje de Rumsfeld se convirtió en otra demostración de que Bush no quiere dar en este tema puntada sin dedal. Para los estrategas norteamericanos es muy claro que su país debe disipar en el mundo islámico la sensación de que la ‘Libertad Perdurable’ es en realidad una guerra de Occidente contra el Islam pues, de lo contrario, varios regímenes aliados a los que Washington llama “moderados” podrían verse enfrentados a protestas populares a favor de Ben Laden e incluso derrocados por los fundamentalistas.

Lo malo es que ello implica que, mientras Bush caracteriza la guerra contra el terrorismo como una lucha del bien contra el mal y la democracia contra sus enemigos, su gobierno no ha tenido reparos en aliarse con países que no tienen un expediente claro en ese sentido, entre los cuales se incluyen algunos de origen de los terroristas que atacaron el 11 de septiembre. Muchos son Estados fuertemente cuestionados por sus violaciones a los derechos humanos y por sus prácticas antidemocráticas que, en algunos casos, tienen sus propias razones para atacar a Afganistán lejos de antiterrorismo. Estos son apenas algunos ejemplos:

Para empezar está Pakistán, el único aliado que Rumsfield no visitó. Por su ubicación y por el conocimiento del gobierno Talibán y del grupo de al-Qaeda, Pakistán es un país clave para el desplazamiento de tropas estadounidenses y como fuente de inteligencia. Pero ese país es gobernado por el general Pervez Musharraf, quien no sólo derrocó en 1999 al primer ministro democrático Nawaz Sharif, sino que estuvo a punto de fusilarlo. Bajo su gobierno Pakistán se convirtió en un aliado crucial del régimen Talibán y crecieron las tensiones nucleares con su vecina India. Con tal de asegurar su apoyo Washington no tuvo inconveniente en levantar las sanciones por realizar pruebas atómicas.

Y la cosa, hasta ahora, le ha funcionado a Bush. Pakistán prometió colaborar con Estados Unidos permitiendo la instalación de bases militares en su territorio luego de aceptar que las pruebas presentadas contra Ben Laden son suficientes, lo que lo convierte en el único país islámico en hacer ese tipo de declaraciones.

Arabia Saudita, a pesar de ser un viejo amigo de Estados Unidos, es decir, ‘moderado’, tiene su propio expediente. Se trata de un país gobernado despóticamente por la familia Saud sin el menor asomo de democracia. No sólo es el lugar de origen de Osama Ben Laden y la mayoría de los terroristas, sino que allá nació la versión radical del islamismo sunita (el Wahabismo) en que se educaron los Talibán y Ben Laden. El gobierno sigue apoyando a las escuelas que propagan esta tradición a pesar de que una de sus características más conocidas es el tratamiento inhumano a las mujeres.

Uzbekistán, una antigua república soviética, se convertirá probablemente en el aliado más importante de Estados Unidos, pero es considerado uno de los países más autoritarios de la región. Gobernado por un comunista de viejo cuño llamado Islam Karimov el país se caracteriza por un fuerte control estatal sobre la economía y no existen medios independientes. Su tratamiento a la minoría musulmana ha sido despiadado. Las cárceles uzbecas están atestadas con 7.000 prisioneros políticos, la práctica de torturas es común y no existen elecciones libres. En un comunicado Human Rights Watch advirtió este miércoles a Estados Unidos sobre este último aliado diciendo: “Si Estados Unidos va a aliarse con Uzbekistán tiene que encontrar la manera de evitar alinearse con sus brutales políticas”.

Otro caso protuberante es el del cambio de actitud de Estados Unidos ante el gobierno de Vladimir Putin, en Rusia, que es hoy un aliado importante pero solía ser muy criticado por Washington ante la brutal represión de los separatistas de Chechenia. Sin embargo ahora es uno de los líderes más cortejados por Bush. Más aún, la declaración de guerra del presidente estadounidense parece haber llevado a que Putin endurezca aún más su política contra los chechenos. Quizá pensando en este tipo de repercusiones Amnistía Internacional se manifestó preocupada de que “algunos gobiernos usen la campaña contra el terrorismo internacional para incrementar la supresión de sus oponentes”.

