Miércoles, 18 de enero de 2017

| 2010/09/03 00:00

Convivir con el hampa

Por cuenta de la inseguridad, algunos ciudadanos en Caracas se han visto obligados a cambiar sus hábitos. Por ejemplo, muchos han vuelto rutina comprar los alimentos y otros productos antes de llegar a casa. La idea es no salir nuevamente de sus hogares.

Según un estudio del Instituto de Investigaciones de Convivencia y Seguridad Ciudadana, el 77 por ciento de los ciudadanos asegura haber cambiado sus hábitos de recreación para evitar al hampa. Foto: AP
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BBC

En un barrio popular del oeste de Caracas, José chequea que la calle esté "despejada" de "sospechosos", esto es antes de asomar la nariz fuera de su casa. Una vez fuera, camina con aire casual, pero a paso redoblado.

Lleva el morral o mochila hacia adelante y lo abraza fuerte como a un bebé. Mira hacia atrás cada tanto, no sea que lo estén siguiendo. Sube a su auto y lo enciende sin demora; no abre las ventanas hasta salir de la zona.

José, que es taxista, no protagoniza una película de espías, ni se considera enfermo de paranoia.

En uno de los países más peligrosos de Latinoamérica (70 homicidios por cada 100.000 habitantes en 2009, frente a los 32 que registró Colombia, según cifras oficiales), sólo dice actuar como la mayoría de los venezolanos para evitar al hampa.

Las estadísticas parecen estar de su lado: una encuesta reciente de la ONG Instituto de Investigaciones de Convivencia y Seguridad Ciudadana, Incosec, revela que para el 90 por ciento de venezolanos la inseguridad es la principal preocupación, seguida de lejos por el desempleo (45 por ciento).

El 95 por ciento de los entrevistados para la misma investigación dijo haber considerado si la ubicación de un empleo y el horario eran seguros antes de aceptar un trabajo.
Sigue su curso

El 77 por ciento aseguró haber cambiado sus hábitos de recreación para evitar al hampa. Números de otra ONG, el Observatorio de la Violencia, señalan que el 83 por ciento teme ser víctima de un incidente violento en el transporte público.

"La sociedad venezolana es una sociedad del miedo. Es algo que se refleja en el día a día", dice el director del Incosec, Pedro Rangel.

En esto han coincidido portavoces oficiales, más allá del debate gobierno-oposición por las cifras de la violencia. En julio de 2009, la defensora del Pueblo, Gabriela Ramírez, dio unas polémicas declaraciones en las que puso en duda los números, pero apuntó que era necesario "reducir la sensación (de inseguridad) que tiene el pueblo".

Y sin embargo, sale y se oculta el sol y la vida sigue su curso sin que a muchos parezca impactarle particularmente la crónica roja de diario. "El venezolano se adapta y sigue viviendo. Y cruza los dedos para que no le pase nada", declara Roberto Briceño León, del Observatorio de la Violencia, OVV.

José, por ejemplo, se considera un sobreviviente. Ha visto caer a amigos de la infancia, como "El Jordy", un joven de 19 años que salió en los periódicos hace unos tres meses porque, no habiendo encontrado a la hermana de "El Oso" –otro criminal al que acusaba de matar a su hermano- asesinó a los abuelos de éste y de la joven, a quienes halló en la casa cuando fue a ejecutar su venganza. La chica, de 14 años, y un hermano menor se salvaron escondidos bajo una cama.

"Un día me lo encontré muy molesto porque la policía le había quitado una granada. 'Me costó 12 millones de bolívares (algo más de 5 millones de pesos)', me dijo. La había comprado en el mercado negro y la iba a usar en el funeral de los viejos", relató.

El Jordy terminó bajo tierra poco después, por causa de otra rencilla con rivales.

El taxista dice que algunas de las estrategias clave son tratar a los "malandros" con cordialidad. "Si los cortas, piensas que les estás sacando el cuerpo (tratando de quitártelos de encima) y se ofenden", dice.

Otra es mantener la boca cerrada: "si te preguntan si oíste de alguien que 'cayó' (fue asesinado), te haces el loco, nunca sabes quién te está escuchando, o quién es primo de quién".

Medidas de seguridad

Después están las medidas de seguridad estándar. "Yo ya no salgo de noche. Trato de comprar lo que necesito abajo (en las calles principales), para no andar yendo a la bodega. Los viernes me compro mi gavera de cerveza y me la tomo en mi casa", cuenta.

Otros optan por los centros comerciales, que se han convertido en los grandes núcleos de diversión en las zonas urbanas. Una realidad reconocida por portavoces oficiales, que insisten en la necesidad de "rescatar espacios públicos para el disfrute del colectivo", como dijera este miércoles el vicepresidente Elías Jaua.

"Estamos inyectando una carga de vida al desarrollar tareas de prevención", declaró al anunciar el despliegue de policías en estaciones del Metro de Caracas.

En cuanto a la protección del hogar, la vivienda de José está bloqueada por rejas y candados. Según una encuesta del oficial Instituto Nacional de Estadísticas (INE), divulgada el mes pasado, el 86 por ciento de los hogares aquí ha instalado algún sistema de "seguridad pasiva". El 58 por ciento se decanta por la misma opción que el taxista, mientras que el 30 por ciento añade a la mezcla un perro guardián.

"No hay alternativa. Es una situación de guerra en la que no se puede detener la vida. Una manera de superar la angustia es hacer algo. La otra es inhibirse de hacer cosas (…). Se sobrevive con paranoia, que protege la vida y la salud", es el resumen de Roberto Briceño León.

Así, José recoge y deja pasajeros en su compacto destartalado. Entre la luz roja y la verde, se "rebana los sesos" pensando en cómo rendir un microcrédito que recibió para montar un negocio. Se debate entre un pequeño restaurante o un lavado de motocicletas. Y mientras tanto, sigue "hablándole bien" a los "malandros".

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