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| 4/22/2017 10:00:00 PM

Turquía: de vuelta al sultanato

Con la victoria del autoritario presidente Recep Tayyip Erdogan en un referendo que le otorga superpoderes, los valores democráticos agonizan en Turquía.

El Imperio Otomano murió en 1921 y resucitó este año de la mano de Recep Tayyip Erdogan, el autoritario presidente turco. El antiguo orden imperial, en el que el sultán era el máximo regente de los asuntos políticos y religiosos, ha vuelto a la primera página de la agenda global por cuenta de la victoria de Erdogan en un referendo que modifica la Constitución y ratifica los ‘superpoderes’ que el mandatario ya ejerce en la práctica.

En una reñida votación, el 51 por ciento de los turcos les dio luz verde a las ambiciones totalitarias de Erdogan, quien será amo y señor de todas las ramas del poder en el nuevo sistema presidencialista que se instaurará en Turquía a partir de 2019.

Además de abolir la figura del primer ministro, el mandatario podrá gobernar por decreto, disolver el Parlamento y escoger a 5 de los 13 jueces de la Corte Suprema. A estas atribuciones se suman la mayoría legislativa con la que cuenta el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) de Erdogan y la paranoia del mandatario, que aprovechó el intento de golpe de Estado en su contra en junio pasado para censurar a sus críticos y encarcelar a periodistas, académicos y activistas disidentes. Por si fuera poco, el ‘neosultán’ podría extender su mandato hasta 2029.

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Con ello, los opositores de Erdogan consideran que los resultados del referendo consolidan el autoritarismo en su país y dan una estocada a los valores democráticos que promovió Mustafa Kemal Atatürk, quien fundó la muy secular República de Turquía de las cenizas del Imperio otomano, tras la Primera Guerra Mundial. Del lado ganador, buena parte de los turcos musulmanes consideran que el tránsito a un sistema presidencialista les ofrece la oportunidad de revivir la gloria del imperio.

De esa manera, Erdogan supo alimentar la nostalgia de sus seguidores más conservadores, quienes dudan de las instituciones políticas occidentales y añoran los tiempos en los que la mano dura del sultán y la defensa del islam eran las piedras angulares de la identidad turca.

Igualmente, usó su retórica nacionalista para convencer a los votantes de que los poderes occidentales buscan intervenir en Turquía para desestabilizar al régimen. Cuando la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa denunció irregularidades en la campaña del referendo y afirmó que los opositores no pudieron competir en igualdad de condiciones, el mandatario calificó las críticas como un “ataque de la mentalidad propia de las cruzadas de Occidente y sus sirvientes en casa”.

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Y esta táctica le funcionó para acercarse a gobiernos que comparten su anhelo del viejo orden.El presidente estadounidense, Donald Trump, obvió las inquietudes que suscitó el referendo y felicitó por teléfono al mandatario. Pocos se sorprenden con que el magnate, quien llegó a la Presidencia prometiendo a los electores devolverle su grandeza a Estados Unidos, respalde a Erdogan en su retorno al sultanato.

Y mientras Erdogan se acerca a personajes como Trump, Turquía se aleja de la Unión Europea, ‘club’ al que el país ha querido pertenecer por décadas. Varios líderes europeos se mostraron escépticos frente a los resultados del referendo y le pidieron a Erdogan adoptar un tono menos beligerante después de su victoria.

Sin embargo, aunque con el triunfo del mandatario los turcos ven las puertas de la Unión cerrarse en sus narices, Europa también tiene mucho que perder con un gobierno hostil en Ankara, pues Turquía no solo es un puente con Oriente Medio, sino que hace parte de la Otan y es un aliado clave para combatir a Isis y contener el flujo de refugiados que huyen de la guerra en Siria.

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Por lo tanto, en un momento de lucha contra los populismos de extrema derecha y el auge del extremismo islámico, el autoritarismo que se apodera de Turquía le inflige una herida más a la débil democracia mundial.

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