Esos son efectos perversos de una campaña contra el terrorismo internacional que podría perder su justificación si de por medio se dejan de lado pilares de la convivencia internacional. Nadie duda de que el terrorismo es un crimen de lesa humanidad, pero crece la sensación de que su combate no puede llevar a atrocidades aún peores.



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Como un heraldo de la guerra el secretario de Defensa estadounidense, Ronald Rumsfeld, recorrió medio mundo la semana pasada en busca de consolidar las alianzas necesarias para iniciar la campaña contra el terrorismo internacional lanzada por el presidente George W. Bush. El periplo fue interpretado como una señal de que el inicio de las acciones militares contra el régimen Talibán de Afganistán es inminente. Una sensación aumentada por la publicación de las pruebas de la participación de su protegido Osama Ben Laden en los ataques del 11 de septiembre.

Pero también el viaje de Rumsfeld se convirtió en otra demostración de que Bush no quiere dar en este tema puntada sin dedal. Para los estrategas norteamericanos es muy claro que su país debe disipar en el mundo islámico la sensación de que la ‘Libertad Perdurable’ es en realidad una guerra de Occidente contra el Islam pues, de lo contrario, varios regímenes aliados a los que Washington llama “moderados” podrían verse enfrentados a protestas populares a favor de Ben Laden e incluso derrocados por los fundamentalistas.

Lo malo es que ello implica que, mientras Bush caracteriza la guerra contra el terrorismo como una lucha del bien contra el mal y la democracia contra sus enemigos, su gobierno no ha tenido reparos en aliarse con países que no tienen un expediente claro en ese sentido, entre los cuales se incluyen algunos de origen de los terroristas que atacaron el 11 de septiembre. Muchos son Estados fuertemente cuestionados por sus violaciones a los derechos humanos y por sus prácticas antidemocráticas que, en algunos casos, tienen sus propias razones para atacar a Afganistán lejos de antiterrorismo. Estos son apenas algunos ejemplos:

Para empezar está Pakistán, el único aliado que Rumsfield no visitó. Por su ubicación y por el conocimiento del gobierno Talibán y del grupo de al-Qaeda, Pakistán es un país clave para el desplazamiento de tropas estadounidenses y como fuente de inteligencia. Pero ese país es gobernado por el general Pervez Musharraf, quien no sólo derrocó en 1999 al primer ministro democrático Nawaz Sharif, sino que estuvo a punto de fusilarlo. Bajo su gobierno Pakistán se convirtió en un aliado crucial del régimen Talibán y crecieron las tensiones nucleares con su vecina India. Con tal de asegurar su apoyo Washington no tuvo inconveniente en levantar las sanciones por realizar pruebas atómicas.

Y la cosa, hasta ahora, le ha funcionado a Bush. Pakistán prometió colaborar con Estados Unidos permitiendo la instalación de bases militares en su territorio luego de aceptar que las pruebas presentadas contra Ben Laden son suficientes, lo que lo convierte en el único país islámico en hacer ese tipo de declaraciones.

Arabia Saudita, a pesar de ser un viejo amigo de Estados Unidos, es decir, ‘moderado’, tiene su propio expediente. Se trata de un país gobernado despóticamente por la familia Saud sin el menor asomo de democracia. No sólo es el lugar de origen de Osama Ben Laden y la mayoría de los terroristas, sino que allá nació la versión radical del islamismo sunita (el Wahabismo) en que se educaron los Talibán y Ben Laden. El gobierno sigue apoyando a las escuelas que propagan esta tradición a pesar de que una de sus características más conocidas es el tratamiento inhumano a las mujeres.

Uzbekistán, una antigua república soviética, se convertirá probablemente en el aliado más importante de Estados Unidos, pero es considerado uno de los países más autoritarios de la región. Gobernado por un comunista de viejo cuño llamado Islam Karimov el país se caracteriza por un fuerte control estatal sobre la economía y no existen medios independientes. Su tratamiento a la minoría musulmana ha sido despiadado. Las cárceles uzbecas están atestadas con 7.000 prisioneros políticos, la práctica de torturas es común y no existen elecciones libres. En un comunicado Human Rights Watch advirtió este miércoles a Estados Unidos sobre este último aliado diciendo: “Si Estados Unidos va a aliarse con Uzbekistán tiene que encontrar la manera de evitar alinearse con sus brutales políticas”.

