Miércoles, 18 de enero de 2017

| 1997/01/20 00:00

CONTRA LA PARED

LA TOMA DE LA EMBAJADA JAPONESA EN LIMA POR GUERRILLEROS PERUANOS ARRINCONA A FUJIMORI Y PLANTEA QUE, AL IGUAL QUE EN COLOMBIA, EL TERRORISMO PUEDE ESTAR DE REGRESO.

CONTRA LA PARED

El martes en la noche el presidente peruano Alberto Fujimori descubrió a las malas que no hay peor pecado cuando se ejerce el poder que el triunfalismo. Hacia las ocho de la noche, los guerrilleros que se apoderaron de la residencia del embajador del Japón hicieron que los peruanos recordaran, con sorna, las declaracionesdel Presidente según las cuales había sido más fácil acabar con los guerrilleros que divorciarse de su esposa. La toma seguramente pasará a la historia no sólo por la precisión con que fue llevada a cabo sino también por la cantidad y calidad de los rehenes, no superada ni siquiera por la de la embajada de República Dominicana en Bogotá en 1980. El ministro de Relaciones Exteriores y otros miembros del gabinete, el presidente del tribunal supremo, varios legisladores, el comandante de la Dirección Nacional contra el Terrorismo _Dincote_ y embajadores y otros diplomáticos de Japón, Alemania, Canadá, Cuba, Brasil, Venezuela y Corea del Sur, entre otros, son apenas el comienzo de una lista de más de 400 personas complementada por una delegación industrial del Japón que se encontraba coincidencialmente en la ciudad y fue invitada a participar de la fiesta por el cumpleaños del emperador Akihito. Un hermano menor del presidente, Pedro Fujimori, no tuvo la suerte de su madre y su hermana, que pasaron inadvertidas y fueron liberadas con otro grupo de mujeres y ancianos. Semejante nómina de rehenes hace más inmanejable la situación planteada por las exigencias de los guerrilleros, integrantes del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) de que sean liberados todos sus compañeros presos, incluido el jefe y fundador del movimiento, Víctor Polay Campos, a cambio de no asesinar a los rehenes. Y el hecho de que se trate precisamente de la embajada del Japón hizo que la sorpresa para Fujimori fuera doblemente dolorosa, porque puso en tela de juicio los dos temas más queridos por el presidente: el apoyo del país del Sol Naciente y la exterminación de la guerrilla.
Que es el MRTA
El Movimiento Revolucionario Túpac Amaru dio su primer golpe en 1984 cuando lanzó ráfagas de ametralladora contra la embajada de Estados Unidos en Lima. Nacía así una guerrilla urbana marxista, de clase media, de ideas vagamente románticas, admiradora del Che Guevara, que luchaba por liberar al país de la influencia imperialista pero desde una actitud menos agresiva que la de la maoísta Sendero Luminoso, un grupo fundamentalista y fanático que hace ver al MRTA como un colegio de señoritas. . Desde sus orígenes el MRTA asumió una estrategia tipo Robin Hood, tomaba pueblos y repartía los víveres entre la población. También secuestraban altos ejecutivos y personajes adinerados con el pretexto de financiar su lucha. A finales de la década pasada se especuló que contaban con la protección de un ala nacionalista del partido Apra del presidente Alan García (cercano amigo y coetáneo de su fundador), por lo cual no era perseguido por la Policía. El MRTA se caracterizó por acciones espectaculares pero relativamente poco violentas. En 1992 cientos de militantes se acogieron al plan de amnistía del gobierno y fue capturado Polay. Con 400 miembros tras las rejas el grupo hace meses no había realizado ninguna acción realmente importante. Y ya en 1993 Fujimori había declarado en tono triunfal que el MRTA había dejado de existir.

