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| 10/25/2014 10:00:00 PM

Contraatacan los occidentales del Islam

Los ataques que aterrorizaron a Canadá esta semana son un preocupante síntoma de la radicalización de occidentales conversos al islam e inspirados en el terrorismo de Estado Islámico.

A las 9 y 52 de la mañana del miércoles, un desconocido llegó al Monumento de Guerra de Ottawa y disparó contra un soldado. Luego corrió hacia el Parlamento y abrió fuego. En pocos minutos, la capital de Canadá conocía el caos y el terror, una situación poco común en ese país, por no decir impensable. El ataque estuvo a punto de convertirse en masacre de consecuencias imprevisibles, si no hubiera sido porque Kevin Vickers, el sargento de armas del Parlamento, llegó al rescate y disparó contra el asaltante antes de que pudiera matar a nadie, en un edificio en el que se encontraba el primer ministro Stephen Harper.

De inmediato la Policía comenzó a investigar, y tras descartar la presencia de cómplices, descubrió la identidad del hombre. Se trataba de Michael Hall, de 32 años, quien ya tenía varios líos con la Justicia. Pero lo que realmente produjo angustia, fue descubrir que hace poco se había convertido al islam, que cambió su nombre por Michael Zehaf-Bibeau y que las autoridades le confiscaron su pasaporte pues temían que en cualquier momento viajara a Oriente Medio para unirse a un grupo yihadista.

Y lo peor es que el caso de Zehaf-Bibeau no fue el único que atormentó a Canadá a lo largo de la semana. El lunes, en Quebec, Martin Couture-Rouleau, otro islamista conocido por sus posiciones radicales (se hacía llamar Ahmad el Converso) asesinó a un soldado tras atropellarlo con su carro. Couture-Rouleau también tenía su pasaporte confiscado, y las autoridades lo tenían en la mira por las publicaciones de su cuenta de Facebook, en las cuales compartía videos y eslóganes de Estado Islámico (EI) además de criticar la participación de Canadá en las operaciones militares contra el grupo yihadista.

Al unir cabos, las autoridades llegaron a la conclusión de que, aunque no necesariamente estaban vinculados, los dos hechos habían sido inspirados por EI en retaliación por la actitud del gobierno canadiense ante ese grupo terrorista. En efecto, el Parlamento canadiense decidió hace poco unirse a la coalición militar liderada por Washington contra EI, como ya lo hizo en conflictos como el de Afganistán. Por eso las autoridades ya esperaban que algo pasara, y según Foreign Policy, Jeh Johnson, secretario de Defensa de Estados Unidos, advirtió la semana pasada a las autoridades canadienses que pronto se podrían encontrar en el punto de mira de los extremistas.

Según dijo a SEMANA Steve Hewitt, experto en estudios sobre Canadá de la Universidad de Birmingham, lo que pasó esta semana en Quebec y Ottawa “corresponde con un patrón de acción marcado por pequeños grupos terroristas o actores solitarios, quienes pretenden atacar sitios simbólicos. Debido a que son grupos pequeños y les hace falta entrenamiento y armas, son incapaces de hacer grandes daños, más allá de provocar miedo”. La prensa canadiense y varios expertos comenzaron a llamar lobos solitarios a estos conversos que por diferentes motivos terminan asumiendo posiciones radicales.

Una situación de alcance mundial


El fenómeno de los llamados lobos solitarios no solo afecta a Canadá. Varios países no musulmanes han expresado su preocupación por ciudadanos suyos que se convierten al islam, toman posiciones más radicales que las de sus mentores, viajan a Siria o Irak para luchar del lado de grupos yihadistas, o bien se quedan en sus países de origen donde pueden llevar a cabo ataques terroristas.

En Europa, varios países han reportado casos de jóvenes no descendientes de árabes que tan pronto como se convierten al islam, abrazan posturas radicales, influenciados ya sea por redes sociales o por redes clandestinas de reclutamiento. Dinamarca, por ejemplo, recuerda el caso de Kenneth Sørensen, quien viajó a Siria para hacer la guerra santa y murió como un mártir. Eso mismo le pasó al alemán conocido simplemente como Philipp B. Bélgica ha sufrido particularmente ese tema, y uno de los casos más recordados es el del joven Brian de Mulder, quien al ver frustrado su sueño de ser futbolista se acercó a las ideas radicales que compartió con varios amigos. En Holanda causó conmoción el caso de Victor Droste, quien escapó a Oriente Medio y su suerte aún es incierta.

Estados Unidos y Canadá han reportado varios casos de jóvenes que viajaron a Siria, y otros que fracasaron en el intento. Australia observó esta semana con preocupación cómo varios yihadistas de ese país amenazaron al primer ministro Tony Abbott por participar en la coalición contra EI. China ha expresado su contrariedad por el caso de Bo Wang. Chile recuerda el episodio de Bastián Vásquez, un hijo de inmigrantes chilenos radicalizado en Oslo. Y los medios argentinos reseñaron la detención en junio del converso César Raúl Rodríguez, quien integraba una red que se encargaba de reclutar y enviar yihadistas a Siria desde España.

El yihadismo también es asunto de mujeres. Varias fuentes le aseguraron a The New York Times que aproximadamente 200 de ellas han viajado a Oriente Medio desde Europa, y no solo para comprometerse como novias con los militantes, sino también para luchar por la creación de un Estado Islámico.

Las causas que definen el radicalismo son muy variables. No se puede asumir un perfil único, aunque existen varias tendencias. Según dijo a SEMANA Katharina Pfannkuch, periodista free-lance alemana especializada en el tema, “muchas de las personas que se convierten y radicalizan vienen de las clases bajas, y son personas que están en una edad en la que buscan identidad y un sentido de vida de la cual carecen”.

Por su parte, Nicholas Michelsen, experto en terrorismo del King’s College de Londres, le dijo a esta revista que otros factores influyen como “pérdidas personales, traumas, fracasos en la vida profesional, interacción con varios ideólogos del tema, deseos de hacer algo contra las injusticias o búsqueda de algo emocionante y una aventura”. Los expertos aseguran que la radicalización es una manera a través de la cual varias personas marginadas pretenden ganar reconocimiento. Otros se oponen a los valores de Occidente, como el capitalismo, y muchos están en contra de las intervenciones militares de los gobiernos de sus países en Oriente Medio. También están aquellos que luchan por el mero ideal religioso.

Las redes sociales son decisivas. Con videos impactantes y textos de tintes heroicos, los yihadistas han conseguido captar el interés y el entusiasmo de varias personas que en otras circunstancias serían ajenas a este tipo de cosas. Site, una página especializada en el tema, considera que los recientes ataques de Canadá pueden convertirse en un fuerte argumento propagandístico para los radicales que buscan reclutar y difundir los ataques de lobos solitarios en varios lugares del mundo.

En ese orden de ideas, según dijo a SEMANA Colin Clarke, miembro del Rand Corporation, “a mediano plazo, la amenaza para Estados Unidos, Canadá, Europa y Australia no es que regresen los yihadistas que están en Siria. La amenaza latente ahora es la de aquellos que se radicalizaron pero se quedaron en casa, y pueden atacar en cualquier momento”. Eso significa que ningún control fronterizo podrá evitar que hagan alguna locura, porque el enemigo ya está adentro.
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