Otro caso protuberante es el del cambio de actitud de Estados Unidos ante el gobierno de Vladimir Putin, en Rusia, que es hoy un aliado importante pero solía ser muy criticado por Washington ante la brutal represión de los separatistas de Chechenia. Sin embargo ahora es uno de los líderes más cortejados por Bush. Más aún, la declaración de guerra del presidente estadounidense parece haber llevado a que Putin endurezca aún más su política contra los chechenos. Quizá pensando en este tipo de repercusiones Amnistía Internacional se manifestó preocupada de que “algunos gobiernos usen la campaña contra el terrorismo internacional para incrementar la supresión de sus oponentes”.

Esos son efectos perversos de una campaña contra el terrorismo internacional que podría perder su justificación si de por medio se dejan de lado pilares de la convivencia internacional. Nadie duda de que el terrorismo es un crimen de lesa humanidad, pero crece la sensación de que su combate no puede llevar a atrocidades aún peores.



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Como un heraldo de la guerra el secretario de Defensa estadounidense, Ronald Rumsfeld, recorrió medio mundo la semana pasada en busca de consolidar las alianzas necesarias para iniciar la campaña contra el terrorismo internacional lanzada por el presidente George W. Bush. El periplo fue interpretado como una señal de que el inicio de las acciones militares contra el régimen Talibán de Afganistán es inminente. Una sensación aumentada por la publicación de las pruebas de la participación de su protegido Osama Ben Laden en los ataques del 11 de septiembre.

Pero también el viaje de Rumsfeld se convirtió en otra demostración de que Bush no quiere dar en este tema puntada sin dedal. Para los estrategas norteamericanos es muy claro que su país debe disipar en el mundo islámico la sensación de que la ‘Libertad Perdurable’ es en realidad una guerra de Occidente contra el Islam pues, de lo contrario, varios regímenes aliados a los que Washington llama “moderados” podrían verse enfrentados a protestas populares a favor de Ben Laden e incluso derrocados por los fundamentalistas.

Lo malo es que ello implica que, mientras Bush caracteriza la guerra contra el terrorismo como una lucha del bien contra el mal y la democracia contra sus enemigos, su gobierno no ha tenido reparos en aliarse con países que no tienen un expediente claro en ese sentido, entre los cuales se incluyen algunos de origen de los terroristas que atacaron el 11 de septiembre. Muchos son Estados fuertemente cuestionados por sus violaciones a los derechos humanos y por sus prácticas antidemocráticas que, en algunos casos, tienen sus propias razones para atacar a Afganistán lejos de antiterrorismo. Estos son apenas algunos ejemplos:

Para empezar está Pakistán, el único aliado que Rumsfield no visitó. Por su ubicación y por el conocimiento del gobierno Talibán y del grupo de al-Qaeda, Pakistán es un país clave para el desplazamiento de tropas estadounidenses y como fuente de inteligencia. Pero ese país es gobernado por el general Pervez Musharraf, quien no sólo derrocó en 1999 al primer ministro democrático Nawaz Sharif, sino que estuvo a punto de fusilarlo. Bajo su gobierno Pakistán se convirtió en un aliado crucial del régimen Talibán y crecieron las tensiones nucleares con su vecina India. Con tal de asegurar su apoyo Washington no tuvo inconveniente en levantar las sanciones por realizar pruebas atómicas.

Y la cosa, hasta ahora, le ha funcionado a Bush. Pakistán prometió colaborar con Estados Unidos permitiendo la instalación de bases militares en su territorio luego de aceptar que las pruebas presentadas contra Ben Laden son suficientes, lo que lo convierte en el único país islámico en hacer ese tipo de declaraciones.

