Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2009/12/05 00:00

Contra la fe

Los símbolos espirituales, tanto cristianos como musulmanes, están en la mira en el Viejo Continente. Crece el debate sobre la presencia de la religión en la vida pública.

En Italia, los grupos católicos se han manifestado contra el fallo que prohíbe los crucifijos en los salones de clase

No se veía una polémica religiosa de tal magnitud en el Viejo Continente desde hace 20 años, cuando el ayatola iraní Ruhollah Khomenei publicó una fatua (decreto islámico) contra el escritor Salman Rushdie por su controvertido libro Los Versos Satánicos. Ahora, el debate religioso se volvió a encender en Suiza después de que los ciudadanos aprobaron en un referendo prohibir la construcción de minaretes, las torres que acompañan a las mezquitas musulmanas. Al mismo tiempo, en países como España, Italia y Polonia, los ciudadanos están divididos por la prohibición de usar el crucifijo en las aulas escolares. Más allá de las medidas, lo que inquieta a muchos es que parecen demostrar que crece en el Viejo Continente una actitud intolerante de Estados hacia los símbolos religiosos en la vida pública.

Y es que Suiza, otrora ejemplo de diversidad, tolerancia y progreso, no parecía el país más apropiado para tomar una medida tan radical. El país helvético, de fe predominantemente católica y cristiana, es el hogar de unos 400.000 musulmanes, aproximadamente el 4 por ciento de la población total, provenientes en su mayoría de Turquía, Albania y Yugoslavia, y nunca se ha presentado inconveniente con esta minoría. Pocos son musulmanes practicantes, sólo hay cuatro minaretes en más de 150 centros de oración islámica en el territorio suizo, y ninguno se usa para llamar a los fieles a la oración.

Pero esto no impidió al Partido Popular Suizo, de ultraderecha y el más grande del Parlamento federal, iniciar una campaña para prohibir los minaretes. Alentados por protestas de quienes se oponían a una nueva mezquita al norte de Berna, impulsaron el referendo. La campaña capitalizó los temores populares y los lugares comunes sobre el Islam. El afiche insignia, por ejemplo, mostraba una mujer vestida con una burka negra, vestimenta islámica que cubre todo el cuerpo, y al fondo, minaretes en forma de misiles. Los colores usados, rojo, blanco y negro, no fueron coincidencia, pues hacen alusión a las propagandas nazis.

Pero lo que más impactó, especialmente al gobierno y la Iglesia que se oponían a la iniciativa, fue el gran apoyo que logró el referendo, mecanismo obligado para cualquier propuesta en Suiza. Más del 55 por ciento de la población salió a las urnas y el referendo pasó con un apoyo del 57 por ciento. Sólo cuatro de los 27 cantones suizos, entre ellos Basilea y Ginebra, no apoyaron la medida.

Para algunos el mensaje es preocupante, pues implica que los musulmanes no son bienvenidos como comunidad religiosa. Otros se preocupan por posibles retaliaciones, económicas o de índole política. En su editorial, el periódico distintivo de Ginebra, Le Temps, afirmó que "el voto estuvo inspirado por temor e ignorancia. Venganzas,y boicoteos son muy posibles. Este choque con el Islam podría salir muy costoso".

Por su parte, el académico musulmán de origen suizo Tariq Ramadan dedicó su columna en The Guardian al episodio y afirmó que "mi país, como muchos en Europa, está presenciando una reacción nacional a la nueva visibilidad de los musulmanes europeos". Pero otros, como Jean Marie Le Pen, presidente del partido francés de extrema derecha Frente Nacional, aplaudió la medida. Como afirmó a la prensa, "es una expresión de la preocupación que comparten muchos europeos, pues ven que el Islam exige cada vez más visibilidad".

Y no es coincidencia que este apoyo venga del país galo pues Francia también ha tenido sus encontrones con la religión. En 2004 se prohibió el uso de velos y todo símbolo religioso, incluido el crucifijo y las kipás judías en los colegios públicos. Y en junio de este año, el parlamentario comunista André Guerin promovió un proyecto para prohibir las burkas en territorio francés. El presidente Sarkozy, desde el Palacio de Versalles, apoyó esa tesis y dijo que la burka no era bienvenida en territorio francés, pues enjaulaba a las mujeres y las dejaba sin identidad. Aunque esto se puede entender como un ataque a una religión minoritaria, como el Islam, la verdad es que Francia busca mantener vivo el legado secular de la Revolución y teme que cualquier religión se imponga sobre la sociedad.

En Italia, España y Polonia también han estallado polémicas por el uso de crucifijos en los colegios públicos. Luego de que en Padua una madre italiana, Soile Lautsi, protestó contra la presencia de los símbolos religiosos pues impedían una educación secular para su hija y violaban el derecho de ésta a la libertad religiosa, la Corte Europea de Derechos Humanos, en Estrasburgo, le dio la razón y prohibió la presencia de los crucifijos en los colegios. Sin embargo, miles de italianos se han tomado las calles para protestar en contra de la medida, pues piensan que ignora sus tradiciones e identidad como nación, mayoritariamente católica.

El Vaticano afirmó que la medida era equivocada y miope. El vocero, padre Federico Lombardi afirmó que "no es agradable que consideren al crucifijo como un símbolo de división, exclusión o restricción de la libertad". En España, el Congreso dio el primer paso para aplicar la legislación de Estrasburgo, pero aquí también la oposición popular es fuerte. El país de los reyes católicos no se rendirá fácil. El presidente del gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero afirmó a la prensa que "no está dentro de los planes del gobierno retirar los crucifijos de los colegios". Y el debate se aplazó indefinidamente hasta el momento que la Ley de Libertad Religiosa llegue al Congreso. En Varsovia, el Parlamento polaco, a contracorriente, apoyó una medida para defender la presencia de los crucifijos en las aulas. El Sejm, como se le conoce, afirmó que valora la libertad religiosa pero que tampoco se pueden ignorar los derechos de los creyentes.

Estos debates se dan precisamente cuando Europa está atravesando un momento crucial en materia de identidad. En muchos países, como Francia, se están preguntando sobre la esencia nacional. Como afirma Ramadan, "En el preciso momento que los europeos se preguntan ¿cuáles son nuestras raíces? ¿Quiénes somos? ¿Qué será nuestro futuro? Se ven rodeados por nuevos ciudadanos y nuevos símbolos". Las grandes migraciones de musulmanes atemorizan a los europeos pues en el imaginario global el Islam se piensa como una religión expansionista y extrema. Pero más allá de eso, cualquier símbolo religioso prende una alarma contra la religiosidad extrema en un continente que ha luchado a través de los años por mantener una estricta división entre la Iglesia, antes todopoderosa, y el Estado.

Pero como afirma el experto en teología de King's College en Londres, Marat Shterin, "No se puede generalizar sobre Europa. Cada país está atravesando momentos diferentes y está manejando temas distintos. Sólo es una minoría de europeos que tiene sentimientos fuertes sobre los símbolos religiosos, pero éstos son los más activos políticamente". Lo que queda claro, más allá de los velos y minaretes y crucifijos, es que esto manda un mensaje negativo para la democracia y la tolerancia en Europa.

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