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| 6/23/2003 12:00:00 AM

¿Contrarrevolución islámica?

Las protestas estudiantiles y la presión internacional por el tema atómico tienen a los ayatolas en el ojo del huracán.

Hacia tiempo que Iran no estaba en tal medida en el foco de la atención mundial. En Teherán y otras ciudades los estudiantes han protagonizado grandes protestas contra el gobierno teocrático. En el plano internacional muchos países han expresado su preocupación ante las sospechas de que los ayatolas tengan un programa de bombas nucleares. Y en París el grupo de los Muyahidin del pueblo fue objeto de fuerte represión a pesar de tratarse de opositores al régimen.

Es que Irán está en el centro de un ajedrez complicado: su revolución islámica chiíta es fuente de desequilibrio en la vecina Irak, forma parte del 'Eje del Mal' declarado por Estados Unidos y tiene un sospechoso programa de energía atómica. No es de extrañar que, por eso, los halcones del gobierno de Washington verían con muy buenos ojos el posible desplome del régimen de los ayatolas.

Lo curioso es que las protestas hicieron recordar, precisamente, el ambiente que precedió a la revolución islámica iraní que derrocó al sha y llevó a los clérigos al poder en 1979. El descontento popular, capitalizado por Estados Unidos, hace que muchos se pregunten por cuánto tiempo podrán los barbudos y ortodoxos ayatolas conservar el poder en un país mayoritariamente joven -70 por ciento de los iraníes es menor de 30 años- y urgido de cambios.

Una ley que pretendía privatizar las universidades fue el detonante para las manifestaciones, que llegaron a utilizar consignas como "abajo la dictadura islámica" y "muerte a Jamenei" a pesar del riesgo que implica criticar al 'líder supremo'. No se trataba de un mensaje cualquiera pues iba en contra del ayatola Alí Jamenei que, dentro de la teocrácia iraní, es considerado el representante de Dios cuya palabra no puede ser cuestionada. Dos centenares de intelectuales, la mayoría escritores y profesores universitarios, se sumaron al clamor y en una carta en la que calificaron como "herejía" la posesión del poder absoluto solicitaron a Jamenei abandonar su estatus.

Pero él no fue el único blanco de las críticas. Muchas se dirigieron al presidente, Mohammad Jatami, un clérigo moderado que subió al poder con el rótulo de reformista. Su elección, en 1997, y su reelección, en 2001, fueron un golpe a los conservadores. Pero en los últimos dos años su popularidad se ha venido a pique debido a que no ha logrado contrarrestar el mayor poder de su contraparte religiosa. En las elecciones municipales de febrero muchos de sus frustrados seguidores se abstuvieron y los conservadores vencieron por primera vez desde 1997 a los reformistas.

Las manifestaciones llegaron en un momento en que Irán está en el ojo del huracán debido a su programa nuclear. Teherán sostiene que este sólo tiene fines energéticos pero el argumento no parece convincente para el sexto país petrolero del mundo. "Irán ha progresado más rápidamente de lo que los observadores anticiparon y podría conseguir sus primeras armas nucleares en dos o tres años", dijo a SEMANA Leonard Spector, director delegado del centro para estudios de no proliferación del Instituto de Monterrey.

Pero la presión en el asunto nuclear es contraproducente con respecto a la política interna. "Si hay algún tema que una a todas las facciones en Irán es el derecho a tener armas nucleares para su defensa. La beligerancia estadounidense estimula a los países del Tercer Mundo a darse prisa y armarse para poder ejercer la disuasión nuclear como lo hizo Corea del Norte", dijo a SEMANA Ross Pourzal, analista político que hace parte de la Alianza de Iraníes Progresistas.

La preocupación internacional ha comenzado a sentirse. La semana pasada la Unión Europea amenazó con suspender las negociaciones para un acuerdo comercial si no se probaba que el programa nuclear no tenía fines militares. Al mismo tiempo, el Organismo Internacional de Energía Nuclear (Oiea) instó a Irán a suscribir el protocolo adicional que amplía el control y permite inspecciones sin previo aviso. Incluso Rusia, el país que le ha facilitado gran parte de la tecnología nuclear, ha pedido mayor cooperación.

Más allá de los reclamos europeos la posición más hostil, como era de esperarse, provino del 'Gran Satán'. El presidente George W. Bush dijo que no tolerará que Irán tenga armas nucleares y calificó las protestas como "un paso positivo hacia la libertad", lo cual fue considerado una "flagrante intromisión" por parte de Teherán.

Muchos se preguntan si Irán es el próximo en la lista de los halcones norteamericanos. Washington también lo acusa de patrocinar el terrorismo y los informes hablan de divisiones y debates dentro de la administración Bush al respecto. Lo que sí está claro es que se trata de un tema de vital importancia para los norteamericanos. Además de ser parte del 'Eje del Mal', a Washington le preocupa la influencia iraní en su vecino Irak, donde los ayatolas locales han conseguido un considerable poder, lo cual podría complicar sus planes para un Irak secular y democrático.

Y es que las relaciones entre Washington y Teherán han sido críticas desde el mismo ascenso de la revolución islámica del ayatola Jomeini en 1979, la cual tuvo raíces en acciones norteamericanas. En 1953 la CIA y la inteligencia británica patrocinaron un golpe de Estado para restablecer al sha en el poder a expensas del primer ministro nacionalista Mohammed Mossadegh. En ese momento Washington abortó la posibilidad de un moderado y secular nacionalismo democrático iraní y 25 años después enfrentaron una versión mucho más radical y autocrática, encarnada en Jomeini.

Hoy Washington espera impaciente la caída del régimen iraní y trata de apoyar la contrarrevolución. Pero, como recordó un editorial del periódico ingles Independent, el resultado puede ser contraproducente. "El efecto fortalece a los conservadores iraníes. Ellos pueden etiquetar a los estudiantes como pronorteamericanos, lo cual, dada la historia iraní y el estado actual de la política en el mundo musulmán, no es la manera en que los reformistas quieren ser vistos".
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