Arabia Saudita, a pesar de ser un viejo amigo de Estados Unidos, es decir, ‘moderado’, tiene su propio expediente. Se trata de un país gobernado despóticamente por la familia Saud sin el menor asomo de democracia. No sólo es el lugar de origen de Osama Ben Laden y la mayoría de los terroristas, sino que allá nació la versión radical del islamismo sunita (el Wahabismo) en que se educaron los Talibán y Ben Laden. El gobierno sigue apoyando a las escuelas que propagan esta tradición a pesar de que una de sus características más conocidas es el tratamiento inhumano a las mujeres.

Uzbekistán, una antigua república soviética, se convertirá probablemente en el aliado más importante de Estados Unidos, pero es considerado uno de los países más autoritarios de la región. Gobernado por un comunista de viejo cuño llamado Islam Karimov el país se caracteriza por un fuerte control estatal sobre la economía y no existen medios independientes. Su tratamiento a la minoría musulmana ha sido despiadado. Las cárceles uzbecas están atestadas con 7.000 prisioneros políticos, la práctica de torturas es común y no existen elecciones libres. En un comunicado Human Rights Watch advirtió este miércoles a Estados Unidos sobre este último aliado diciendo: “Si Estados Unidos va a aliarse con Uzbekistán tiene que encontrar la manera de evitar alinearse con sus brutales políticas”.

Otro caso protuberante es el del cambio de actitud de Estados Unidos ante el gobierno de Vladimir Putin, en Rusia, que es hoy un aliado importante pero solía ser muy criticado por Washington ante la brutal represión de los separatistas de Chechenia. Sin embargo ahora es uno de los líderes más cortejados por Bush. Más aún, la declaración de guerra del presidente estadounidense parece haber llevado a que Putin endurezca aún más su política contra los chechenos. Quizá pensando en este tipo de repercusiones Amnistía Internacional se manifestó preocupada de que “algunos gobiernos usen la campaña contra el terrorismo internacional para incrementar la supresión de sus oponentes”.

Esos son efectos perversos de una campaña contra el terrorismo internacional que podría perder su justificación si de por medio se dejan de lado pilares de la convivencia internacional. Nadie duda de que el terrorismo es un crimen de lesa humanidad, pero crece la sensación de que su combate no puede llevar a atrocidades aún peores.



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Orden ejecutiva de Bush que congela activos de terroristas



Como un heraldo de la guerra el secretario de Defensa estadounidense, Ronald Rumsfeld, recorrió medio mundo la semana pasada en busca de consolidar las alianzas necesarias para iniciar la campaña contra el terrorismo internacional lanzada por el presidente George W. Bush. El periplo fue interpretado como una señal de que el inicio de las acciones militares contra el régimen Talibán de Afganistán es inminente. Una sensación aumentada por la publicación de las pruebas de la participación de su protegido Osama Ben Laden en los ataques del 11 de septiembre.

Pero también el viaje de Rumsfeld se convirtió en otra demostración de que Bush no quiere dar en este tema puntada sin dedal. Para los estrategas norteamericanos es muy claro que su país debe disipar en el mundo islámico la sensación de que la ‘Libertad Perdurable’ es en realidad una guerra de Occidente contra el Islam pues, de lo contrario, varios regímenes aliados a los que Washington llama “moderados” podrían verse enfrentados a protestas populares a favor de Ben Laden e incluso derrocados por los fundamentalistas.

Lo malo es que ello implica que, mientras Bush caracteriza la guerra contra el terrorismo como una lucha del bien contra el mal y la democracia contra sus enemigos, su gobierno no ha tenido reparos en aliarse con países que no tienen un expediente claro en ese sentido, entre los cuales se incluyen algunos de origen de los terroristas que atacaron el 11 de septiembre. Muchos son Estados fuertemente cuestionados por sus violaciones a los derechos humanos y por sus prácticas antidemocráticas que, en algunos casos, tienen sus propias razones para atacar a Afganistán lejos de antiterrorismo. Estos son apenas algunos ejemplos:

Para empezar está Pakistán, el único aliado que Rumsfield no visitó. Por su ubicación y por el conocimiento del gobierno Talibán y del grupo de al-Qaeda, Pakistán es un país clave para el desplazamiento de tropas estadounidenses y como fuente de inteligencia. Pero ese país es gobernado por el general Pervez Musharraf, quien no sólo derrocó en 1999 al primer ministro democrático Nawaz Sharif, sino que estuvo a punto de fusilarlo. Bajo su gobierno Pakistán se convirtió en un aliado crucial del régimen Talibán y crecieron las tensiones nucleares con su vecina India. Con tal de asegurar su apoyo Washington no tuvo inconveniente en levantar las sanciones por realizar pruebas atómicas.

