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| 12/28/1987 12:00:00 AM

CONTEO REGRESIVO

Humo blanco para la firma del primer tratado de desarme nuclear entre las dos potencias.


Los negociadores eran soviéticos y norteamericanos, la champaña francesa, y el país huesped, Suiza. Sin embargo, la sensación de felicidad era, supuestamente, universal cuando el pasado 24 de noviembre las dos superpotencias ultimaron en Ginebra los detalles sobre el primer tratado de desarme nuclear en lo que va de esta década. Al cabo de incontables reuniones y largas jornadas de trabajo, el humo blanco se produjo el martes en la noche cuando, levantando sus copas, el ministro soviético Eduard Shevardnadze y el secretario de Estado norteamericano, George Shultz, dejaron listos los términos de un tratado que puede terminar siendo definitivo para el futuro de la humanidad.

En ese pacto, de más de 200 páginas, que será firmado el próximo 7 de diciembre en Washington cuando se encuentren por tercera vez Ronald Reagan, presidente norteamericano, y Mikhail Gorbachov, premier soviético. De un plumazo, ambos líderes estarán eliminando los misiles de corto y mediano alcance (entre 500 y 5 mil kilómetros de recorrido máximo) que están colocados hoy en suelo europeo y asiático. En total, los expertos estiman (la cifra exacta no se conoce) que los norteamericanos destruirán 436 proyectiles tipo Pershing y Crucero (incluyendo 72 propiedad de Alemania Federal), que poseen un número igual de cabezas nucleares, mientras que los soviéticos terminarán con cerca de 730 misiles de las clases SS-4, SS-12, SS-20 y SS-23, cargados con más de 1.600 ojivas. El arsenal, que equivale apenas al 3% del poder total de fuego de cada superpotencia es, en todo caso, suficiente para destruir varias veces las principales capitales de Oriente y Occidente.

No obstante, aunque lo obtenido puede parecer pequeño si se le compara con lo que falta, los términos del acuerdo sellado en Ginebra la semana pasada son realmente muy importantes. En primer lugar, está el hecho que prueba que, una vez más, los canales de comunicación entre las superpotencias están sintonizados en la misma frecuencia, en términos de desarme.

Desde el Tratado Salt II firmado en 1979 no se había tenido un avance significativo en la materia y, por el contrario, la carrera armamentista había tomado un fuerte ritmo.

Afortunadamente, con la llegada de Gorbachov al Kremlin y la "suavización" de Reagan en la Casa Blanca, las cosas empezaron a verse diferentes. A una cumbre inicial, escenificada hace dos años en Ginebra, siguió una segunda en Reykhiavik (Islandia), en donde el tema central fue el desarme nuclear. Aunque en esta última no hubo resultados concretos, el tema de un tratado quedo flotando en el ambiente y a mediados de este año, se presentaron por fin las condiciones propicias para que ya se pudiera hablar de un final feliz.

El epílogo de la historia se va a escribir en la capital norteamericana cuando Reagan y Gorbachov se encuentren por tercera vez. Si las cosas salen bien, es muy posible que ambos mandatarios comiencen con una idea más ambiciosa, consistente en reducir el arsenal nuclear en un 50%, con lo cual sí se tendría un avance notable.

Sin embargo, los expertos reconocen que para llegar allá, y eventualmente seguir todavía más adelante, era indispensable un resultado como el de la semana pasada. En particular, fue clave el terreno cabido por ambas potencias cuando se sentaron a discutir el tema de la verificación de los tratados. Contra todos los pronósticos, ambos países aceptaron ser "examinados" sorpresivamente por delegados del otro, encargados de verificar si los misiles--objeto del acuerdo--están siendo destruidos. Las verificaciones duraran 13 años, y en un comienzo, el número de viajes será hasta de 20 por sitio de emplazamiento de misiles.

Con ese arreglo se estará, presuntamente, terminando con uno de los grandes obstáculos a cualquier intento de desarme: la desconfianza. Aunque ambas potencias pueden seguir los movimientos de la otra a través del espionaje por satélite y otros mecanismos similares, se acepta que no hay mejor método que la verificación de primera mano. Esta, obviamente, era combatida por los militares que sostienen que, entre tanta comisión y tanto observador, se van a perder cantidad de secretos.

No obstante, pudo más el ánimo negociador de ambos jefes de estado, quienes le habían dado a sus respectivos negociadores la orden de ponerse de acuerdo. El documento final fue escrito el martes pasado, 6 años y 6 días después de que en 1981 Ronald Reagan lanzara por primera vez la idea de la "opción cero", consistente en la eliminación de los proyectiles nucleares de corto y mediano alcance.

Como era de suponer, la noticia del arreglo produjo reacciones inmediatas a todos los niveles. En Estados Unidos lo sucedido en Ginebra fue bien recibido por los partidarios del desarme. En Moscú, en cambio, los pronunciamientos oficiales fueron definitivamente favorables. Víctor Karpov, funcionario del Ministerio de Defensa de la URSS, sostuvo que "ambos lados han ganado y la seguridad de ambos ha aumentado".

Más interesante, sin embargo, fue la reacción de los europeos. A pesar de no tener ni voz ni voto en las conferencias sobre desarme, son los países del viejo continente los que alojan los misiles que van a ser eliminados.

Por lo tanto fue llamativo ver cómo respondieron los europeos. Aunque por el lado del pacto de Varsovia hubo supuesta unidad con la URSS, por el de la OTAN hubo aprobaciones oficiales, pero gruñidos por debajo de cuerda.

Básicamente lo que le molestó a los aliados de los Estados Unidos fue el comprobar, otra vez, su poco peso dentro de la discusión sobre los proyectiles ubicados en su suelo. El disgusto habría sido tanto, que en opinión de algunos observadores es de esperar una crisis de proporciones en la OTAN, de la cual podría llegar a salir la decisión de Europa de hacer toldo aparte e ingeniarse su propio sistema de defensa.

Esa perspectiva eventual no llegó a oscurecer la sonrisa de Reagan quien, desde su rancho de California a donde se fue a pasar el puente de Acción de Gracias, saludó lo salido de Ginebra con bombos y platillos. La fiesta fue alimentada por el triunfo relativo de los negociadores norteamericanos quienes no tuvieron que sacrificar la iniciativa estratégica de defensa, más conocida como "Guerra de las Galaxias", para obtener un acuerdo. A pesar de las objeciones de los soviéticos, los Estados Unidos van a continuar con su programa de desarrollar un sistema anti misiles, ubicado en el espacio, para defenderse de eventuales ataques de sus enemigos.

Mientras eso sucede, los partidarios del desarme confían en que el buen clima entre las dos superpotencias persista. A pesar de que después del 7 de diciembre el mundo tampoco estará totalmente a salvo de la hecatombe nuclear, los alcances del nuevo acuerdo pueden permitir que ese objetivo sea más factible. Es por ese motivo que cuando en Washington se repita el brindis de Ginebra, varias personas más estarán alzando la copa. Tal como anotara recientemente un articulista del diario Le Monde Diplomatique, este acuerdo es muy importante porque "se trata, esta vez, de un punto de partida y no de llegada".--
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