Entre la espada...
Ante la toma, el gobierno peruano quedó entre la espada de la violencia guerrillera y la pared de la razón de Estado. La dimensión de lo que viene se puede deducir de las diferencias radicales entre la actitud de los dos países clave de este episodio: Japón y Estados Unidos. El portavoz del gobierno japonés Seiroku Kajiyama dijo enfáticamente que "es política de Japón pensar primero en la vida de los rehenes, y ese criterio debe primar sobre cualquier otro". Pero, por su lado, el vocero del Departamento de Estado, Nicholas Burns, dijo al anunciar el envío a Lima de un equipo de asesores de seguridad que "los terroristas triunfan si uno se rinde". En esas condiciones, Fujimori se movía al cierre de esta edición en un espacio muy reducido, no sólo por esas exigencias internacionales encontradas, sino porque sus relaciones con el ejército (que no parece dispuesto a permitir que salga uno solo de los guerrilleros presos) vienen deteriorándose desde que el presidente se distanció de la detención del general retirado Rodolfo Robles por sus denuncias contra la cúpula castrense. El editor político del diario La República, de Lima, Juan de la Fuente, dijo a SEMANA que "el silencio de Fujimori demuestra la inexistencia de una idea central para enfrentar la crisis, y su profunda debilidad ante las Fuerzas Armadas, que quisieran indudablemente una solución rotunda". El mismo analista piensa que lo único que puede hacer en este momento Fujimori es tratar de ganar tiempo, y eso pareció quedar demostrado cuando designó como interlocutor oficial al ministro de Educación, Domingo Palermo, un hombre de bajo perfil dentro de su gobierno y sin capacidad alguna para negociar y obligar al gobierno. De esa forma Fujimori apostaría al desgaste de los guerrilleros, al agravamiento de las dificultades logísticas de mantener a los rehenes en cautiverio y a que la eventual saturación de la opinión pública se convierta en un factor de presión. Porque lo cierto es que el presidente no puede ordenar la liberación de los presos políticos sin perder la única fuente de popularidad que le resta, que es su capacidad para derrotar al terrorismo. Como dice el analista peruano Mirko Lauer, "dejar en libertad a los prisioneros sería perder años de esfuerzos y sentaría un peligroso precedente para las insurrecciones armadas". Sobre todo ahora que ha quedado al desnudo la enorme imprevisión de los servicios de inteligencia que, en opinión de un observador que pidió mantener su nombre en reserva, "creyeron que habían derrotado a la guerrilla y se dedicaron a hacerle la vida imposible a la oposición legal". Los organismos de seguridad son criticados, en especial porque desde noviembre pasado habían descubierto, tras el allanamiento de una casa limeña que terminó en batalla campal, un enorme depósito de armas del MRTA y los planos del Congreso, por lo cual era evidente que el grupo no sólo estaba vivo sino que planeaba un golpe de grandes proporciones. El hecho mismo de que en la residencia se encuentre como rehén el director de la Dincote, Máximo Rivera, ilustra a las claras hasta qué punto habían bajado la guardia las autoridades.Sin salidasEso implica un deterioro de imagen que podría ser insuperable si los guerrilleros se salieran con la suya. Pero las salidas a la crisis no aparecen por ninguna parte. El más respetado 'violentólogo' peruano, Carlos Tapia, sugirió al final de la semana una fórmula para que se haga una contrapropuesta consistente en ofrecer la legalización del grupo y su incorporación a la actividad política legal, a imagen y semejanza de lo que pasó en Colombia con el M-19. No es imposible que el MRTA acabe incorporado al sistema. Sin embargo, es muy poco probable que esto ocurra por cuenta de la solución de esta crisis. El ex embajador norteamericano Diego Asencio, quien vivió en 1980 la toma de la embajada de República Dominicana en Bogotá, dijo a SEMANA que las similitudes entre ese caso y el de Lima darían para pensar en aplicar la misma solución, que se basó en convencer a los guerrilleros de que a un gobierno le es prácticamente imposible abrir las puertas de las cárceles, no sólo por la independencia del poder judicial sino por el precedente que se sentaría. A ello, en concepto de Asencio, se debería agregar la oferta de llamar a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos para que vigile los procesos contra los guerrilleros ya encarcelados. Sin embargo, Asencio considera que el MRTA parece ser un grupo de menor madurez política que el M-19 en esa época, y que ello podría dificultar buscar una salida semejante.
Pero sea cual fuere la salida de la crisis, el gobierno de Fujimori ya ha recibido un golpe de grandes proporciones. El presidente había construido a través de varios años una nueva imagen de un Perú atractivo para la inversión extranjera, sobre todo desde la captura, en 1992, del líder de Sendero Luminoso Abimael Guzmán y del propio Polay. Pero la toma de la embajada refuerza la sensación entre los inversionistas de que Perú está de nuevo adentrándose en la guerra, pues desde agosto de este año ambos grupos han venido dando golpes comparativamente pequeños pero demostrativos de que siguen operando. Y los efectos ya se vieron. El miércoles, el mercado bursátil peruano se derrumbó en más de cuatro puntos antes de que fuera cerrado para evitar más daños, y los bonos de deuda peruana sufrieron un fuerte revés, pues cayeron hasta dos puntos en las operaciones de Nueva York. Ello se presenta en un año en el que el presidente ha visto caer su índice de aprobación de 75 a 45 por ciento. Por eso, en lo único en lo que los peruanos parecen estar de acuerdo es en que de la forma como Fujimori salga de esta crisis dependería el éxito de su intención de conseguir una nueva reelección. Pero ésta parece más lejos que nunca.
