Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1983/10/10 00:00

CONFESION DE PARTE

Moscú admite que tumbó el Jumbo coreano pero responsabiliza a los Estados Unidos del hecho

CONFESION DE PARTE

No habían transcurrido seis días desde la misteriosa desaparición del Jumbo surcoreano, cuando se produjo lo que el mundo daba ya como un hecho irrefutable: el gobierno soviético había efectivamente derrivado el avión de pasajeros. La admisión se hizo a través del canciller soviético Gromyko en la reunión en Madrid de la Conferencia sobre Seguridad Europea, aceptando la autoría del hecho pero adjudicando la responsabilidad a los Estados Unidos.
Fuera de los "picket-lines" y de la quema de banderas, el pueblo norteamericano se ingenió la semana pasadaotra singular forma de protesta ante el derribamiento del avión sucoreano a manos de un caza soviético: rompiendo, en bares y otros sitios públicos, botellas de vodka. En Corea del Sur no se quedaron atrás: cientos de miles se congregaron en varias ciudades para condenar el "doble crimen" de las autoridades moscovitas: tumbar el avión y tratar de ocultar ese hecho. La más grande de esas reuniones ocurrió el miércoles pasado en Seúl, donde más de cien mil personas asistieron al entierro simbólico de las víctimas de la tragedia.
Contribuyó a caldear los ánimos la intervención del canciller soviético ante la Conferencia sobre Seguridad y Cooperación Europea, en la que Andrei Gromyko rechazó además la protesta mundial y advirtió que cualquier otra violación al espacio aéreo ruso sería respondido en forma idéntica al incidente del 31 de agosto. "En territorio soviético y sus fronteras son sagradas" exclamó Gromyko, luego de señalar que el avión surcoreano cumplía además una misión de espionaje sobre importantísimas bases de las fuerzas nucleares estratégicas de la URSS.
Pese al repudio exaltado en muchos sectores, los ánimos habían comenzado a bajar a comienzos de esa semana.
Incluso algunos diarios norteamerica nos expresaron voces de moderación, las cuales, al mismo tiempo que condenaban el atentado, aducían que el gobierno de Washington tampoco tenía derecho a usar políticamente esa tragedia.
Tal variante, fue probablemente suscitada por la admisión hecha por funcionarios de la administración Reagan el 4 de septiembre, de que dos horas antes del derribamiento del Jumbo coreano, la URSS había descubierto la existencia de un avión espía norteamericano en el área general de los acontecimientos, pudiendo Moscú llegar a pensar que ambos aviones, el Jumbo y el otro-un RC-135-eran aviones de reconocimiento norteamericanos.
A pesar de que voceros norteamericanos dijeron que el RC-135 se había hallado a mil millas de distancia de la escena-por lo que, según ellos, no había lugar a que los soviéticos se equivocaran sobre el carácter del vuelo del Boeing coreano-las preguntas obvias surgieron: ¿Por qué el avión de reconocimiento, cargado de instrumental electrónico con el que pudo constatar que se estaba dando una inusual actividad de defensa aérea soviética, no reportó el peligro en que se encontraba el avión coreano? ¿Pudo haber corregido el RC-135 el curso del Jumbo, sin que este lo percatara, para que se adentrara en el espacio aéreo soviético?
Imaginación o realidad, lo cierto fue que la declaración del Presidente Reagan, en el sentido de que "nadie sabrá nunca" cómo el ordenador del avión comercial le fue introducido datos que lo condujeron al espacio soviético, llamó la atención en muchas partes.
El episodio final vino a ser el de las sanciones a los rusos, consistentes en la cancelación del contrato mediante el cual Aeroflot podía aterrizar en territorio norteamericano, medida que Canadá también acogió pero sólo por 60 días. Según el canciller inglés, sir Geoffrey Howe, los países miembros de la OTAN estudiarían por su parte un embargo temporal aéreo contra la URSS. Contra lo que muchos pensaron al comienzo del incidente, las conversaciones de desarme en Ginebra no fueron rotas, ni se canceló el contrato de suministro de granos para los soviéticos por convertirse esa medida, de ser tomada, en un autocastigo para los granjeros estadounidenses.
El balance último de este gravísimo episodio, es el de que la comunidad internacional ha quedado con la impresión de que la paz mundial es un bien dramáticamente frágil y de que la carrera armamentista entre las dos superpotencias no encontrará, con este incidente, un freno sino un maligno acicate. -

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