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| 3/17/2003 12:00:00 AM

Conteo regresivo

No importa lo que pase en la ONU. La decisión de Estados Unidos de atacar a Irak ya socavó el sistema multilateral de resolución de conflictos.

El ajedrez diplomatico que se ha venido jugando en el Consejo de Seguridad de la Organización de Naciones Unidas se acerca a un final siniestro. Uno de los contendores, Estados Unidos, sigue afirmando que con cualquier resultado del juego sus decisiones contra Irak están tomadas. O sea que sin importar lo que pase, ni el resultado de las votaciones ni el veto de Francia o Rusia evitarán el ataque. La partida de la paz está perdida.

La movilización de tropas y equipos hacia el teatro de operaciones en el Golfo Pérsico es de tal magnitud, y el despliegue de poder diplomático tan grande, que demuestran que la decisión de George W. Bush está tomada y es irreversible. Además el presidente no ha perdido oportunidad de afirmar que, con la aprobación de la ONU o sin ella, su deber como gobernante de Estados Unidos es conseguir que Saddam Hussein deje de tener "armas de destrucción masiva" para amenazar la paz mundial.

En varias ocasiones tanto su secretario de Estado, Colin Powell, como el vocero de la Casa Blanca, Ari Fleischer, han dicho que su país considera que la resolución 1441, adoptada por el Consejo de Seguridad en noviembre de 2002, autorizó el uso de la fuerza contra Irak si éste no cumplía sus obligaciones de desarme. Y que por eso no es necesaria la adopción de una nueva. Tanto es así que Washington puso como fecha límite para el desarme efectivo de Irak el 17 de marzo, pasara lo que pasara en el Consejo.

Por eso resulta extraño que el gobierno norteamericano se haya embarcado en la tarea, más difícil de lo esperado, de conseguir una resolución explícita que autorice el uso de la fuerza contra Irak. La explicación parece estar, al menos en parte, en los problemas de sus aliados, España y Gran Bretaña. Tanto José María Aznar como Tony Blair se encuentran bajo fuerte presión de su opinión pública, que está en su inmensa mayoría contra la guerra. La legalidad que daría una autorización expresa sería una especie de seguro de vida política para los ocupantes de Downing Street y La Moncloa.

Esa fue la razón para que la semana pasada ambos aliados anunciaran un nuevo proyecto de resolución para ampliar el plazo hasta el 24 de marzo, siempre que Irak cumpliera una nueva serie de exigencias, entre ellas la de que Saddam Hussein apareciera personalmente en televisión para reconocer que tenía armas químicas y que renunciaba a las mismas.

Pero para exasperación del ministro británico Jack Straw, su colega francés, Dominique de Villepin, contestó que París rechazaba la "lógica de los ultimátums". "No se trata de dar a Irak unos cuantos días más antes de usar la fuerza. Sino de progresar hacia el desarme pacífico, como ha sido planteado por las inspecciones (de la ONU), que ofrecen una alternativa creíble a la guerra", dijo. Su homólogo ruso, Igor Ivanov, le hizo eco al reafirmar el compromiso común de hacer uso del derecho de veto al que tienen derecho sus dos países como miembros permanentes del Consejo.

Esa posición, que resume la de los otros principales opositores a la guerra inmediata, Rusia, Alemania y China, se convirtió en una muralla para las aspiraciones del eje guerrerista liderado por Estados Unidos. Esa pared ha sido tan inexpugnable que el jueves los norteamericanos anunciaron que, aunque sólo les faltaba un voto para los nueve necesarios, probablemente ni siquiera buscarían una nueva resolución. Aunque esos votos no se materializaron, en un nuevo viraje Washington aceptó que el debate se prolongaría hasta la semana que comienza.

La diferencia entre Estados Unidos y los opositores a recurrir de inmediato a la guerra, lejos de significar que éstos estén defendiendo a Saddam Hussein, tiene causas más profundas. Como dijo a SEMANA Eric Leaver, del Institute for Policy Studies, de Washington, "el problema es que Estados Unidos ha sido ambiguo sobre los motivos de la guerra y confunde el desarme con el cambio de régimen en Irak. Muchos, si no todos en el Consejo de Seguridad, están de acuerdo con la necesidad de lo primero pero se sienten muy reacios al uso de la fuerza para lo segundo. No están de acuerdo con la forma como Estados Unidos está amenazando a todo el mundo".

Por eso, aun sin saberse el desenlace, lo que los observadores temen es que el sistema internacional de resolución de conflictos establecido tras la Segunda Guerra Mundial esté ya herido de muerte. Michael Renner, del World Watch Institute, lo explicó a SEMANA: "Si Estados Unidos decide, como parece que lo hará, violar la Carta de las Naciones Unidas en contra del consenso internacional y de uno o varios vetos, otros gobiernos se sentirán en el derecho de hacer lo mismo cuando crean que sus intereses estén amenazados. Eso significaría que el precioso sistema de normas creado tras la Segunda Guerra Mundial para ilegalizar la guerra podría colapsar. Y si la alternativa es que los países disidentes resuelven ceder a las amenazas y aceptar la voluntad de Estados Unidos, significaría que este país es el dictador del mundo. Sería el fin de las esperanzas por democratizar el manejo de los asuntos internacionales". Y el reloj sigue corriendo.





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