El procedimiento de ocupar un edificio y tomar rehenes ha demostrado en el pasado ser uno de los medios más eficaces de los movimientos subversivos para sacar concesiones de los gobiernos y, al mismo tiempo, brindar publicidad mundial a sus objetivos. La ocupación de la residencia del embajador japonés por parte del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru en Lima es el más reciente reflejo de este tipo de estrategia.
Mucho se ha hablado de las similitudes con la toma del M-19 de la embajada de la República Dominicana el 27 de febrero de 1980. Al igual que en el Perú, los guerrilleros ingresaron a la sede durante una recepción social, en la que se encontraban diplomáticos de todo el mundo, y lograron secuestrar a más de 50 rehenes, entre ellos 16 embajadores y el nuncio apostólico. Aunque el gobierno de Julio César Turbay logró convencer a los rebeldes de la imposibilidad de liberar a sus compañeros presos en las cárceles colombianas, sí les permitió dos meses después viajar a Cuba, presuntamente a cambio de la entrega de un millón de dólares. Todos los rehenes fueron dejados en libertad. La resolución pacífica de esa crisis contrastó significativamente con el manejo dado a un problema surgido meses antes en un país centroamericano. El 31 de enero de 1980 un grupo de indígenas ocupó pacíficamente la embajada de España en Ciudad de Guatemala para protestar contra la represión de que eran objeto en el campo y denunciar violaciones a los derechos humanos. Las fuerzas de seguridad guatemaltecas sitiaron e incendiaron la sede diplomática. Treinta y ocho personas murieron calcinadas, entre ellas un ex canciller de Guatemala, varios diplomáticos y el líder de la protesta Vicente Menchú, padre de la hoy Nobel de la Paz, Rigoberta Menchú. Ningún hecho en esa época atrajo más la atención mundial que el secuestro de más 60 diplomáticos norteamericanos en Teherán. El domingo 4 de noviembre de 1979 centenares de manifestantes se congregaron en las afueras de la embajada estadounidense para protestar contra el intervencionismo de Estados Unidos en los asuntos internos de Irán. A las 11 de la mañana, y motivados por las acusaciones del ayatollah Khomeini de que la sede diplomática era un nido de espías, los estudiantes irrumpieron en el conjunto y retuvieron a todo el personal norteamericano. Sólo hasta el 20 de enero de 1981, 444 días después y tras un intento infructuoso de rescatarlos por la fuerza, los últimos 52 norteamericanos fueron dejados en libertad por los iraníes. La crisis fue un factor determinante en la derrota del presidente Jimmy Carter en las elecciones ante Ronald Reagan. En el acuerdo negociado entre Washington y Teherán, Estados Unidos se comprometió a levantar el embargo comercial contra Irán y descongelar las cuentas y los activos iraníes, estimados en 12.000 millones de dólares de esa época, entre otras condiciones. El caso iraní es excepcional en el sentido de que un gobierno legalmente constituido aprobó la violación de unos de los pilares más sagrados del derecho internacional: el territorio de una embajada.
La toma de rehenes extranjeros, sin embargo, era ya una táctica cada vez más frecuente por parte de grupos extremistas en el Oriente Medio. Una de las acciones más famosas ocurrió el 21 de diciembre de 1975 en Viena cuando terroristas encabezados por el tristemente célebre Carlos Ilich Ramírez, conocido como 'el Chacal', secuestraron a 73 personas, entre ellas 11 ministros de la OPEP. Tres rehenes murieron en esa acción. A los secuestradores se les permitió viajar a Argelia. Posiblemente ninguna acción causó tanto repudio como la efectuada por guerrilleros palestinos en las Olimpíadas de Munich en 1972. Tomaron como rehenes a los atletas israelíes, quienes murieron días después cuando las autoridades alemanas intentaron su rescate.
El asalto del MRTA recuerda también los realizados por el Frente Sandinista de Liberación Nacional, FSLN, en Nicaragua. En la época de Navidad, en 1974, un pequeño grupo de sandinistas interrumpió una fiesta de un importante empresario nicaragüense y secuestró a los invitados, que incluían al canciller y otros funcionarios del gobierno de Anastasio Somoza. Después de tres días de negociaciones se logró un acuerdo que consistía en la liberación de 14 sandinistas de las cárceles, un millón de dólares y la publicación de un comunicado denunciando a Somoza. Los sandinistas volverían a los titulares de la prensa mundial en agosto de 1978 cuando ocuparon el Congreso nicaragüense. Esa acción, encabezada por Edén Pastora, el 'Comandante Cero', sería un catalizador para la eventual victoria de los sandinistas 11 meses después.

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