Y la cosa, hasta ahora, le ha funcionado a Bush. Pakistán prometió colaborar con Estados Unidos permitiendo la instalación de bases militares en su territorio luego de aceptar que las pruebas presentadas contra Ben Laden son suficientes, lo que lo convierte en el único país islámico en hacer ese tipo de declaraciones.

Arabia Saudita, a pesar de ser un viejo amigo de Estados Unidos, es decir, ‘moderado’, tiene su propio expediente. Se trata de un país gobernado despóticamente por la familia Saud sin el menor asomo de democracia. No sólo es el lugar de origen de Osama Ben Laden y la mayoría de los terroristas, sino que allá nació la versión radical del islamismo sunita (el Wahabismo) en que se educaron los Talibán y Ben Laden. El gobierno sigue apoyando a las escuelas que propagan esta tradición a pesar de que una de sus características más conocidas es el tratamiento inhumano a las mujeres.

Uzbekistán, una antigua república soviética, se convertirá probablemente en el aliado más importante de Estados Unidos, pero es considerado uno de los países más autoritarios de la región. Gobernado por un comunista de viejo cuño llamado Islam Karimov el país se caracteriza por un fuerte control estatal sobre la economía y no existen medios independientes. Su tratamiento a la minoría musulmana ha sido despiadado. Las cárceles uzbecas están atestadas con 7.000 prisioneros políticos, la práctica de torturas es común y no existen elecciones libres. En un comunicado Human Rights Watch advirtió este miércoles a Estados Unidos sobre este último aliado diciendo: “Si Estados Unidos va a aliarse con Uzbekistán tiene que encontrar la manera de evitar alinearse con sus brutales políticas”.

Otro caso protuberante es el del cambio de actitud de Estados Unidos ante el gobierno de Vladimir Putin, en Rusia, que es hoy un aliado importante pero solía ser muy criticado por Washington ante la brutal represión de los separatistas de Chechenia. Sin embargo ahora es uno de los líderes más cortejados por Bush. Más aún, la declaración de guerra del presidente estadounidense parece haber llevado a que Putin endurezca aún más su política contra los chechenos. Quizá pensando en este tipo de repercusiones Amnistía Internacional se manifestó preocupada de que “algunos gobiernos usen la campaña contra el terrorismo internacional para incrementar la supresión de sus oponentes”.

Esos son efectos perversos de una campaña contra el terrorismo internacional que podría perder su justificación si de por medio se dejan de lado pilares de la convivencia internacional. Nadie duda de que el terrorismo es un crimen de lesa humanidad, pero crece la sensación de que su combate no puede llevar a atrocidades aún peores.



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Orden ejecutiva sobre financiamiento del terrorismo (Departamento de Estado de Estados Unidos)



Como un heraldo de la guerra el secretario de Defensa estadounidense, Ronald Rumsfeld, recorrió medio mundo la semana pasada en busca de consolidar las alianzas necesarias para iniciar la campaña contra el terrorismo internacional lanzada por el presidente George W. Bush. El periplo fue interpretado como una señal de que el inicio de las acciones militares contra el régimen Talibán de Afganistán es inminente. Una sensación aumentada por la publicación de las pruebas de la participación de su protegido Osama Ben Laden en los ataques del 11 de septiembre.

Pero también el viaje de Rumsfeld se convirtió en otra demostración de que Bush no quiere dar en este tema puntada sin dedal. Para los estrategas norteamericanos es muy claro que su país debe disipar en el mundo islámico la sensación de que la ‘Libertad Perdurable’ es en realidad una guerra de Occidente contra el Islam pues, de lo contrario, varios regímenes aliados a los que Washington llama “moderados” podrían verse enfrentados a protestas populares a favor de Ben Laden e incluso derrocados por los fundamentalistas.

Lo malo es que ello implica que, mientras Bush caracteriza la guerra contra el terrorismo como una lucha del bien contra el mal y la democracia contra sus enemigos, su gobierno no ha tenido reparos en aliarse con países que no tienen un expediente claro en ese sentido, entre los cuales se incluyen algunos de origen de los terroristas que atacaron el 11 de septiembre. Muchos son Estados fuertemente cuestionados por sus violaciones a los derechos humanos y por sus prácticas antidemocráticas que, en algunos casos, tienen sus propias razones para atacar a Afganistán lejos de antiterrorismo. Estos son apenas algunos ejemplos:

Para empezar está Pakistán, el único aliado que Rumsfield no visitó. Por su ubicación y por el conocimiento del gobierno Talibán y del grupo de al-Qaeda, Pakistán es un país clave para el desplazamiento de tropas estadounidenses y como fuente de inteligencia. Pero ese país es gobernado por el general Pervez Musharraf, quien no sólo derrocó en 1999 al primer ministro democrático Nawaz Sharif, sino que estuvo a punto de fusilarlo. Bajo su gobierno Pakistán se convirtió en un aliado crucial del régimen Talibán y crecieron las tensiones nucleares con su vecina India. Con tal de asegurar su apoyo Washington no tuvo inconveniente en levantar las sanciones por realizar pruebas atómicas.

Y la cosa, hasta ahora, le ha funcionado a Bush. Pakistán prometió colaborar con Estados Unidos permitiendo la instalación de bases militares en su territorio luego de aceptar que las pruebas presentadas contra Ben Laden son suficientes, lo que lo convierte en el único país islámico en hacer ese tipo de declaraciones.

Arabia Saudita, a pesar de ser un viejo amigo de Estados Unidos, es decir, ‘moderado’, tiene su propio expediente. Se trata de un país gobernado despóticamente por la familia Saud sin el menor asomo de democracia. No sólo es el lugar de origen de Osama Ben Laden y la mayoría de los terroristas, sino que allá nació la versión radical del islamismo sunita (el Wahabismo) en que se educaron los Talibán y Ben Laden. El gobierno sigue apoyando a las escuelas que propagan esta tradición a pesar de que una de sus características más conocidas es el tratamiento inhumano a las mujeres.

Uzbekistán, una antigua república soviética, se convertirá probablemente en el aliado más importante de Estados Unidos, pero es considerado uno de los países más autoritarios de la región. Gobernado por un comunista de viejo cuño llamado Islam Karimov el país se caracteriza por un fuerte control estatal sobre la economía y no existen medios independientes. Su tratamiento a la minoría musulmana ha sido despiadado. Las cárceles uzbecas están atestadas con 7.000 prisioneros políticos, la práctica de torturas es común y no existen elecciones libres. En un comunicado Human Rights Watch advirtió este miércoles a Estados Unidos sobre este último aliado diciendo: “Si Estados Unidos va a aliarse con Uzbekistán tiene que encontrar la manera de evitar alinearse con sus brutales políticas”.

Otro caso protuberante es el del cambio de actitud de Estados Unidos ante el gobierno de Vladimir Putin, en Rusia, que es hoy un aliado importante pero solía ser muy criticado por Washington ante la brutal represión de los separatistas de Chechenia. Sin embargo ahora es uno de los líderes más cortejados por Bush. Más aún, la declaración de guerra del presidente estadounidense parece haber llevado a que Putin endurezca aún más su política contra los chechenos. Quizá pensando en este tipo de repercusiones Amnistía Internacional se manifestó preocupada de que “algunos gobiernos usen la campaña contra el terrorismo internacional para incrementar la supresión de sus oponentes”.

Esos son efectos perversos de una campaña contra el terrorismo internacional que podría perder su justificación si de por medio se dejan de lado pilares de la convivencia internacional. Nadie duda de que el terrorismo es un crimen de lesa humanidad, pero crece la sensación de que su combate no puede llevar a atrocidades aún peores.



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